Cuando el papa León XIV alce el cáliz en la misa que celebrará ante una multitud en el altar elevado en el Monumento de los Españoles, va a levantar al cielo una reliquia. Será el cuarto Papa que lo tenga en sus manos: dos lo empuñaron antes de serlo y dos lo hicieron en pleno ejercicio de su pesada carga de ser el vicario de Cristo en un mundo volátil y tecnificado.
En 1934, el entonces secretario de Estado del Vaticano, cardenal Eugenio Pacelli, celebró una gigantesca misa en el mismo escenario de Palermo que visitará León XIV. Pacelli, que sería luego Papa Pío XII, viajó a la Argentina para presidir el Congreso Eucarístico Internacional que desató una tormenta de fe en el país y en el continente. En sus años de obispo y cardenal, antes de convertirse en el 266° Papa de la Iglesia católica como Francisco, Jorge Bergoglio usó también en sus celebraciones el cáliz que usará ahora León XIV y que se guarda como un tesoro en la Catedral.
Juan Pablo II lo levantó en sus dos visitas a la Argentina, según informó el rector de la Catedral metropolitana, padre Alejandro Russo. Juan Pablo, hoy santo de los altares, había llegado en 1982, durante la guerra de Malvinas, en un viaje relámpago de treinta y seis horas que fue un gesto de buena voluntad de su parte: había visitado Gran Bretaña en un viaje programado antes de la guerra y su llegada a la Argentina intentaba borrar suspicacias. Dos días después de su visita, las fuerzas armadas rindieron su posición en Puerto Argentino.
San Juan Pablo II regresó al país en 1987 para otro viaje agotador de seis días, en los que visitó diez provincias y pronunció veintiséis discursos. Además de su misión evangelizadora, dejó una muestra de picardía en Córdoba: ya entrada la madrugada, mientras la multitud le pedía un último saludo y lo vivaba a las puertas de la Curia, el Papa se asomó y preguntó: “¿Es cierto que en Córdoba de noche no se duerme?”. El fervor le contestó con un rotundo “sí”. Y él respondió: “Pero el Papa es normal y sí duerme”. Bendijo a todos y se fue a la cama.
El cáliz es uno de los objetos más sagrados, más venerados y más significativos de la liturgia católica. Durante la misa, el vino que contiene el cáliz se convierte, por el misterio de la transustanciación, en la Sangre de Cristo. El cáliz es así un símbolo directo del sacrificio de Jesús en la cruz. También evoca la Última Cena en la que, con el traidor a la mesa, Jesús toma la copa de vino, da las gracias y la pasa a sus apóstoles: “Esta copa es la nueva alianza de mi sangre”. El cáliz, amén de su simbología, también es una palabra común que se usa como metáfora del sufrimiento y de la voluntad de Dios: “Padre —dice Jesús en el Huerto de Getsemaní— si quieres, aparta de mí este cáliz: pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
El cáliz que alzará León XIV es casi una reliquia. La Iglesia Católica argentina es muy joven, pero ya tiene sus reliquias y en los últimos días fue un secreto de Estado el sitio donde se atesoraba el cáliz en la Catedral, probablemente para evitar tentaciones. Russo dijo a AICA (Agencia Informativa Católica Argentina), que la pieza es obra de José Pallarols y de su hijo, Carlos Pallarols Cuni, que lo imaginaron y lo plasmaron hace noventa y dos años, cuando el Congreso Eucarístico Internacional se celebró en Buenos Aires. Los Pallarols ya habían instalado su taller de orfebres en 1750, cuando en el Río de la Plata todo estaba en pañales. La dinastía sigue hoy en manos de Juan Carlos Pallarols, hijo de Carlos y nieto de José, y de Carlos Daniel Pallarols, hijo de Juan Carlos.

Los antiguos orfebres diseñaron una pieza neobarroca de tipo pontificial, de oro y plata fundida, calada y cincelada con aplicaciones de oro y piedras, topacio, lapislázuli, perlas, que delinean espigas de trigo, racimos de uvas y demás motivos unidos a la Eucaristía. Una de las gemas tiene grabada la palabra latina “Pax” (Paz). El padre Russo explicó que parte de los materiales fueron aportados en 1934 por particulares: “Fue construido con oro, plata y piedras preciosas donadas por las familias de Buenos Aires como homenaje a Cristo Eucarístico y como expresión de adhesión al Santo Padre”.
La llegada hace casi un siglo del “legado papal”, que así fue llamado el cardenal Eugenio Pacelli, futuro Pío XII, fue un gran acontecimiento continental. El cardenal no sólo era el secretario de Estado del Vaticano, era también el secretario privado del papa Pío XI y su enviado personal a la Argentina: fue la primera vez que una tan alta dignidad de la Iglesia de Roma pisaba el continente.
Pacelli llegó en la mañana del 9 de octubre de 1934 en el barco más lujoso de la época, el Conte Grande. Ancló en la Dársena Norte, escoltado por seis buques de la Armada y cuatro horas después, sobre las tres de la tarde, Pacelli bajó a tierra para ser recibido por el presidente, general Agustín P. Justo. En el país eran los años difíciles de la “década infame”, dominada por el fraude electoral, conocido como “fraude patriótico”, un oxímoron, y en los que militares y conservadores ocupaban los más altos cargos de la administración.
Aquel mundo también era volátil: Adolfo Hitler llevaba un año y medio como canciller de Alemania, en Italia Benito Mussolini había entregado al fascismo el antiguo imperio de la civilización y, con lentitud y en las sombras, se afilaban las bayonetas y se cargaban las armas que desencadenarían cinco años después la Segunda Guerra Mundial que, de una manera muy particular, signó el papado de Pacelli.
El Congreso Eucarístico se abrió el 10 de octubre en Palermo, donde se levantaba una enorme cruz que ocultaba el Monumento de los Españoles. Fue un día de asueto nacional, como lo será ahora el lunes 9 de noviembre. El enviado del Papa habló bajo un cielo azul y ante una multitud que las crónicas de la época apenas pudieron fijar. Un dato da apenas idea de lo que fue aquello: ese día comulgaron cien mil chicos, todos vestidos de blanco, todos frente al cáliz de los Pallarols en manos de Pacelli. Fue un gran acto de fe que reunió en Buenos Aires a autoridades de la iglesia, sacerdotes y peregrinos de casi todo el continente.
Juan Pablo II pasó como una tromba en su primera visita a Buenos Aires, adonde llegó el 11 de junio de 1982, a las nueve menos diez de la mañana, cuando se libraban los combates más feroces, los últimos, de la Guerra de Malvinas. Fue un viaje papal fuera de agenda. Cuando se confirmó, Juan Pablo envió una carta, el 25 de Mayo, “A los queridos hijos e hijas de la Nación Argentina”. En esa carta, el Papa creía necesaria “una particular aclaración a vosotros que vivís en tierra argentina. Requieren esa aclaración los problemas planteados por mi viaje apostólico y pastoral a Inglaterra, Escocia y Gales programado desde hace dos años (…)”.
Después de concluir que cancelar su viaje al Reino Unido sería una desilusión para los católicos y no católicos británicos, Juan Pablo habló de la guerra sin mencionarla: “Al emprender este viaje —a pesar de todas las dificultades que van acumulándose y con mi ánimo cargado de dolor por las muertes que origina el conflicto entre Argentina y Gran Bretaña— abrigo la firme esperanza de que se encuentre pronto, gradualmente, una solución honrosa por los caminos de una negociación pacífica”.
Después anunció su viaje a la Argentina, con palabras dolidas: “No obstante, hondamente preocupado por la causa de la paz y movido por el amor a vosotros, tan probados en estos momentos de dolor, desearía dirigirme incluso directamente desde Inglaterra a Argentina y allí, entre vosotros y con vosotros, queridos hermanos y hermanas, elevar la misma plegaria por la victoria de la justa paz sobre la guerra (…)”.
Aquel 11 de junio, ya en Ezeiza, frente al envarado general Leopoldo Galtieri y como si supiera cuál era el clima que vivía el país bajo la dictadura, el Papa dijo sus dos primeras palabras en la Argentina: “¿Puedo hablar?”. Era una manera de saber si los micrófonos funcionaban, pero también era una parábola casi bíblica. “Bendito sea el Señor —dijo— que me hace llegar hasta esta querida tierra argentina. (…) Mi visita quiere estar marcada por el mismo carácter pastoral y eclesial, que la colocan por encima de toda intencionalidad política. Es simplemente un encuentro del padre en la fe con los hijos que sufren; del hermano en Cristo que muestra nuevamente a Este como camino de paz, de reconciliación y esperanza”.
Juan Pablo tenía entonces sesenta y dos años. El año anterior había sido herido en la Plaza de San Pedro por el turco Ali Agca. Se lo veía vigoroso, templado, pujante. Desde Ezeiza llegó al centro de la ciudad, ocupó el “papamóvil”, una camioneta Ford 350 modelo 81 provista por el Automóvil Club Argentino, rezó en la Catedral y llegó a la Casa de Gobierno donde lo esperaba la Junta Militar responsable de la guerra de Malvinas: Galtieri, el almirante Jorge Anaya y el brigadier Basilio Lami Dozo. Entró al Salón Blanco haciendo resonar unos pesados zapatones negros de cura de parroquia sobre el encerado parqué que no cubría la alfombra roja.
Después descansó poco en la Nunciatura y viajó hasta Morón para trepar allí, a las tres de la tarde, al coche presidencial del tren de ocho vagones que lo llevó hasta Luján. Volvió al papamóvil, bajo una lluvia leve, para llegar hasta la Basílica donde ofició una misa ante, dicen las crónicas, un millón de fieles. Volvió a la Nunciatura a las nueve y media de la noche, salió a los balcones del palacio de la Avenida Alvear para bendecir a otra multitud.
Repitió la bendición al día siguiente, antes de salir a media mañana hacia la Catedral donde se reunió con el clero argentino, presidido por el cardenal Juan Carlos Aramburu, y ante el arzobispo de Medellín, Alfonso López Trujillo. A las once llegó al Monumento de los Españoles para oficiar la misa de Corpus Christi, de nuevo ante miles de personas. Habló entonces del cuerpo de Cristo: “(…) derramado en la sangre de las víctimas del conflicto (…) que sea luz para todos aquellos, hijos e hijas, tanto de Argentina como también de Gran Bretaña, que en el curso de las actividades bélicas han sufrido la muerte, derramando su propia sangre”. Durante la Misa, elevó al cielo el cáliz reliquia que empuñará ahora el papa León XIV. A las cuatro de la tarde de ese mismo agitado día, regresó a Roma.
En 1987 Juan Pablo regresó para una visita pastoral que, sentía, le debía a la Argentina. Ahora tenía sesenta y siete años y desarrolló una actividad impresionante. Si su primer viaje fue relámpago, este fue una maratón. Llegó el 6 de abril a las cuatro de la tarde al Aeroparque Jorge Newbery: venía de Chile. Había sido el mediador exitoso que permitió la firma de un acuerdo bilateral sobre el Beagle. Juan Pablo besó el suelo del Aeroparque y dijo luego, ante miles de personas que se apretujaban contra las rejas de la terminal: “Siento una profunda alegría y una gran emoción al pisar por segunda vez esta bendita tierra de la Argentina. Vuelvo ahora en visita pastoral para seguir cumpliendo la misión que el Señor me ha encomendado, de evangelizar y ser Maestro de la fe, ejerciendo a la vez, como sucesor de Pedro, el ministerio de confirmar a mis hermanos”.
Después, a bordo del papamóvil, esta vez hubo más de uno a su disposición, llegó a la Catedral y luego cruzó la Plaza de Mayo hasta la Casa Rosada. En la escalinata de la calle Rivadavia lo esperaba el presidente Raúl Alfonsín, con el que conversó a solas, antes de saludar, otra vez en el Salón Blanco, al gabinete, a diputados, senadores y miembros del Poder Judicial. Luego hizo suyo el legendario balcón de la Rosada para bendecir a la multitud que coreaba un eslogan simplote y ya popular: “¡Juan Pablo II, te quiere todo el mundo!”.
Al día siguiente viajó a Bahía Blanca, horas después voló a Viedma adonde llegó cerca de la una de la tarde: lo recibió el recordado obispo Esteban Hesayne; a las tres viajó a Mendoza y a las siete y media de la tarde llegó a Córdoba para pasar allí la noche. Al día siguiente, a las ocho y diez, entró en la Catedral cordobesa donde lo esperaban trescientos enfermos a los que bendijo y con quienes conversó más del tiempo previsto, que era escaso. Después, en el Área Material Córdoba, donde lo esperaba el cardenal Raúl Primatesta.
A las tres y media de la tarde viajó a Tucumán, y cerca de las siete aterrizó en Salta para dar una misa en el hipódromo Limache. Después entró en la ciudad capital donde cenó y descansó en la casa arzobispal. El 9 de abril llegó a Corrientes bajo un diluvio bíblico que no impidió que oficiara una misa ante cien mil personas. Viajó luego a Paraná, adonde llegó a las cinco de la tarde: lo recibió monseñor Estanislao Karlic en un aeropuerto convertido en templo católico. Cerca de las ocho de la noche, incansable, estaba de regreso en Buenos Aires.
El viernes 10, dio misa en el estadio de Vélez y por la tarde, después de la siesta, trescientos mil trabajadores lo vivaron en el Mercado Central con los jefes de la CGT con el secretario general, Saúl Ubaldini a la cabeza. Juan Pablo II habló sobre la evangelización del mundo laboral. Allí, dijo: “Insisto en que no podéis conformaros con unos objetivos de corto alcance, cuya única finalidad se reduzca a la concertación colectiva de las remuneraciones y a la disminución de las horas laborales. (…) Es justo que exista una noble contienda sindical, pero encaminada a conseguir los objetivos propios del mundo laboral, dirigida a fortalecer la solidaridad y elevar el nivel de vida material y espiritual de los trabajadores”.
El 11 de abril viajó a Rosario, ofició la Misa en el Monumento a la Bandera y regresó a Aeroparque. Cerca de las ocho de la noche. Durante ese vuelo de regreso, quiso que el avión, al mando del comodoro Alberto Vianna, sobrevolara la Basílica de Luján. El Papa mantuvo antes un breve encuentro con Vianna en el que le dijo: “Europa está muy desacralizada, ustedes deben perseverar en la evangelización y no bajar los brazos, la salvación del mundo partirá de la Argentina”. Ante el asombro del militar, Juan Pablo dijo: “Quiero ver Luján”. Vianna pidió entonces autorización para que el avión descendiera por debajo de los trescientos metros toda una osadía, para que el Papa pudiera ver la Basílica.
Ya en Buenos Aires habló ante diez mil empresarios en el Luna Park: “Es justo que den gracias a Dios por la fertilidad de vuestros campos, por la abundancia de vuestros ganados y de tantas otras riquezas naturales, fruto de las manos del hombre y sobre todo, por el espíritu emprendedor y la capacidad de trabajo con que Él los dotó, para que, junto a tantos hombres y mujeres que contribuyen a sacar adelante vuestras empresas y proyectos, sirváis al bien común en el vasto y complejo campo de la producción de bienes y servicios. Si no vivieseis esta primera obligación de justicia con el Padre común, Dios, tampoco seríais justos con vuestros hermanos los hombres, ni podríais llevar a cabo con espíritu humano y cristiano, las grandes tareas en que diariamente estáis empeñados”.
Por la noche, en el papamóvil, Juan Pablo II llegó a la 9 de Julio donde se celebraba la Jornada Mundial de la Juventud. Allí habló ante una multitud, después de tomar un sorbo de mate cebado por uno de los jóvenes, Wojtyla también era osado, y habló de la violencia que había sacudido al país en los años 70, de la dignidad y los derechos de las personas, insistió en la necesidad de que el hermano no vuelva a enfrentarse con el hermano, que no haya más secuestrados ni desaparecidos y que no exista lugar para el odio y la violencia.
Al día siguiente, al mediodía, un millón de personas lo esperaban en la misma Avenida 9 de Julio para que celebrara la Misa de Ramos: fue la primera vez en la historia que un Papa no la celebraba en el Vaticano; en el altar estaba entronizada la imagen auténtica de la Virgen de Luján que los jóvenes habían llevado en procesión desde la Basílica. Ante el presidente Alfonsín, Juan Pablo consagró a la Virgen antes del rezo del Ángelus. Partió de Ezeiza a las siete y media de la tarde de ese día. Tres días después, estalló en Córdoba el primero de los alzamientos carapintadas contra el gobierno de Alfonsín.
En las ceremonias centrales y vitales de Juan Pablo en Buenos Aires, en especial en la gran celebración en la 9 de Julio, el papa usó el cáliz que ahora empuñará León XIV.
Ese cáliz es una reliquia, joven, pero reliquia al fin.
