Ningún mal es necesario y mucho menos en un Mundial. Pero si este triunfo sufrido ante Cabo Verde sirve para algo, debería ser para recordarle a Argentina que, a partir de ahora, ya no alcanza con la chapa. Después de una actuación preocupante frente a una de las selecciones más débiles del torneo, el campeón del mundo avanzó a los octavos de final.
Ganó más por jerarquía que por juego y no puede permitirse otra actuación así si quiere sostener con argumentos la ilusión del bicampeonato. En su primer partido de eliminación directa descubrió una versión desconocida en este torneo: la de un equipo vulnerable, que por momentos perdió el control y dejó de transmitir esa sensación de que el triunfo jamás corría peligro. En octavos espera Egipto. Después de lo visto en Miami, ningún rival parece tan accesible como antes, publicó La Nación.
Acaso solo Lionel Scaloni imaginaba un partido tan peleado. En la previa había elogiado mucho a Cabo Verde, aunque entonces sus palabras sonaban más a respeto protocolar que a una preocupación real. Argentina jugó incluso por debajo del nivel que había mostrado en la etapa de grupos, donde ya había quedado en deuda. Buscó que el triunfo fuera consecuencia del dominio y no de un golpe por golpe frente a un rival armado para defender y contragolpear. Equipos con ese talento pueden darse ese lujo: dejar correr los minutos hasta encontrar el espacio, sabiendo que la oportunidad iba a llegar. Pero esa paciencia por momentos se transformó en parsimonia.
Instalado en campo rival, frente a un laborioso Cabo Verde que defendía con las líneas muy juntas, aunque desde un bloque medio y no tan cerca de su arco, el equipo de Scaloni movía la pelota de un lado a otro, pero le faltaban ingenio, velocidad y precisión para romper ese cerrojo. Conducían Lisandro Martínez y Cristian Romero, pero el resto aparecía tapado, incluido Messi, siempre rodeado por dos marcas.
