Tras diecinueve aumentos mensuales consecutivos en la tasa de mora del crédito a las familias, que alcanzó en mayo un 12,8% -el nivel más alto en más de dos décadas-, en junio ese indicador no mostró avances. Este fenómeno que se consolidó como una de las principales preocupaciones para la banca y los consumidores, se mantiene en alza si se toma sólo los créditos otorgados por entidades no financieras como las fintech y otras, pero por primera vez marca un posible techo en la serie de créditos bancarios.
Los números surgen de un informe de la consultora 1816 en base a datos de la Central de Deudores (Cendeu), una estimación privada que viene siendo muy precisa al adelantar los datos oficiales. El freno ya era esperado por especialistas como Damián Falcone, profesor de Gestión del Riesgo en IAE Business School, ya que el ratio de irregularidad refleja decisiones y situaciones de pago de varios meses atrás y los deudores morosos permanecen en el stock deteriorado durante meses o años. Los números, así, indicarían que no se están generando nuevos morosos dado que los bancos redujeron mucho sus préstamos y los orientaron a aquellos clientes con mayor capacidad adquisitiva y menor riesgo de impago.
El ratio de mora crediticia mide la relación entre la cartera en situación irregular y la cartera total. Ambos componentes muestran rezagos y acumulación. Por eso, lo que se observa en mayo en realidad representa, en gran parte, decisiones tomadas en febrero y refleja la inercia del daño acumulado, no la temperatura actual del sistema. Además, el indicador agrega un segundo nivel de dificultad al mezclar líneas de crédito muy dispares: préstamos personales, tarjetas de crédito, prendarios e hipotecarios muestran realidades muy distintas.
Detrás del 12,8% general, los préstamos personales exhiben una irregularidad del 15,9%, las tarjetas de crédito un 13,1% y los prendarios un 7,7%. Los créditos hipotecarios, en cambio, alcanzan solo el 1,6%. El crédito a empresas mantiene una mora del 3,5%. El deterioro se concentra, con claridad, en el financiamiento sin garantía destinado al consumo de los hogares de menores ingresos. De este panorama se desprende la necesidad de analizar los componentes del indicador por separado: cantidad de nuevos deudores que ingresan a la mora, depuración del stock deteriorado y evolución del crédito total. Estas dinámicas son independientes y no se reflejan con precisión en el ratio de mora tradicional.
El Banco Central (BCRA) usa un indicador alternativo para ofrecer una visión más anticipada: la Probabilidad de Default Estimada (PDE). Este índice mide la proporción del saldo que, estando en situación regular tres meses antes, pasa a irregular. Por su diseño, la PDE anticipa el ratio de mora en aproximadamente un trimestre y permite observar los primeros signos de cambio en el flujo de entrada a la morosidad.
Según datos del BCRA, en abril la PDE del sector privado total descendió por tercer mes consecutivo, situándose en 2,6%. En el caso del crédito a las familias, la PDE bajó a 4,4%, medio punto por debajo del pico registrado en enero.
El informe de 1816, por otra parte, le pone números a los datos de junio: la mora total cayó del 7,7% al 7,6% en junio, mientras que la mora en las familias retrocedió del 12,8% al 12,7% de la cartera. El análisis de la consultora remarca que esta mejora no responde a una recuperación de la prudencia de los bancos, sino a un filtro mucho más estricto impuesto por el sistema: alrededor de seis millones de personas quedaron excluidas de tomar crédito nuevo por registrar algún préstamo impago y más de una cuarta parte de quienes accedieron a préstamos en los últimos años dejó de ser sujeto de crédito. Así, las nuevas originaciones se concentran en un universo previamente depurado, con un perfil de riesgo mejor que el observado en 2024 y 2025.
El propio BCRA describe este proceso como un ciclo crediticio “más selectivo, saludable y sostenible”, resultado de los aprendizajes de deudores y acreedores en un contexto donde las deudas ya no se licúan. El flujo de entrada a la mora pierde fuerza y, en consecuencia, el stock deteriorado deja de crecer. Así lo explica Falcone: “Cuando el flujo de entrada merma, el stock deja de crecer”.
El efecto de depuración se observa también en la composición del stock moroso. El ratio de mora se modera principalmente por un menor ritmo de crecimiento del saldo real en situación irregular. Aunque la cartera problemática sigue creciendo, lo hace cada vez con menos intensidad. Además, la concentración de la mora en productos de corto plazo, como préstamos personales y tarjetas de crédito, favorece el envejecimiento del stock deteriorado, que migra hacia categorías irrecuperables y finalmente es castigado por las entidades, saliendo del cociente de irregularidad.
El informe de 1816 señala que el stock de préstamos al sector privado dejó de caer. En mayo, el crédito en pesos al sector privado aumentó un 0,3% en términos reales, cortando una racha de cuatro meses consecutivos de contracción. Para que el ratio de mora descienda, el saldo total debe crecer más rápido que el saldo en mora, condición que por ahora no se consolidó plenamente. La recuperación se da de manera asimétrica: las líneas comerciales subieron un 1,4% real y las garantizadas por bienes reales un 1%, mientras el crédito al consumo retrocedió un 1,1%. El cambio de tendencia, no obstante, ya se registró y modifica las perspectivas para los próximos meses.
La evolución de la probabilidad de default estimada (PDE) –ver la siguiente infografía– para el crédito al sector privado. En la serie “en saldos”, la PDE para familias trepó desde valores cercanos al 1% en 2024 hasta superar el 5% en el primer trimestre de 2026, antes de retroceder por debajo del 4%. Para empresas, la PDE subió menos de un punto porcentual en ese período, evidenciando un deterioro mucho más moderado. En el gráfico “en cantidad”, tanto la línea de familias como la de empresas muestran comportamientos similares, aunque las familias registran siempre valores superiores.
Las líneas punteadas de la infografía, que marcan los promedios de los últimos veinte años, sirven de referencia para dimensionar la magnitud de la crisis reciente y el retorno gradual hacia parámetros históricos. Dichas líneas no incluyen el impacto de medidas de alivio financiero implementadas durante la pandemia de COVID-19.
El sistema financiero se prepara para el tramo final del deterioro. Según datos oficiales, las provisiones -montos que, por regulación, los bancos deben apartar para cubri eventuales impagos- cubren el 86,3% de la cartera irregular y el crédito irregular neto de previsiones representa solo el 2,2% del capital regulatorio. Esto sugiere que el riesgo relevante no reside en la solvencia bancaria sino en la capacidad de financiamiento del consumo.
El acceso restringido al crédito formal afecta a millones de personas, que quedan excluidas del sistema y constituyen una limitación significativa para la demanda de los próximos trimestres. 1816 advierte que, aunque la mejora de la morosidad se presenta como una noticia positiva, el diagnóstico adecuado radica en identificar que el riesgo cambió de naturaleza.
El análisis de Falcone subraya que anticipar el punto de inflexión en la mora exige observar con atención las dinámicas independientes de entrada, depuración y expansión del crédito. “El ratio tiene una inercia considerable y es una fotografía del daño acumulado, no un termómetro del presente”, afirma el especialista. La combinación de menor flujo de nuevos morosos, depuración del stock y señales incipientes de recuperación en la oferta de crédito configura un escenario de transición, donde los desafíos persisten pero la trayectoria comienza a modificarse.
