Activa, y con la sonrisa fácil, recibe a Jornada entre sus plantas y la ardua tarea de limpiar la gran casa que es todavía más inmensa desde que en diciembre pasado su compañero de toda la vida se le fue para siempre. Y ya en el hall, rodeada de helechos, plantas del dólar y otras especies, un cuadro de Atilio Viglione domina el panorama.
“Yo no tengo obligación de ir, pero voy a votar siempre”, aclara, y con una sonrisa pícara pregunta si es necesario que aclare por quién se inclinará mañana, cuando el cuarto oscuro la encuentre entre su decisión y su soledad.
Elvira Harris de Liñeiro nació en Estancia Nueva Lubenca, paraje cordillerano de Chubut, en setiembre de 1932, y llegó a Camarones el 18 de julio de 1942. Desde entonces, como se encarga de aclarar, fue “a votar siempre”, y recuerda vívidamente cuando, en 1965, conoció personalmente en Puerto Madryn al entonces presidente Arturo Illia, que llegó a la ciudad del golfo para conmemorar los 100 años de la colonización galesa.
Descendiente directa de inmigrantes, y con padre policía, deambuló por la provincia hasta llegar aquí. Vivió en la cordillera, Puerto Madryn y hasta Puerto Lobos, paraje en el que Weston Harris construyó la primera, y única, Comisaría que existió.
Elvira dice que “lo que pasó en las elecciones fue pésimo” y que “el pueblo lo tomó muy mal” pero que ahora hay que ir a votar, como debe ser. Reconoce que junto a Federico Rosendo Liñeiro, su marido que falleció en diciembre, tenían buena relación con la familia de Eugenio Rodríguez, actual intendente y esposo de Ramona, candidata mañana del FPV, pero se sincera y dice: “A mí me gusta Das Neves por todo lo que hizo por el pueblo” aunque, aclara, “el domingo conservo mi voto de siempre” ya que “si hubiese ido Gustavo Mac Karthy a la cabeza, lo votaba porque lo conozco de chiquito, pero va de vice…”.
Elvira Liñeiro tiene dos hijos y seis nietos y dice que no sabe si la quisieron visitar los punteros políticos “porque acabo de llegar de Córdoba porque mi nieta se recibió de fonoaudióloga” lo que obligó a esta abuela buenaza a salir de Chubut por primera vez en su vida: “Es que no me gustan los aviones, ni los autos” se excusa y se ríe.
Creyente, va a misa cada 15 días, cuando el Padre Nelson llega desde Comodoro “porque acá no hay cura” y reza cada día por los suyos, incluida su propia madre que tiene 97 años “y está bien, salvo por algunas cosas de la edad que ya le agarran”.
Doña Elvira, como le dicen por acá, trabajó hasta 1979 en la escuela, como asistente, pero ya después se dedicó a la casa y a la cocina: sus tortas fueron protagonistas de varios cumpleaños y muchos casamientos. Se enorgullece de preparar “la verdadera torta galesa” cuya receta le pasó su prima Sara Jane con la promesa de no divulgarla a nadie.
Elvira Harris ya no trabaja los tomates cherry en su huerta, que incluso solía vender al valle, y espera que vuelva el agua para seguir plantando. Mientras tanto, entre la casa y las salidas pasa sus días, pero “cuando me agarra la melancolía tomó el Ñandú y me voy a Trelew” aunque reconoce que no se queda mucho tiempo porque “allá viven encerrados con llave”.
“Acá también hay robos”, aclara, pero lo atribuye a “algún entregador que le debe avisar a los de afuera cuando alguna casa está sin gente”.
A doña Elvira le dura el enojo con su hermana desde la última visita a Rawson: “No me avisó que estaba Ricardo Alfonsín ahí y cuando vi que se había sacado una foto con él, la quise degollar” dice y se ríe con ganas.
La tarde, que se va cerrando en Camarones, se termina con un recuerdo de Viglione: “Don Atilio fue mi médico desde siempre… Cuando papá estaba en Gaiman, el doctor pasaba todas las mañanas, tipo cinco o cinco y media, a tomar el desayuno. Después se iba a atender a Dolavon”.
“Era una persona maravillosa, como Illia”, dice.

