La historia de Juan Carlos es una de esas que reflejan cómo, incluso después de atravesar las situaciones más difíciles, hay quienes encuentran en el trabajo una forma de seguir adelante. Todos los días instala su puesto frente al Concejo Deliberante de Comodoro Rivadavia, donde vende bolsas para generar un ingreso, mantenerse ocupado y recuperar, de a poco, lo que perdió.
Su vida cambió por completo luego de sufrir un accidente cerebrovascular (ACV), que le dejó importantes secuelas físicas. Con el tiempo también debió afrontar la muerte de uno de sus hijos y, posteriormente, el incendio que destruyó su vivienda y lo dejó prácticamente sin pertenencias.
«Tuve un ACV, después el incendio de mi casa y la muerte de mi hijo. Yo sé que si me quedo en mi casa me va a hacer mal», relató.
Lejos de resignarse, aseguró que eligió salir a trabajar porque permanecer en su casa solo profundizaría el dolor. Explicó que vender en la vía pública le permitió mantenerse activo, conocer personas y sentirse útil.
«Desde que me agarró la enfermedad perdí la mitad del cuerpo. Acá vendiendo estoy ocupado, conozco gente nueva y ayuda», expresó.
También sostuvo que nunca quiso depender de la asistencia estatal. Contó que durante un tiempo recibió una caja de alimentos, pero dejó de percibirla cuando comenzó a cobrar una pensión.
«Yo entiendo todo lo que está pasando en la Argentina. Yo no vivo del Estado, prefiero ser útil que inútil, que sería quedarme acostado esperando en mi casa», afirmó.
Reconstruirse de a poco
Tras el incendio, Juan Carlos tuvo que empezar prácticamente desde cero. Con el dinero que obtuvo de la venta de bolsas fue comprando nuevamente algunos elementos para su casa, siempre de segunda mano.
«Con la venta de bolsas me pude comprar un televisor de 20 pulgadas, un par de sillas usadas… todo usado. Mientras siga vivo voy a pelear todos los días», contó.
Según explicó, en una jornada habitual lograba reunir entre 3.000 y 4.000 pesos, aunque buena parte de ese dinero debía destinarlo a reponer la mercadería. Las propinas que recibía las guardaba para comprar algún mueble o elemento necesario para su hogar.
Ni siquiera las bajas temperaturas del invierno patagónico lograron detenerlo. Frente al Concejo Deliberante encontró un lugar donde resguardarse del frío y también personas que lo ayudaban diariamente.
«El techo del Concejo me cubre, así que mientras me cubra me quedo. Mi cuerpo se adaptó al frío. Un mate y se sale adelante. Se puede sobrevivir», señaló.
Además, agradeció el acompañamiento de los trabajadores del edificio, quienes solían calentarle la comida que recibía de un vecino que preparaba viandas y le ofrecían agua caliente para el mate.
Debido a las secuelas que le dejó el ACV, explicó que cocinar era una tarea que ya no podía realizar por sus propios medios.
«Me puedo comprar un sándwich, pero a mí me gusta la comida de olla. Yo no puedo cocinar por mi discapacidad», comentó.
Al recordar el incendio que consumió su vivienda, reconoció que aún le resultaba difícil hablar del tema. «Mi casa estaba completa. Me quedé con una mano atrás y otra adelante. No hay nadie detenido, no hay nadie preso y la sigo luchando acá», manifestó.
A pesar del complejo contexto económico que atraviesan los vendedores ambulantes, Juan Carlos aseguró que no tenía pensado abandonar su puesto y que continuaría esforzándose para salir adelante. «La situación está fea, lo sabemos los vendedores, pero hay que esforzarse un poquito más», concluyó.
