En el lugar donde hasta hace unos días se levantaban dos torres de viviendas populares, hoy solo quedan montañas de concreto roto, hierros doblados y pertenencias dispersas entre el polvo. Ahí, en medio del desastre que dejaronlos terremotos que sacudieron Venezuela el 24 de junio, Víctor Colivert tomó una decisión que no estaba dispuesto a negociar.
“Me voy para China, para donde sea, pero no lo dejo solo”, dijo mientras permanecía junto al cuerpo de su sobrino Oswall, de 13 años, rescatado horas antes de entre los escombros. Su mayor temor ya no era encontrarlo, era perderlo otra vez.
La tragedia dejó cerca de 3000 muertos, según el último balance oficial, y desbordó los servicios forenses en las zonas más afectadas. Entre los familiares comenzó a instalarse un miedo silencioso: que, una vez trasladados a las morgues, los cuerpos quedaran atrapados en el caos administrativo o demoraran días en ser identificados y entregados.
Por eso, cuando los peritos intentaron retirar el cuerpo del adolescente, sus familiares decidieron permanecer junto a él. Durante horas, la bolsa negra donde descansaban sus restos quedó rodeada por abrazos, lágrimas y una promesa: no dejarlo solo.
La familia Colivert había quedado prácticamente destruida por los sismos. Grecia, la hermana de Víctor; su esposo; y sus dos hijos, Oswall y Greidy, vivían en las torres 26 y 27 de las Obras del Poder Popular (OPP), un complejo habitacional construido hace poco más de una década como parte de la Misión Vivienda, impulsada durante el gobierno de Hugo Chávez. Ninguno logró sobrevivir.
Frente a la angustia de los familiares, la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, buscó transmitir tranquilidad y aseguró que ninguna víctima será enterrada en una fosa común. Explicó que cada cuerpo es registrado mediante huellas dactilares, fotografías y un expediente antes de ingresar a las morgues para su identificación.
Pero quienes llevan días esperando noticias entre las ruinas encuentran difícil confiar cuando el volumen de víctimas supera cualquier capacidad de respuesta.
El operativo de rescate continúa sin descanso. Cientos de voluntarios forman largas cadenas humanas para retirar baldes cargados de piedras y cemento. El sonido de los taladros domina el ambiente hasta que alguien levanta el puño y ordena silencio absoluto. Durante unos segundos, todos contienen la respiración con la esperanza de escuchar un golpe, un grito o cualquier señal de vida.
“Esto es una película de terror. Nos salvamos de la guerra, pero no de la naturaleza”, resumió Celida Sequera, una voluntaria de 43 años que desde hace más de una semana acompaña a un amigo que perdió a su esposa y a sus tres hijos.
El paisaje conserva las marcas de las vidas interrumpidas. Entre las placas de hormigón asoman un colchón ennegrecido, una bicicleta torcida, un sofá aplastado y juguetes infantiles cubiertos de barro. Sobre una vara improvisada, una bandera de Venezuela embarrada sigue moviéndose con el viento que llega desde el mar Caribe.
En La Guaira, donde los rescatistas siguen buscando entre los restos de los edificios, muchas familias ya no esperan un milagro. Solo desean recuperar a quienes perdieron para poder despedirlos con un nombre, un abrazo y un lugar donde llorarlos.
