Jimena, una comerciante local con seis años de trayectoria en el rubro, describió un panorama donde el consumo de chocolates y alfajores se encuentra estancado debido a que los vecinos priorizan otros gastos cotidianos.
Para sostener la actividad, los kioscos de barrio apuestan a combos accesibles, cafetería al paso, alternativas de almuerzo y el histórico lazo de confianza con los clientes de la cuadra a través del fiado.
El mes de julio transcurre con un ritmo marcadamente más tranquilo en las calles de la ciudad, una desaceleración que se siente de manera directa en el comercio minorista. Las vacaciones de invierno han vaciado las paradas de colectivos y disminuido el flujo de estudiantes y trabajadores durante las mañanas y los mediodías. En este contexto, celebraciones comerciales tradicionales como la «Semana de la Dulzura» debieron adaptarse a la realidad económica de los consumidores, quienes hoy priorizan estrictamente sus gastos mensuales y buscan alternativas para no descuidar el bolsillo.
Combos económicos y el estancamiento de los chocolates
La dinámica de compra experimentó un cambio notable respecto a temporadas pasadas. Según explicó la comerciante Jimena en diálogo con El Comodorense Portal de Noticias, la adquisición de cajas cerradas de bombones o regalos costosos prácticamente desapareció del mostrador. En su lugar, los vecinos optaron por comprar unidades sueltas de chocolates o golosinas pequeñas para armar sus propios obsequios de forma artesanal, volcándose masivamente hacia los productos que contaban con ofertas específicas.
«La verdad es que las ventas de la Semana de la Dulzura no fueron como las de otros años. La gente busca mucha promoción y armar combos. Lo que más salía eran opciones económicas como cuatro Bon o Bon por dos mil pesos o los chocolates pequeños, porque la gente ahora tiene otras prioridades y el sector de chocolates y alfajores es el que más estancado está», detalló la comerciante.
Para contrarrestar el parate del sector de golosinas premium, el comercio debió diversificar su oferta diaria. El consumo se ha trasladado hacia productos más económicos y funcionales, como los turrones tradicionales —comercializados en promociones de cuatro unidades por mil pesos— o alternativas destinadas a resolver el almuerzo y la media tarde de los trabajadores de la zona, incluyendo sándwiches de miga, café al paso y alfajores de maicena artesanales.
Competencia, medios de pago digitales y la vigencia del fiado
A pesar de la proliferación de comercios competidores en las inmediaciones y la presencia de grandes cadenas de supermercados en la periferia, el almacén y kiosco de barrio conserva una clientela fiel construida a lo largo de seis años de permanencia. Esta fidelidad permite sostener costumbres comerciales de gran arraigo comunitario que diferencian al comerciante de cercanía, como el mantenimiento del cobro a término o fiado para los residentes habituales de la cuadra cuando no llegan a cubrir el total de la compra antes del cobro de sus haberes.
Por último, el relevamiento comercial dio cuenta de una profunda transformación en las transacciones cotidianas y los servicios complementarios. El uso de dinero en efectivo ha quedado relegado casi por completo frente al avance de las transferencias bancarias y los pagos mediante códigos QR. Esta digitalización también modificó el servicio de la tarjeta SUBE: la carga física en los locales disminuyó drásticamente debido a que los usuarios resuelven la acreditación de saldo de manera autónoma a través de sus propias billeteras virtuales o abonan directamente el pasaje de colectivo con tarjetas de débito en las unidades de transporte.
