Cada vez cuesta más irse de la casa de los padres. Según un relevamiento del Centro de Investigaciones Sociales (CIS) de la UADE, el 44% de los encuestados vive con su madre o su padre. Esa es la situación habitacional más frecuente entre los participantes. Muy por detrás aparecen quienes viven solos (26%) o comparten vivienda con amigos o compañeros (21%).
El informe, que combinó una encuesta propia con datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC y un relevamiento del mercado inmobiliario, calculó lo que llamó la canasta de emancipación: el conjunto mínimo de gastos que exige vivir en forma independiente. Esa canasta asciende a $1.321.651 mensuales a nivel nacional y se compone de tres grandes rubros: el alquiler ($623.726), los servicios —que incluyen expensas, luz, gas, agua e internet— ($370.512) y una canasta básica de consumo personal ($327.413).
Tal como señala el estudio, el problema es que ese piso de gastos está muy alejado de lo que ganan los jóvenes. Frente a un salario promedio joven de $900.000, independizarse exige como mínimo un 47% más de lo que la mayoría percibe.

La brecha también tiene una dimensión de género: los varones se emancipan con un ingreso promedio de $900.000, mientras que las mujeres lo hacen con $616.300, un 32% menos. Sin embargo, ellas logran mudarse antes —a los 27,1 años en promedio, frente a los 29,2 de los varones— porque suelen hacerlo en pareja, lo que les permite repartir los gastos del hogar.
El informe también describe el perfil de quienes hoy conviven con sus padres: tienen en promedio 23,3 años y son mayoritariamente mujeres (62,6%) a las que no les alcanza la plata para alquilar. Ese motivo es el más citado, con el 27% de las menciones, por encima de razones como priorizar el ahorro o los estudios. A esto se suma que el 44,4% de quienes viven con sus padres no aporta dinero al hogar, y que el 52% tiene ingresos inferiores a los de ellos.

El estudio, además, detectó un fenómeno creciente: el regreso al hogar familiar después de haber vivido de manera independiente. El 15% de los encuestados (156 personas) pasó por esa experiencia, principalmente por haber vuelto del exterior (36%), por una separación o divorcio (17%) o por el aumento de los costos habitacionales.
Más allá de lo económico, la convivencia prolongada también deja huellas subjetivas. El 27% de los encuestados asocia vivir con sus padres a la frustración por no poder independizarse o a una sensación de estancamiento, aunque para otro 27% esa situación representa tranquilidad y apoyo. En la misma línea, dos de cada tres jóvenes se identifican, total o parcialmente, con la frase “soy adulto, decido como adulto, pero en casa mantengo hábitos de adolescente”.
