Paciente recuperado: «Mi jefe me pidió que no dijera nada para que mis compañeros sigan trabajando»

El caso de «Juan» expone la falsedad de gran parte de la sociedad frente a los pacientes infectados por coronavirus. Esta nota arranca mal. Muy mal. No voy a poder dar el nombre real del…

lunes 13/04/2020 - 11:19
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El caso de «Juan» expone la falsedad de gran parte de la sociedad frente a los pacientes infectados por coronavirus.

Esta nota arranca mal. Muy mal. No voy a poder dar el nombre real del entrevistado. Tampoco decir en dónde vive y mucho menos el lugar en el que trabajaba. El forzado anonimato responde a una sola cosa: la hipocresía y doble moral de muchos argentinos. Juan está por cumplir 28 años. Es uno de los 1.628 casos positivos con coronavirus en el país reportados hasta la fecha. Recibió el alta y al regresar a su casa para cumplir con el segundo tramo del aislamiento se encontró con la amenaza de sus propios vecinos. La impericia de sus jefes, el tardío diagnóstico y la odisea que vivió desde que le dijeron: “Tenés el virus”.

Todo comenzó el pasado martes 24 de marzo. Fue a trabajar pese al feriado y al asilamiento obligatorio que había dictado cinco días atrás Alberto Fernández. Por su profesión estaba excluido. “Me empecé a sentir mal al mediodía, cuando estaba regresando en colectivo a mi casa. No me dolía la garganta, pero empecé a levantar fiebre y de repente tenía un excesivo dolor corporal”.

El termómetro marcaba 38.4. Juan tiene, además, una patología preexistente y la fatiga muscular no era normal. “Iba más allá de cómo uno se siente cuando tiene fiebre. Sentía como si hubiera ejercitado de más en el gimnasio”, aclara, para todos aquellos que hoy se encuentra en sus casas y están atentos a los síntomas del virus.

No había viajado, ni estado en contacto directo con nadie que lo hubiera hecho. Pero, por su trabajo, sí estuvo expuesto a mucha mercancía que seguía entrando al país desde el extranjero. “Lo primero que hice cuando llegué a casa fue recostarme porque me sentía muy mal. Intenté dormir media hora, pero no pude. Así que cerca de las tres de la tarde empecé a llamar al 107”.

“Me costó mucho que me atendieran. Después de tres horas, cuando ya eran las cinco de la tarde, logré hablar con una de las operadoras. Me preguntaron los síntomas: fiebre y fatiga. Me dijeron que no me preocupara, que seguramente no era nada; o en tal caso que podía tratarse de un caso de dengue. Así que llamé a mi obra social y me dijeron que no estaban enviando médicos a domicilio por la pandemia, que me acercara a la guardia”.

Pese a que para ese entonces el Gobierno ya advertía a posibles pacientes que evitaran las guardias, tanto desde el 107, como desde la obra social lo derivaron al hospital. “Me tomé el colectivo y viajé de Barracas a Palermo, para hacerme ver en el sanatorio que me correspondía, que era el San José. Armé mi mochila con mis papeles, mis estudios vinculados a la patología preexistente y salí de casa. Me habían dicho que no era coronavirus. Hoy lo pienso y digo: ‘Se expuso a mucha gente, cuando se podría haber evitado si me atendían como dicta el protocolo’”.

Ya eran cerca de las cinco y media de la tarde cuando llegó a la guardia. “Me separaron del resto de la gente y me atendió un médico que era residente. Lo remarco porque se notaba que estaba desorientado. Me mandó a hacer muchos estudios, pero todos espaciados. Una hora para cada cosa. Iba y venía preguntándole cosas a su jefe. Estuve así hasta las doce de la noche”.

La batería de estudios incluyó: una placa pulmonar y análisis de sangre y orina. “Todos los resultados iban dando bien. Seguía con fiebre alta, mucho dolor en el cuerpo y además no había comido en todo el día. Me estaba quedando sin batería, así que le avisé a mi novio que seguía en la guardia. Ninguno de los dos pensó que me iban a dejar internado, hasta que me dijeron que me iban a hacer el hisopado”.

Su pareja trabaja en un geriátrico. También se había contagiado, pero todavía no lo sabía. “Se vino a traerme las cosas, en especial la medicación que tomo por mi patología preexistente. Pero no lo dejaban entrar, ni darme mis remedios. Era lo único que me importaba, porque los tengo que tomar sí o sí. En el sanatorio me dijeron que no tenían ese tipo de medicación”.

A la espera del resultado del hisopado, su pareja se comunicó con sus jefes para ponerlos al tanto de la situación y evitar así la exposición no sólo a sus compañeros, sino a los ancianos del asilo. “Como son muy conservadores, él nunca blanqueó que estaba en pareja con un hombre. Así que tuvo que decirles que era un vecino y que había estado en contacto conmigo. Todas eran trabas”.

Mientras tanto, Juan seguía aislado y casi incomunicado. “Pese a que los médicos sabían que no podía seguir sin tomar mi medicación, la única que me ayudó fue una enfermera que se ofreció a salir, encontrarse con mi novio, recibir todo, desinfectarlo y dármelo. Todo a través de una ventana y a escondidas. Para que se entienda: mi cuerpo, sin esa medicación, se torna muy vulnerable”.

El miércoles sumó otro síntoma: diarrea. “Por suerte, ya no tenía fiebre y jamás me dolió la garganta. Es importante estar atentos también a las complicaciones gástricas, que tal vez no son de los síntomas más difundidos”, destaca Juan, que en un año se recibe de enfermero.

Mientras aguardaba los resultados del hisopado, Juan miraba por televisión cómo cientos de argentinos violaban el aislamiento obligatorio. “Realmente no lo podía creer. No me entraba en la cabeza. Pensaba: ‘Hasta que no le toca a uno, no caés’. Entiendo perfectamente la ansiedad por el aislamiento, pero creo que muchos seguían sin tomar real consciencia de lo que estábamos viviendo».

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