Pobladores de Pocitos de Quichaura: «los que amamos esta tierra tenemos una obligación ancestral de permanecer acá»

En «Pocitos de Quichaura» conviven las tradicionales casitas de adobe con viviendas modernas, dotadas de energía. «Los jóvenes quieren tener su auto, ir a la ciudad, buscar otros horizontes, pero quienes queremos la tierra de…

sábado 30/01/2021 - 20:03
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En «Pocitos de Quichaura» conviven las tradicionales casitas de adobe con viviendas modernas, dotadas de energía. «Los jóvenes quieren tener su auto, ir a la ciudad, buscar otros horizontes, pero quienes queremos la tierra de verdad nos quedamos acá», aseguró un lugareño

Pocitos de Quichaura es una comunidad mapuche integrada por 41 familias que sobreviven en las serranías de la precordillera de Chubut, a 420 kilómetros al oeste de Rawson, la capital provincial, donde «damos pelea por la sangre; porque si abandonamos, dejamos todo por lo que lucharon mis abuelos y mis padres», explica Simón Ñanco.

El poblador, de 45 años, es el único de ocho hermanos que se quedó en la parcela de la propiedad comunitaria para sostener los pocos bienes de su familia porque «con lo que sacamos acá apenas podemos pucherear, el pelo de chiva no cuesta mucho y además no tenemos hacienda en cantidad, pero si me voy y abandono ya no queda más nadie».

Sus padres, ya ancianos, fueron retirados de la zona y llevados a las poblaciones cercanas para evitar los rigores del invierno y acortar distancias con el hospital.

Ñanco vive en una de las tantas construcciones que se distribuyen entre las sierras, donde se aprovechan al máximo las vertientes de agua que no abundan.

El presidente de la «comunidad aborigen Pocitos de Quichaura», Aníbal Mariñanco, recibió a Télam en su domicilio y describió: «los que amamos esta tierra tenemos una obligación ancestral de permanecer acá».

«Sabemos que es difícil, sobre todo para los jóvenes que quieren tener su auto, ir a la ciudad, buscar otros horizontes, pero quienes queremos la tierra de verdad nos quedamos acá», asegura tajante.

El dirigente se lamenta porque «por esto de la pandemia no pudimos hacer parlamentos como nos hubiera gustado y discutir los temas pendientes, pero ya llegará el momento».

Mariñanco recuerda que «acá pasaron dos cosas muy importantes, además de nuestro reconocimiento como comunidad, y es que le dieron la jubilación a los pobres viejos que trabajaron toda la vida y no tenían aportes, y también por las viviendas que son dignas y eso merecerá nuestro reconocimiento eterno al kirchnerismo, y en esto no hago política, describo».

«Lo que tenemos que lograr ahora es que tengamos más conciencia comunitaria, porque algunos venden el pelo de chiva y lana a los acopiadores por su cuenta, sin entender que si trabajamos en cooperativas juntamos más, vendemos a mucho mejor precio», explica.

Guillermo Huchamán (83) vive a pocos metros de su hija Mabel, quien en pleno arreo de chivas mientras hace ruido con un saco con piedras para acelerar la marcha de la «punta» de animales que se corren de la huella.

«Mi padre era chileno y se juntó con mi madre en la cordillera, vinieron para acá sobre principios del siglo pasado y se quedaron. Antes se andaba mucho a caballo, ahora los muchachos si no andan en camioneta parece que no caminan… no se atajan ni los mocos de ellos» dice con tono de reproche el anciano, quien se emociona ante el recuerdo de sus padres.

Guillermo se alejó una sola vez de su tierra, cuando lo convocaron para el servicio militar obligatorio en un destino del Ejército con asiento en Esquel, evoca con el gesto castrense de cuadrarse y hacer la venia, ante la sonrisa de su hija que sigue divertida la conversación.

Guillermo Huchamán, de 83 años.

Otro poblador, Armando Calfuquir, acompaña al cronista a un pequeño galpón, construido con madera, de techo abovedado: «esta es la única capilla que tenemos acá, pero hace rato que no viene el cura, antes venía de Esquel» explica con nostalgia.

La población en la zona cada vez se «avejenta» más, porque los jóvenes se van buscando nuevos horizontes en ciudades o pueblos que les ofrecen otro perfil de oportunidades.

Y otros se van buscando una «changa» en los oficios propios del campo, como esquiladores o alambradores, todas tareas duras que se realizan a la intemperie pero que «rinden si se le metemos hora» explican.

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