Una emotiva despedida circula entre vecinos tras la muerte de Batata, un perro muy querido en el barrio que supo ganarse el cariño de todos con su carácter fiel y su historia de superación.
Batata, también conocido por algunos como Mostaza o Petiso, fue visto por primera vez en 2017, cuando tenía apenas dos o tres años. En aquel entonces, sobrevivía como podía en la zona cercana a Junior, en Kennedy y Cerro Chenque, donde había tenido distintos dueños. Según recuerdan, incluso estaba vinculado a un gomero del sector, aunque gran parte del tiempo se las ingeniaba solo para subsistir.
Como muchos perros callejeros, era un verdadero buscavidas: tomaba agua de los cordones y pedía comida donde encontraba una mano solidaria. Fue así como comenzó a acercarse a una familia que vivía a pocas cuadras. Cada visita fortalecía el vínculo, hasta que un día decidió quedarse definitivamente.
Aunque en una ocasión fue llevado nuevamente por su antiguo dueño, al día siguiente apareció ladrando frente al portón, decidido a no irse más. Desde entonces, se integró a la casa y a la manada de perros del hogar, convirtiéndose en un miembro más de la familia.
Quienes lo conocieron coinciden en que era un perro bueno, cariñoso, leal y muy compañero. Pasaba sus días junto a Fatiga, su inseparable amigo, con quien recorría cada rincón. Tenía su carácter —era cascarrabias y peleador, como recuerdan con humor— pero también un corazón enorme.
Con el tiempo, Batata dejó atrás la vida dura de la calle. Tenía comida todos los días —incluso preparada especialmente si no le gustaba— y dormía adentro, ya sea en su cama o en el sillón. Fue malcriado con amor, como suelen ser los animales que encuentran finalmente un hogar.
Su familia lo recuerda como un compañero incondicional, de esos que esperan siempre moviendo la cola cuando uno llega a casa, sin importar el día o las dificultades. Tras nueve años juntos, aseguran que quedan los mejores recuerdos y la certeza de haberle brindado el cuidado y cariño que merecía.
Hoy, la despedida a Batata no solo refleja el dolor por su partida, sino también el valor que puede tener una mascota en la vida de una persona: un amigo fiel que deja huellas imborrables.
