Covid-19: Cuáles son las secuelas psicológicas en niños y adolescentes

Desde el Hospital de Clínicas manifestaron cuáles fueron las respuestas emocionales más destacadas en tiempos de pandemia basados en un estudio de Unicef. En medio de la pandemia por COVID-19, mientras la curva de contagios decrece…

miércoles 11/08/2021 - 13:15
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Desde el Hospital de Clínicas manifestaron cuáles fueron las respuestas emocionales más destacadas en tiempos de pandemia basados en un estudio de Unicef.

En medio de la pandemia por COVID-19, mientras la curva de contagios decrece lentamente y la campaña de vacunación contra el coronavirus muestra su efecto en la mortalidad a causa de la enfermedad, también es importante referirnos a lo que ocurre con la salud mental. Después de un año y medio, más allá de las crisis en los diferentes sectores, también aparecen presentes otros tipos de crisis relacionadas a los vínculos físicos con seres queridos, la pérdida de autonomía, la falta de espacios de socialización, la incertidumbre por el virus y los terrores emocionales que se hacen presentes en los diferentes grupos etarios. En este caso, desde un estudio en el Hospital de Clínicas, se destacan varios puntos sufridos por los niños, niñas y adolescentes.

Las respuestas emocionales más destacadas fueron: temor, ansiedad e irritabilidad. Algo que, por supuesto, también se observó en personas de diferentes edades. «Las imágenes de un suceso traumático como es la pandemia y el confinamiento podrían integrarse de una forma caótica y desestructurada en la memoria emocional de las personas. De modo que podrían aparecer pensamientos repetitivos indeseados, pesadillas y alteraciones de la memoria o surgir recuerdos parciales con una gran intensidad emocional», manifestó la doctora Fernanda Bellusci, consultora honoraria en Adolescencia Departamento de Pediatría del Hospital de Clínicas.

Durante este periodo crítico y clave de la vida, es importante destacar que se comienzan a formar los diferentes recursos emocionales nutridos por el ámbito familiar y por supuesto, el social -donde aparecen espacios de sociabilización como la escuela, los amigos y la sociedad general-. A causa de la situación epidemiológica, todo quedó relegado. «Se abordó con una mirada biologicista por lo cual lo psicológico quedó en un segundo plano, cuando el individuo es un ser indivisible constituido por aspectos biológicos, psicológicos, espirituales y sociales», agregó.

Sobre estos cambios que se mantienen a largo plazo, Bellusci manifestó: «La memoria es la capacidad de fijar, conservar y evocar las vivencias. Los recuerdos no constituyen una reconstrucción, sino una representación del pasado. Los recuerdos están influidos por las emociones y los sentimientos de la persona que los evoca». Y agregó: «Es muy personal, muy frecuentemente es frágil y la codificación de la información de lo que se vive no es casi nunca como si reprodujéramos una filmación. La importancia de la memoria radica en que nos permite relacionar el presente con el pasado y proyectar hacia el futuro nuestros pensamientos e ideas».

Frente a ello, la especialista manifestó que es clave utilizar lo lúdico como herramienta para ayudar a los jóvenes en estos casos, procesando lo vivido en pandemia. «Ayuda a desarrollar mejores estrategias de regulación emocional, la resiliencia y el crecimiento postraumático para afrontar los recuerdos traumáticos. Por otro lado, a través del juego se aprende y desde la casa se puede complementar, de alguna manera, la ausencia a la presencialidad escolar», sostuvo sobre la utilización de estas formas.

Con respecto a las diferentes consultas que recibió durante la pandemia por COVID-19, manifestó: «Me sigue llamando la atención la tristeza del relato de lo vivido por los pacientes más grandes. La tristeza de lo perdido en relación a las experiencias presenciales con los amigos. Y ni que hablar de aquellos que vivieron pérdidas directas de familiares por la enfermedad o por otra patología que no pudo ser atendida por la imposibilidad de acercarse a un centro de salud». A ello también sumó la incertidumbre de cara al futuro y las pocas certezas para proyectarse mientras que señaló como «secuela positiva» la higienización de los más pequeños.

Trastornos que dejó la pandemia

Tras un estudio reciente de Unicef en Argentina, se relevaron los distintos números en relación al grado de trastorno psicológico que está dejando más de un año de pandemia en niños y adolescentes. Los hallazgos y aprendizajes producidos a lo largo las tres mediciones realizadas entre los meses de agosto 2020 y febrero 2021, interpelan a distintos actores de la sociedad como organismos públicos, organizaciones comunitarias, medios de comunicación, y también las familias a realizar acciones concretas para atender el cuidado psico-emocional de chicas y chicos en un contexto tan excepcional. Se priorizó escuchar y comprender las voces de las y los niños y adolescentes y favorecer su participación activa en el proceso de investigación a través de la expresión de sus pensamientos, opiniones, sentimientos, percepciones.

La muestra de cada medición estuvo constituida por 780 niñas, niños y adolescentes de entre 3 y 18 años, residentes en seis conglomerados urbanos pertenecientes a las seis regiones del país: San Salvador de Jujuy (Noroeste), Resistencia (Noreste), Mendoza (Cuyo), Rosario (Centro) Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Área Metropolitana de Buenos Aires), Gran Buenos Aires (Área Metropolitana de Buenos Aires) y Comodoro Rivadavia (Patagonia). ¿Qué dicen los resultados? Las niñas y los niños de entre 3 y 12 años desplegaron una gran capacidad lúdica y creativa mientras que los distintos juegos posibilitaron la construcción de escenas, situaciones y formas de expresión y comunicación para hacer frente al distanciamiento físico. De esta manera, más allá de las desigualdades multidimensionales, la capacidad de jugar les permitió elaborar y simbolizar lo incierto y potencialmente traumático de la pandemia, como formas de protección de la salud mental.

¿Qué pasó con las/los adolescentes? Las percepciones en relación a todo lo que tiene que ver con la pandemia son negativas y estuvieron anudadas a las restricciones en el contacto y los vínculos sociales, impedimentos de actividades y duelos por ciclos y proyectos inconclusos. En la primera medición, el 75% señaló que les había afectado no poder concurrir a espacios recreativos y deportivos. En las tres mediciones, un promedio del 47% mencionó el uso de pantallas y redes sociales como forma privilegiada para socializar con pares, aunque también manifestaron que no reemplaza lo presencial. Sobre el COVID-19, la especialista expresó: «El binomio encierro libertad configura un núcleo explicativo para comprender la situación que impone la pandemia, así como para ordenar las actividades de la vida cotidiana: lo que se puede y lo que no se puede hacer. Atraviesan esta situación con extrañeza e incertidumbre, a la vez que comienzan a naturalizarla».

En la segunda medición se profundizaron los malestares subjetivos: la mitad de las niñas y los niños se angustiaban fácilmente o lloraban mucho, se enojaban más que antes, estaban irritables, ansiosas o ansiosos y/o tenían altibajos emocionales. Algunas y algunos manifestaban cambios o trastornos en la alimentación y/o el sueño. Estas emociones y comportamientos se acentuaron entre la primera y la segunda medición y disminuyeron entre la segunda y la tercera por la expectativa del encuentro con amigas y amigos, las vacaciones y la vuelta a las aulas. Es importante manifestar que coincidentemente con la expectativa del retorno escolar, en todos los grupos etarios se expresaron con mayor intensidad los miedos a enfermarse y la preocupación por convertirse en vectores de contagio de sus familiares.

En la última medición disminuyó la tristeza, hubo grandes sentimientos de soledad y en adolescentes de sectores populares, la angustia también estuvo vinculada con privaciones materiales se profundizaron con la pandemia. Con respecto a las afectaciones más subjetivas, se observó que el 10% de niños, niñas y adolescentes realizaron una consulta por un problema de salud mental -el 5% entre las niñas y los niños de 3 a 5 años, y al 8% entre las y los de 6 a 12 años, mientras que se eleva al 18% entre las y los adolescentes-. El 57% hizo su consulta a una médica o un médico generalista o pediatra, el 56% a una psicóloga o un psicólogo y el 21% a una enfermera o enfermero. Cabe destacar que el 6% considera que no pudieron llevar adelante la consulta.

Además es clave remarcar que el 61% de las niñas y los niños poseen un déficit habitacional en sus hogares para estudiar tranquilos y se destaca la importancia del acceso a internet frente a las clases virtuales. Lógicamente, esto profundizó las brechas y desigualdades entre las y los adolescentes de sectores populares en el transcurso del ciclo escolar. El anuncio de la vuelta a las aulas se convirtió en todos los casos en un acontecimiento de vital importancia para el desarrollo socioafectivo, para recuperar y reconstruir las tramas vinculares y, a su vez, posibilitar procesos de autonomía y construcción de ciudadanía. En todos los grupos etarios aparecen temores a potenciales escenas de violencia en el aula, como peleas, burlas o exclusiones.

Para cerrar, en relación al estudio, Bellusci manifestó: «Los sucesos traumáticos pueden servir para sacar lo mejor de cada persona. Mucha gente se sorprende de la fortaleza que es capaz de encontrar en una situación de adversidad». Y sumó: «Hay que resaltar el fenómeno del crecimiento postraumático, basado en la capacidad del ser humano de rehacerse frente a los embates de la vida, como si el trauma vivido y asumido hubiera desarrollado en la persona recursos latentes e insospechados que mejoran incluso su funcionamiento anterior».

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