En la calle Alsina casi Sarmiento, Carlota Matasmala y Abigail sostienen su puesto de venta de panificados a pesar de las precipitaciones y el frío. El emprendimiento, que comenzó hace cuatro meses, ofrece de forma diaria rosquitas, tortas fritas, calzones rotos, panes saborizados y con chicharrones.
La jornada laboral comienza de madrugada. Carlota, que es jubilada, se levanta entre la 1 y las 2 de la mañana para preparar la masa. Tras un breve reposo, retoma la actividad a las 4 de la mañana para estirar las preparaciones. En ese horario recibe la asistencia de Abigail para manejar el horno, debido a dificultades físicas que le impiden a la mujer mayor agacharse. A las 7:30 la mercadería está terminada y, a partir de las 8:15, se instalan en la vía pública.
Para resguardarse de la lluvia, atienden debajo de una estructura recubierta con nylon que fue fabricada por el padre de la joven. Si bien afirman contar con una clientela fija que les permite vender casi todos sus productos, reconocen que las ventas disminuyen durante los días lluviosos; en las primeras horas de la jornada actual, solo habían concretado cinco transacciones. Sin embargo, su modalidad de trabajo indica que permanecen en el lugar hasta agotar toda la mercadería.
Esta iniciativa comercial funciona como un ingreso económico fundamental. Representa un complemento para la jubilación de Carlota y el único sustento para Abigail, quien se encuentra desempleada y tiene a cargo a un niño de cinco años. Trabajan con o sin viento, e independientemente del clima, bajo la premisa de que cuando hay voluntad, todo se logra en la vida.
