Macri comenzó su despedida

En Barrancas, el núcleo duro saludó al grito de “no se inunda más”: El candidato arrancó en territorio propio, Belgrano, ante miles de entusiastas que enarbolaron banderas y hasta la SUBE. Disculpen los asistentes: este…

domingo 29/09/2019 - 13:14
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En Barrancas, el núcleo duro saludó al grito de “no se inunda más”: El candidato arrancó en territorio propio, Belgrano, ante miles de entusiastas que enarbolaron banderas y hasta la SUBE.

Disculpen los asistentes: este diario intuye que forman el célebre núcleo duro del macrismo pero lamenta informarles que han salido ustedes a la calle en un día peronista. Sol, cielo celeste sin una nube, banderas al viento. Pero afortunadamente no se inunda más. Lo gritaron en el momento de mayor euforia, aunque en un tono más bien medido. ¡No se inunda más, no se inunda más! Al menos en Barrancas de Belgrano, sitio elegido por Mauricio Macri para el precalentamiento antes de recorrer 30 ciudades en una gira de aquí al 27 de octubre, no se inunda más y sí se puede.

Después de comprar banderas a 100 pesos o a 50, según el tamaño, una multitud con fuerte presencia de adultos mayores se reunió ante el llamado de Mauricio Macri, máximo líder y candidato presidencial en la fórmula de Juntos por el Cambio. El “Juntos” es por Miguel Pichetto, el político que provocó el meme más ingenioso de los últimos días: “Cuando creas que cometiste una equivocación en tu vida, pensá en Pichetto”.

Buena ropa pero no ostentosa, sport sin jogging, mocasines náuticos. No estaban las facciones de la barra brava de El Porvenir que usa el candidato de Lanús Néstor Grindetti. En Barrancas nadie sacó facas ni provocó avalanchas como en el acto del intendente que quiere reelegir derrotando al peronista Edgardo Depetri. Con fervor medido, exclamaron “Sí, se puede” cada vez que un orador hizo un punto y aparte. Muchas y muchos enarbolaban la SUBE como si fuera un banderín de las Cruzadas. Página/12, fuente de esta noticia, le preguntó por qué.

–A nosotros no nos trae nadie –fue una de las respuestas.

Tenían razón. No había forma de llegar en auto, porque Juramento estaba cortada hasta Cabildo y porque conseguir estacionamiento en Belgrano un sábado a la tarde es un milagro tan grande como revertir la diferencia que Alberto Fernández le sacó a Macri en las PASO. A falta de los colectivos anaranjados que usan los movimentos sociales, esos que Patricia Bullrich promete reprimir si Macri reelige, se agradece la eficacia de los clásicos 59 y 68. En cuanto a la SUBE, los cruzados quizás no advirtieron que hoy es un signo de distinción. A 20 pesos el viaje presupone tener trabajo y no padecer hambre.

Macri no se anduvo con vueltas y dejó en claro la identificación que busca. “Gracias a ustedes, porque fue la clase media la que hizo el mayor esfuerzo”, lanzó en su discurso de veinte minutos que comenzó a las 18.05. Al revés de los trascendidos previos, el Presidente no hizo ningún anuncio sobre medidas de alivio. Ni para los sectores vulnerados ni para la clase media empobrecida. Tampoco para los dueños de pymes con el agua al cuello por la falta de créditos o las parejas que a los veintipico piensan a qué país mudarse. “Ahora viene el alivio en el bolsillo para llegar a fin de mes”, prometió el candidato Macri, homónimo del Presidente que aumentó la nafta un 4 por ciento a los 33 días de haberla congelado por tres meses.

En un balcón de la calle Echeverría, frente a las barrancas y a media cuadra de la glorieta, alguien había desplegado un cartel. “Los valores no se negocian.” Lástima que no había nadie en la ventana. Imposible saber si era una declaración de principios o de impotencia.

El tono del acto fue más de adhesión a Macri que de odio. Ni siquiera había carteles contra Cristina. A lo sumo invocaciones genéricas como “República” y, más abajo, “Libertad”. Mucho “Sí, se puede» estampado en cursiva. Y algún toque de humor en registro de autocargada.

“¡Vamos Gato!”, gritó un señor cuando la pantalla gigante mostró a Macri con su camisa celeste y su chaleco Uniqlo sin mangas al lado de una Juliana verde musgo. La gente que estaba cerca lo festejó.

El candidato se esmeró. Buscó el aplauso y la emoción. Consiguió miradas de cariño –un afecto sin excesos, medido como una carga de SUBE– a pesar de que en los casi cuatro años de mandato no logró ni el crescendo dramático de los buenos oradores ni la sorpresa que despiertan los líderes. Ni un solo cantito tuvo la picardía de los cantitos de cancha. El ritual se basaba más bien en las repeticiones del último tramo de la frase. Por ejemplo: “Ustedes no están solos”. Y el público: “No están solos./ No están solos”. Otra forma de diálogo con el líder fue la aprobación. Como el yeah inglés. Orador: “Nos une vivir en libertad”. Multitud: “¡Sí!” Orador: “Dimos la batalla contra el narcotráfico y las mafias”. Multitud: “¡Sí!” Orador: “No hay nada más importante que la familia”. Multitud: “¡Sí!” Orador: “Se puede dar vuelta esta elección.” Multitud: “¡Sí!”

El líder llamó a usar las redes y a fiscalizar hasta las 3 de la mañana. Omitió el argumento de Luis Brandoni, que llamó a tener cuidado con las escuelas porque están dominadas por docentes kirchneristas. Acaso el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas sí sabe que en las escuelas está el Ejército y no el SUTEBA.

En tono de qué hiciste tú en la guerra, dijo el orador que en el futuro los hijos preguntarían: “Mamá, ¿dónde estabas en octubre de 2019? Papá, ¿dónde estabas en octubre de 2019?”. Y vaticinó que los presentes responderían: “¡Haciendo patria!”. Saludos de aprobación. “Esto lo resolvemos nosotros o no lo resuelve nadie.” Más atentos saludos aprobación.

Una frase de su discurso podría interpretarse como la nostalgia anticipada de quien se veía como el Presidente por ocho años que transformarían para siempre la Argentina y ahora se percibe como un sesentón rico que vuelve al llano. “Voy a estar siempre para defenderlos”, prometió. No dijo de qué.

Despiertos

Horacio Rodríguez Larreta, que precedió a Macri, también jugó a despertar el “Sí, se puede” pero dejó la sensación de que su papel es preservar el beneficioso santuario porteño. Señalando las vías elevadas del Mitre ramal Tigre ensayó una épica del cemento. “Acá había barreras que partían el barrio en dos”, historió. “Y hoy tenemos esta obra que es orgullo de los argentinos.” Para seguir tirando abajo barreras el jefe de Gobierno que enfrenta a Matías Lammens y Gisela Marziotta pidió a los presentes que de aquí al 27 de octubre hablaran “con cada vecino en cada esquina”.

La cuota de cierto terrorismo verbal le correspondió a la estratega original de Cambiemos, que abrió el acto. “Queremos que nadie se tenga que ir del país”, dijo Elisa Carrió. Pero, igual que la parte nostálgica de Macri, otra frase tuvo sabor a derrota. “Nos comprometemos a respetar a nuestros adversarios pero les pedimos que respeten nuestros derechos a hablar, a ser libres, a prosperar, y que no prime la venganza.” No aclaró qué sería hoy el derecho a prosperar. “El día del búnker trágico, yo era la única segura de que ganábamos en octubre, porque ustedes estaban dormidos”, dijo después, contradictoriamente. Y la multitud gritó: “¡No!” Entonces cerró la oradora: “Bueno, a lo mejor no todos. Pero todos estarán despiertos hasta las 6 de la mañana el 27 de octubre”. Quizás se refirió a las 6 de la mañana del 28 de octubre. O quizás era una forma de hablar de Macri, que el 11 de agosto mandó a todos a dormir aunque, como se sabe por sus declaraciones del 12, él no lo hizo y pasó una noche triste.

Después de ella, Pichetto aseguró que “se acabó el ajuste”, criticó los planes que (no lo dijo) Macri aumentó y dejó un vaticinio: “Si gana Fernández gana Cristina, y va a gobernar ella”. El Plan Susto.

Los asistentes, sin embargo, lucían más concentrados en sus obsesiones que asustados.

–Un tío mío fue jefe de la base y me dijo que Palomar es un aeropuerto seguro –explicaba una señora de cincuenti a un señor de setenti.

–No puede ser que alguien proteste y cierren el aeropuerto de noche –acordó el señor.

–Un día van a cerrar Ezeiza porque lo piden los presos –ironizó la señora.

–No dé ideas –dijo el señor.

Y se desconcentraron. Cada uno por su lado. Sonrientes. Porque no se inunda más.

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