La productividad laboral en Argentina volvió a mejorar entre 2024 y 2026 después de varios años de deterioro, según un análisis elaborado con datos oficiales del Indec sobre el PBI real por hora trabajada. La serie retrata una década atravesada por retrocesos, shocks y fuertes diferencias entre sectores, aunque también expone un cambio de tendencia en la primera etapa del gobierno de Javier Milei.
La productividad laboral es uno de los indicadores que mejor reflejan la salud de una economía. No mide cuántas personas tienen empleo, sino cuánto produce cada hora trabajada. Esa relación resulta decisiva para explicar la evolución de los salarios reales, la competitividad y la capacidad de crecer de manera sostenida. En Argentina, donde el empleo total, tanto asalariado como independiente, registrado e informal, suele resistir aun en recesiones profundas, esa vara permite detectar movimientos que muchas veces quedan tapados por la inestabilidad macroeconómica.
La comparación del primer trimestre de cada año elimina efectos estacionales y permite una base homogénea para el contraste. Con ese criterio, la foto general deja un recorrido claro: la eficiencia por hora trabajada retrocedió entre 2016 y 2023 y luego inició una recuperación entre 2024 y 2026, en paralelo con una nueva configuración del mercado laboral y de la actividad agregada.
Diez años de retroceso y un quiebre reciente
La serie del Indec muestra que el indicador general de productividad laboral pasó de una base 100 en el primer trimestre de 2016 a 93,12 puntos en 2023. Eso implicó una baja acumulada de 6,9% entre ambos extremos, dentro de un ciclo de deterioro prolongado. La trayectoria, de todos modos, no siguió una línea recta y presentó tres etapas bien diferenciadas.
Entre 2016 y 2018 se verificó una mejora moderada seguida de cierta estabilidad. El índice general avanzó hasta 101,3 puntos, dentro de un período de crecimiento acotado, con mejoras en ramas como agro, pesca y logística. Al mismo tiempo, la industria manufacturera ya dejaba señales de desgaste.
Entre 2018 y 2020 se combinaron el shock macroeconómico y la irrupción de la pandemia. La productividad descendió hasta 94,8 puntos del índice. La recesión de 2018 y 2019, sumada al impacto del Covid-19, golpeó con especial fuerza al comercio, los hoteles y restaurantes, la construcción y la industria manufacturera. En ese escenario, la baja de las horas trabajadas resultó menor que la contracción de la producción, un desajuste que agravó el deterioro del indicador.
Entre 2021 y 2023 la recuperación quedó a mitad de camino. En 2021 hubo un rebote técnico, hasta 98,5 puntos, aunque la productividad volvió a ceder en 2022 y 2023 hasta tocar 93,1 puntos, el nivel más bajo de la serie. En informes de coyuntura, Infobae ya había advertido sobre un patrón de “crecimiento sin productividad”, con más empleo, pero menor rendimiento, asociado a una mayor informalidad, estancamiento tecnológico, escasa inversión en formación bruta de capital fijo, sobre todo en máquinas y equipos, rigideces de la legislación laboral y una caída del capital por trabajador.
El repunte desde 2024 y los factores que explican el cambio
El primer tramo de 2024 todavía acusó el arrastre de la caída del bienio previo, aunque 2025 marcó un punto de quiebre, cuando el índice de productividad subió hasta 93,3 puntos. La mejora se extendió en 2026, cuando alcanzó 96,5 puntos. De esa forma, el avance acumulado entre 2023 y 2026 llegó a 3,7%, una variación que alteró el signo de una década dominada por retrocesos.
La evidencia disponible permite identificar tres factores detrás de ese movimiento. El primero fue la fuerte baja de las horas trabajadas. El ajuste económico de 2024 redujo la actividad y el empleo en varios rubros. Cuando las horas trabajadas descienden a mayor velocidad que el PBI real, la productividad por hora tiende a mejorar.
El segundo factor fue la nueva composición sectorial. Las ramas con productividad relativa más alta avanzaron más rápido que aquellas con menor rendimiento. En ese grupo aparecieron minas y canteras, impulsadas por proyectos apalancados en el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI); el agro, favorecido por la baja y la eliminación de retenciones para exportaciones de economías regionales y, en menor medida, pampeanas; la intermediación financiera; y el sector de electricidad, gas y agua, también vinculado al RIGI.
El tercer elemento estuvo ligado a cambios regulatorios y expectativas. Organismos como la OCDE y el Banco Mundial señalaron que las reformas laborales y las desregulaciones pueden elevar la eficiencia en el corto plazo, aunque su efecto más duradero depende de la inversión y de la estabilidad macroeconómica.
Ganadores y perdedores en el mapa sectorial
La apertura en 19 grandes sectores productores de bienes y servicios expone una economía mucho más heterogénea que la que sugiere el dato agregado. Algunas actividades ganaron eficiencia a lo largo de la década, mientras otras quedaron rezagadas. Los datos del Indec dejan a la vista un patrón claro, con mejoras concentradas en ramas primarias o de productividad relativa más alta y caídas más visibles en actividades intensivas en empleo.
Entre los sectores que más avanzaron en 2026 frente a 2016 sobresalió pesca, con una suba de 87%, la mayor de toda la economía. La productividad pasó de una base 100 a 187,2 puntos del índice en el primer trimestre de esos años. Esa mejora respondió a cambios tecnológicos, variaciones en las capturas y baja de las horas trabajadas en algunos períodos.
También mostraron avances el agro, con 26,6%; minas y canteras, con 24,9%; e intermediación financiera, con 15,5%. En el primer caso, el desempeño estuvo asociado a una actividad históricamente eficiente y con fuerte incorporación tecnológica. En minería incidió la expansión del litio y de la minería metalífera, con potencial en cobre, plata y oro. En finanzas pesó la digitalización y una reducción de las horas trabajadas. En servicios remunerados en tareas domésticas, la suba alcanzó 22,3% y respondió a una dinámica particular de empleo y cantidad de horas.
En el otro extremo, el comercio exhibió la caída más pronunciada, con 16,6%. En ese sector crecieron el empleo y las horas trabajadas, aunque la producción real avanzó a un ritmo menor. Otras actividades personales, con exclusión de salud, enseñanza y servicio doméstico, retrocedieron 16,5%, dentro de un segmento muy afectado por la informalidad.
Hoteles y restaurantes cedieron 10,4%. La pandemia de 2020 dejó secuelas persistentes y la inestabilidad cambiaria, junto con la inflación, golpeó el consumo interno y el turismo receptivo. La industria manufacturera perdió 10,8%. La construcción mostró un retroceso de 12,4% dentro de un rubro de marcada volatilidad y alta dependencia del ciclo económico.
Qué ocurrió entre 2024 y 2026
La mejora agregada de 3,7 por ciento entre el primer trimestre de 2023 y el de 2026 respondió a dos dinámicas que convivieron en paralelo. Por un lado, hubo ramas con un repunte marcado. Intermediación financiera avanzó 24,1%, minas y canteras trepó 30,7% y el agro mejoró 29,4%. También registraron subas logística y comunicaciones, con 4,1%, y electricidad, gas y agua, con 1,9 por ciento.
Por el otro, varias actividades continuaron en baja. La construcción retrocedió 8,2%, el comercio cedió 5,8%, hoteles y restaurantes cayó 5% y la industria manufacturera perdió 3,2%. El dato agregado, de ese modo, convivió con un desempeño dispar, en el que algunos motores de alta productividad compensaron la debilidad de sectores más intensivos en empleo.
Qué explica la mejora y qué no implica necesariamente
La productividad laboral puede mejorar aun cuando la economía se achica. Si la producción cae menos que las horas trabajadas, el cociente sube y la productividad por hora mejora dentro de un contexto recesivo. Eso fue parte de lo ocurrido entre 2024 y 2025, cuando el ajuste macroeconómico redujo las horas trabajadas a mayor velocidad que el nivel de actividad.
Ese repunte del indicador no se traduce de manera automática en una mejora del salario real. La productividad constituye una condición necesaria para sostener aumentos del ingreso, aunque por sí sola no los garantiza.
La Organización Internacional del Trabajo advirtió en distintas publicaciones que la mejora de la productividad requiere inversión y capitalización para derivar en una recuperación más firme de los salarios. En Argentina, la mejora reciente convivió con caídas del poder adquisitivo en varias ramas de actividad.
El avance registrado en sectores como agro, minería y finanzas también sugiere un cambio de composición que podría extenderse más allá de un rebote estadístico. La clave pasa por saber si esa mejora encuentra respaldo en un proceso más amplio de inversión, incorporación de tecnología y capital humano, o si responde sobre todo a la poda de horas trabajadas en una etapa de ajuste.
Los próximos datos del Indec permitirán medir si la recuperación logra consolidarse en un sendero más estable o si vuelve a aparecer el patrón que marcó buena parte de la última década, con más empleo y menor rendimiento por hora trabajada.
