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	<title>Amores reales &#8211; El Comodorense</title>
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	<description>Noticias de comodoro rivadavia y la región</description>
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	<title>Amores reales &#8211; El Comodorense</title>
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		<title>Después de la viudez y una desilusión, el amor llegó justo antes que su salud encendiera todas las alarmas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 25 Dec 2022 12:33:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Últimas Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Amores reales]]></category>
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					<description><![CDATA[En siete años, Sonia enviudó, quedó sola con sus tres hijos, perdió su empleo y fue traicionada por el hombre al que amaba. Pasó un año entero sin salir con nadie y decidió que era lo mejor: seguir sola. No contaba con volver a enamorarse. En ese momento, un análisis por una mamografía que había...]]></description>
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<p><strong> En siete años, Sonia enviudó, quedó sola con sus tres hijos, perdió su empleo y fue traicionada por el hombre al que amaba. Pasó un año entero sin salir con nadie y decidió que era lo mejor: seguir sola. No contaba con volver a enamorarse. En ese momento, un análisis por una mamografía que había salido mal puso su vida en vilo </strong></p>



<p></p>



<p>A la historia de Sonia la conozco bien porque la seguí de cerca. Por eso sé que es un gran cuento de Navidad. No me lo dice ahora, pero también sé cuánto la marcó<strong>&nbsp;el accidente en que murieron sus padres</strong>&nbsp;cuando ella tenía sólo 25 años. La mayor de tres hermanos, se transformó de pronto en una mujer todavía más brillante y capaz de adaptarse a casi todo; la mejor de la clase y en el trabajo, consciente de que la fatalidad puede estar a la vuelta de la esquina y, a la vez, luchando en cada gesto para detenerla.</p>



<p>Me acuerdo de la tarde en que me llamó para contarme que<strong>&nbsp;el padre de sus hijos estaba enfermo.</strong>&nbsp;Se habían separado hacía tiempo, pero eligieron seguir siendo familia. Compartían la casa y a los chicos y había entre ellos una complicidad inagotable aunque muchas otras cosas se hubieran roto. Sonia tenía otro novio con cama afuera, y suponía que él también estaba con alguien, pero nunca hablaban del tema. Hacía cinco años que no dormían juntos cuando ella<strong>&nbsp;se mudó a su cuarto y a su cama para cuidarlo.</strong></p>



<p>Hasta el último minuto acompañó su agonía, consciente de que la fatalidad iba a desacomodar otra vez las piezas de la vida que tanto se había empeñado en ordenar. Ella había entendido bien que no hay remedio contra la muerte de los que queremos y ahora le tocaba que lo aprendieran sus hijos. “Yo pensaba que no iba a pasar nunca por un dolor más grande que la muerte de mis viejos, hasta que<strong>&nbsp;ví que mis chicos también iban a ser huérfanos”</strong>, me dijo una tarde, en pleno duelo.</p>



<p>Con 46 años,&nbsp;<strong>se encontró viuda y madre de tres preadolescentes,&nbsp;</strong>como si el destino jugara siempre a probar su resiliencia. A veces pienso que esa palabra se inventó para ella. En el fondo, sabía que podía sola –dice ahora a<strong>&nbsp;Infobae</strong>–, pero entonces se refugió en su novio. Dante era un tipo bueno y de gustos simples que mantuvo la cama afuera, pero se hizo parte del paisaje de su casa y de su nueva vida. Los chicos lo quisieron enseguida, aunque lo que en realidad querían era ver a su mamá contenta.</p>



<p> Ella se las arregló para armarles su propio Disney en el living, empecinada en que fueran felices, en que no sufrieran, en compensar la ausencia.&nbsp;<strong>Lloraba a escondidas cuando se descubría extrañando al que había sido su marido</strong>&nbsp;y encendía en secreto su viejo teléfono para revisarle los chats de Whatsapp, enfurecida y en busca de novias y amantes que, según su acuerdo, habría tenido derecho a tener. “A lo que no tenía derecho era a morirse”, dice. </p>



<p>Cuando las cosas parecían encaminarse, Sonia –una workaholic de manual que se había volcado todavía más al trabajo después de enviudar– supo que su contrato tenía los días contados. A un año y medio de perder al padre de sus hijos, la seguridad se le escapó de nuevo.<strong>&nbsp;“Ahora también estaba desempleada.&nbsp;</strong>Viuda y desempleada”, dice. No tuvo mucho tiempo de reaccionar. De repente, la pandemia paralizó el mundo y ella se reconoció vulnerable. Decidió tomarse un tiempo con Dante. Necesitaba llorar tranquila por sus padres, por su marido, por su historia y la de sus hijos. Ya habría tiempo para volver a montar Disney en el living, necesitaba dejarse caer en serio para poder levantarse.</p>



<p>Fueron meses raros hasta el reencuentro con Dante, pero el final del aislamiento aceleró las ganas. Sonia estaba lista como nunca antes para darle un lugar en su vida y en su familia.&nbsp;<strong>Por primera vez, tuvieron proyectos en común.</strong>&nbsp;El sexo siempre había sido bueno, pero ahora eran otra cosa, ahora eran –por fin– una pareja.</p>



<p>En lo cotidiano, sin embargo, Sonia descubría actitudes que antes, en la necesidad y en la distancia, había enmascarado.&nbsp;<strong>Dante tenía arranques de celos injustificados.</strong>&nbsp;La acusaba de tener un amante en Chile, donde ella tenía familia y amigos y solía viajar de visita. Sonia intentó mirar para otro lado, pero una noche la verdad le explotó frente a los ojos. “Estábamos relajados, escuchando música y tomando un vino, y veo que le llega una notificación al celular. No había manera de no verla porque el teléfono estaba sobre la mesa –cuenta–.&nbsp;<strong>Era una mujer que le escribía desde una aplicación de citas”.</strong></p>



<p>Dante le juró y perjuró que sólo había usado la app en el tiempo en que estuvieron separados, pero Sonia no quiso escuchar razones: “De lo que me dí cuenta fue que&nbsp;<strong>en realidad nunca había estado para acompañarme en serio</strong>, ni cuando murió el padre de los chicos, ni cuando perdí mi trabajo, ni en ningún momento. Siempre había sido una presencia cómoda, alguien que no estaba dispuesto a ceder nada de su confort por mí ni menos por mi familia. Yo no podía seguir proyectando sobre una fantasía y<strong>&nbsp;Dante era eso, humo”.</strong></p>



<p>Entonces la desilusión fue total. Absoluta. Todo ese tiempo había estado sola con sus hijos, pero recién ahora podía verlo, como al mensaje de esa desconocida en el teléfono de Dante. Todo ese tiempo él le había hecho escenas por sus supuestos amantes chilenos y al final&nbsp;<strong>era él el que la engañaba.</strong>&nbsp;Sonia tomó una decisión igual de rotunda:&nbsp;<strong>basta de hombres en su vida.&nbsp;</strong>Al final, había podido sola y no estaba tan mal.</p>



<p>Otra vez se volcó al trabajo: creó su propia empresa con sede a ambos lados de la cordillera y volvió a estudiar. También se enfocó en los chicos, que crecían rápido. Sin darse cuenta, así pasó un año. Un año en el que&nbsp;<strong>no besó a nadie más que a Santiago, su novio de la adolescencia.&nbsp;</strong>Santiago la conocía desde chica y no necesitaba explicarle nada, era un lugar tan seguro como improbable. Lo quería, pero no le interesaba más que para recuperar el contacto de otra piel. Con él todo era confianza y cariño, así que no le importó contarle que en ese año su cuerpo había cambiado. “La menopausia me llegó justo en medio de todos esos traumas.&nbsp;<strong>Y cuando quise volver a tener relaciones, fue como si hubiera vuelto a ser virgen”</strong>, cuenta. No tuvo ganas de hacer el esfuerzo, así que dejó de verlo.</p>



<p>Hasta que en un viaje de negocios a Chile, una amiga le hizo lo que ella llama “una emboscada”: “Yo no estaba para salir con nadie, pero Jimena me invitó al teatro y me dijo que iban sólo parejas. Estaba a salvo, no había ningún hombre suelto”, dice. Todo calculado, salvo que, cuando estaban llegando, uno avisó que se había peleado con la novia y otro que se le había hecho tarde, y cambiaron el teatro por ir a comer a la casa de un tercero que no estaba en los planes.</p>



<p><strong>El dueño de casa se llamaba Marcos y sin saber cómo ni cuándo, Sonia terminó bailando con él toda la noche.</strong>&nbsp;Era un abogado amigo de su amiga y tenía el corazón roto igual que Sonia, pero se le curó en cuanto la vio. Estaba deslumbrado por esa argentina guapa y lúcida que parecía poder con todo.</p>



<p>Los tres días que siguieron no salieron de su departamento. Pero en la cama las cosas no fluían tanto: otra vez Sonia sentía que había vuelto a ser virgen y<strong>&nbsp;el sexo le dolía aunque la pasara bien</strong>, y después ya ni eso. Marcos fue comprensivo y amoroso. “Hasta bajó a la farmacia a comprar algo para que me sintiera mejor, pero cuando les explicó en voz baja a las farmacéuticas lo que necesitaba, creyeron que me había forzado y casi lo linchan ahí mismo”, dice Sonia entre risas.</p>



<p><strong>En el aeropuerto de Santiago él la despidió con el abrazo más tierno y prometió volar a verla.&nbsp;</strong>Ella se sacudió el gusto a romance del cuerpo y subió al avión pensando que finalmente Dante tenía algo de razón, aunque a destiempo: “Ahora sí tengo un amante chileno”. Marcos, en cambio, se sintió su novio desde el principio. Al día siguiente de volver a su casa en Buenos Aires, Sonia recibió un enorme ramo de flores. Tuvo miedo. Fobia. ¿Qué hacía ese tipo recordándole que la quería? ¿No podía apagarse hasta nuevo aviso? Ella no pensaba enamorarse, enamorarse es peligroso y duele y a ella le había costado mucho –demasiado– ese equilibrio.</p>



<p>Y sin embargo,&nbsp;<strong>sacó turno con la ginecóloga&nbsp;</strong>para resolver el tema de su renovada virginidad. La escuchó recomendarle todo tipo de juguetes y lubricantes para que el cuerpo volviera a su lugar. Y mientras tomaba nota como una buena alumna escuchó también, pero como en sordina, que la médica le advertía que su última mamografía, que se había hecho hacía ya un año pero recién le mostraba ahora,<strong>&nbsp;había dado mal, muy mal. Tenía que hacerse una punción urgente.</strong></p>



<p>A Sonia se le pasó su vida entera y la de sus hijos por la cabeza en un segundo. Recuerdo también ese llamado: “Prometeme que, si es algo malo, los chicos van a estar en Disney”. Y quien también estaba ahí para escucharla y<strong>&nbsp;sostenerla al otro lado del teléfono y de la cordillera aunque ella se resistiera, fue Marcos,&nbsp;</strong>que armó “un Disney”, pero para ella.</p>



<p>Le mandó un pasaje para que volviera a visitarlo mientras esperaba el turno para la punción y se encerró otra vez con ella para quererla despacio, con toda la paciencia del mundo.</p>



<p><strong>Ella volvió a Buenos Aires para someterse al estudio.&nbsp;</strong>La angustia y la incertidumbre eran tremendas, pero no estuvo nunca sola. Y para pasar la espera hasta el resultado, Marcos armó un viaje a la patagonia chilena. Esa vez, la buscó en el aeropuerto y manejó seis horas hasta un pueblo del Sur. Quiso parar en una farmacia a comprar Viagra, pero ella se lo impidió, así que los cuatro días de pasión descontrolada para matar el tiempo, fueron en cambio de<strong>&nbsp;risas y proyectos.</strong></p>



<p><strong>Estaban juntos y de la mano cuando ella abrió el mail con los resultados</strong>. “Benigno”, leyó Sonia en voz alta casi sin poder creerlo, tan acostumbrada a que la fatalidad lo cambie todo en medio minuto.<strong>&nbsp;“Benigno”,&nbsp;</strong>repitió Marcos y le dio un beso, y entonces estuvo claro para Sonia: “Había buscado refugio en los lugares equivocados y ahora que lo había encontrado sin buscarlo, tenía que abrazarlo”. Y eso fue lo que hizo.&nbsp;<strong>Lo abrazó muy fuerte.</strong></p>



<p>Quizá es porque es Navidad o porque somos campeones del mundo, pero Sonia dice que entendió que la felicidad también puede estar a la vuelta de la esquina y que, cuando llega, no hay que hacer nada de nada para detenerla.</p>
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		<title>Es argentina, se apasionó con un árabe casado y surgió un amor que trascendió a su trágico final</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 20 Nov 2022 11:19:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Amores reales]]></category>
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					<description><![CDATA[Mercedes tenía 27 años cuando conoció a Farid, que le llevaba quince. El le dijo que no podía separarse, pero durante una década se vieron cada día y ella toleró sus terribles celos. El final fue doloroso, pero una carta de la hija del hombre lo cambió todo Cuando entró a trabajar en la embajada,&#160;Mercedes...]]></description>
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<p> <strong>Mercedes tenía 27 años cuando conoció a Farid, que le llevaba quince. El le dijo que no podía separarse, pero durante una década se vieron cada día y ella toleró sus terribles celos. El final fue doloroso, pero una carta de la hija del hombre lo cambió todo </strong></p>



<p></p>



<p>Cuando entró a trabajar en la embajada,&nbsp;<strong>Mercedes tenía 27 años, una hija chiquita y un matrimonio hecho pedazos. Farid le pareció distinto y buenmozo&nbsp;</strong>desde el primer día, cuando el embajador hizo las presentaciones del caso. Ella tenía un currículum impecable, hablaba varios idiomas, y había recorrido el mundo junto a su padre diplomático. Oficina de por medio, les tocaba compartir tareas y pronto se volvieron un equipo inseparable. Así fue como empezó todo: como&nbsp;<strong>compañeros de trabajo</strong>, muy buenos compañeros.</p>



<p>Cada mañana, los empleados compartían café turco antes de arrancar la jornada laboral. En un rincón, Mercedes y Farid conversaban en un español salpicado de inglés y árabe; <strong>se trataban de usted</strong>. En esa media hora, comenzaron a compartir no sólo los asuntos de trabajo, sino sus alegrías y desventuras. Ella había iniciado el proceso de su separación y él le daba consejos. <strong>El tenía una mujer y una hija que vivían afuera</strong> y se manejaba casi como si fuera soltero. A veces iban a buscarlo otras chicas a la oficina o él le contaba con naturalidad que tenía una cita, y ella opinaba como una buena amiga. <strong>La complicidad entre ellos era absoluta;</strong> eran como dos compañeros de colegio que se encuentran todos los días en la fila para ponerse al día sobre las horas en que estuvieron separados.</p>



<p>Una mañana de invierno, antes de salir de su casa, Mercedes recibió un llamado a su teléfono de línea. Era Farid. “Me dijo que hacía mucho frío, que fuera bien abrigada”, cuenta ahora a&nbsp;<strong>Infobae</strong>. También que ese fue el momento exacto en que&nbsp;<strong>se dio cuenta de que entre ellos pasaba algo más</strong>, mucho más que una relación laboral. “Tenía esas cositas protectoras, pero era gracioso, porque tenía tanto respeto y tanto cuidado de que yo no me fuera a ofender, que no avanzaba nunca”, dice. También que, con el correr de los meses, la tensión de ese algo más seguía en el aire, intacta.</p>



<p>Entonces<strong> avanzó ella.</strong> “Lo hice porque me encantaba. Era una persona increíble a nivel humano, un gran compañero, bueno, brillante, y guapísimo. Me encantaba en serio como nunca me había pasado antes, por eso pensé: ‘Acá alguien tiene que dar el primer paso’. Y ese primer paso fue muy simple”, recuerda.</p>



<p>Fue hace ya muchos años, pero Mercedes lo cuenta como si fuera una película: “Me acuerdo que estábamos buscando una carpeta en uno de esos archivos de antes, esos metálicos de color gris. Y me acuerdo de que hacía mucho calor y mi brazo tocó el de él y fue como una electricidad que ahora puede sonar medio cursi, pero fue asi; lo cuento y es como si lo estuviese viviendo hoy: a mí nunca me había pasado algo así, todo lo demás fueron enamoramientos,&nbsp;<strong>esto tenía la intensidad del amor verdadero.</strong>&nbsp;Y era viernes, venía el fin de semana y no íbamos a vernos. Así que yo fui a su oficina, me senté frente a él y le dije, de usted, porque hasta ese momento no nos tuteábamos:&nbsp;<strong>‘Mire, creo que entre usted y yo hay algo más que una simple amistad’</strong>. Entonces, me acuerdo perfectamente de que se levantó –yo mido 1,58 y él medía 1,89–, se levantó de su escritorio, dio media vuelta, me agarró de los hombros, y&nbsp;<strong>me dio el beso más espectacular de la vida.</strong>&nbsp;Y desde ese día no nos separamos nunca más durante 10 años”.</p>



<p>No siempre fue tan simple como aquel día. <strong>“Nuestras culturas chocaban </strong>y eso nos trajo algunos problemas. <strong>Los celos de él eran tremendos,</strong> ese era su único gran defecto, y yo lo entendía, porque era el lugar donde aparecía su parte cultural. Yo era joven, independiente, sólo me importaba él, pero había muchos que me rondaban. Si él, por ejemplo, me escuchaba reírme al teléfono desde su oficina, me llamaba por el interno y me decía: ‘Una señora no se ríe tanto’”, cuenta.</p>



<p>La otra dificultad era que, aunque Mercedes ya se había divorciado, Farid fue muy claro desde el principio con respecto a su matrimonio: “Me dijo, ‘la situación es la siguiente: yo estoy separado físicamente, mi familia no vive conmigo, pero&nbsp;<strong>de vos me enamoré y no quiero que te hagas falsas ilusiones porque hasta que mi hija no se reciba de bachiller, yo no me voy a separar de la madre’</strong>. Yo entendí y acepté. Sabía que desde el punto de vista moral no era lo más conveniente, pero estábamos profundamente enamorados”, dice ahora ella.</p>



<p>Aún cuando <strong>la mujer y la hija de Farid se instalaron en Buenos Aires,</strong> ellos encontraban tiempos para verse incluso durante los fines de semana. “Él sufría muchísimo esos dos días de distancia, porque era muy celoso y me extrañaba horrores. Entonces me esperaba en la puerta de misa los domingos, aunque era musulmán, no practicante, pero musulmán al fin”, dice Mercedes. También en eso Farid había sido signado por su cultura: le contó que <strong>se había casado a la fuerza aunque no estuviese enamorado, </strong>porque la obligación de los varones musulmanes es asegurar su descendencia.</p>



<p>A veces, la distancia entre Oriente y Occidente se hacía abismal, aunque siempre la salvaban con la fuerza de su pasión: “Un día nos contamos sobre nuestras historias pasadas, eso tan típico de las parejas, ‘¿Vos con quién saliste?’, ‘¿Cuántos años estuviste con tal?’. La cosa es que&nbsp;<strong>yo había estado tres años con un chico iraní</strong>, y como él era árabe de origen sunita, una relación con un iraní era algo terrible, totalmente prohibido. Entonces llegó su hermano mayor a la Argentina, quería conocerme y dar, eventualmente, su visto bueno”.</p>



<p>Una tarde se reunieron los tres en Selquet, era el lugar de moda y fueron a tomar unos tragos –porque eran musulmanes, pero no ortodoxos, y&nbsp;<strong>tomaban alcohol</strong>–. Farid la llamó al día siguiente para darle su veredicto:&nbsp;<strong>“Hablé con Amin y dijo que está de acuerdo con nuestra relación y que te perdona. Te perdona lo del iraní”</strong>, dice ahora Mercedes entre risas. Y es que, a los ojos de los hermanos, era ella la que tenía que pedir perdón por su pasado pese a aceptar el presente irregular de Farid. Bienvenida al mundo árabe.</p>



<p>En la embajada el clima era muy familiar, los empleados se reunían fuera de la oficina en fiestas, asados argentinos y pool parties los domingos. Mercedes iba siempre con su hija chiquita. A veces Farid iba con la suya, que era adolescente y jugaba a cuidarla. Le tenía tanto cariño, que una noche en la que había un evento de la embajada y Mercedes no tenía con quién dejar a su hijita,&nbsp;<strong>la hija de Farid se ofreció a hacer de baby-sitter</strong>. “Era una situación de último momento, había llegado una personalidad del exterior a la que había que agasajar, y acepté para cumplir con mi trabajo.<strong>&nbsp;Mi hija terminó quedándose a dormir en la casa de la mujer de Farid</strong>, que es algo que todavía me da mucha culpa, porque yo no fui educada así”, dice.</p>



<p>Cada vez que podían, Mercedes y Farid se escapaban de la ciudad. Hacían viajes cortos a Mar del Plata o Punta del Este y <strong>probaban la ilusión de la convivencia.</strong> En el verano, él se las arreglaba para sumarse algunos días a las vacaciones de Mercedes con su hija en Pinamar y por unos días eran una familia. Durante el año no se despegaban ningún día, café turco al desayuno y salidas a comer, con discreción, en los carritos de la Costanera. Sobre todo los viernes.</p>



<p>Una noche, en una recepción en el Palacio San Martín,&nbsp;<strong>los celos de Farid llegaron lejos</strong>. Mercedes se había encontrado con muchos amigos que conocía desde la infancia cuando todos eran hijos de diplomáticos expatriados. Algunos la saludaban con abrazos. Farid, que no era su pareja oficial, no podía hacer nada en público, pero la llamó aparte y le hizo una escena.&nbsp;<strong>“Las mujeres siempre traicionan –le dijo él–. Y la mujer extranjera generalmente es infiel”</strong>. Mercedes le pidió permiso a su jefe para retirarse porque no se sentía bien. Pensó en dejarlo, “ya no puedo más con estos celos ridículos”, se dijo. Pero cuando llegó a su casa, el teléfono sonaba con insistencia. Era él, la llamaba desde un teléfono público.&nbsp;<strong>“Te voy a pedir perdón hasta que se me terminen las monedas”,</strong>&nbsp;le rogó. Ella se rindió ante ese hombre que, por un momento, depuso su cultura para recuperarla.</p>



<p>Ocho años pasaron en que su amor creció en la clandestinidad, ocho años intensos y apasionados. Hasta que una mañana de sábado él salió como siempre a comprar comida árabe a un lugar de Palermo. Era el pretexto para dejar su casa y poder verla. La llamó por el camino y le preguntó si quería que comprara pan de pita para ella. Mercedes dijo que sí y se despidieron. Cinco minutos después, el teléfono volvió a sonar. Vio su número en el identificador y <strong>respondió sin pensar: “¿Qué pasó, mi amor?”. Pero quien estaba al otro lado no era Farid, sino su esposa.</strong></p>



<p>“Nunca quisimos herir a nadie, pero tarde o temprano estas cosas se saben. Yo era muy joven y había tomado una decisión: a este hombre lo quiero y voy a estar con él pese a todo. Pero ese día quise morirme,&nbsp;<strong>tenía una culpa que me arrasaba</strong>. Decía ‘no, no hay derecho, yo no puedo hacerle esto’, porque en ese momento creía que la culpable era yo, la otra, la amante”, cuenta Mercedes.</p>



<p>Farid, sin embargo, habló entonces con su mujer.&nbsp;<strong>Le dijo: “A Mercedes la quiero y no voy a dejarla”</strong>. Volvió a mandar a su familia a una provincia en la que tenían parientes árabes y le hizo a la madre de su hija la misma promesa que le había hecho a Mercedes ocho años antes:&nbsp;<strong>no iba a divorciarse</strong>&nbsp;hasta que la adolescente no terminara el secundario.</p>



<p>Los dos años siguientes ya no se ocultaron tanto. Ese amor que también era amistad sincera había resistido todo: el paso del tiempo, las barreras culturales y la clandestinidad descubierta. “Tal vez con redes hubiera sido imposible. Tal vez sin todos esos impedimentos nos hubiéramos cansado antes, pero no pasó.&nbsp;<strong>Cada vez estábamos más enamorados”</strong>, dice ahora Mercedes, que&nbsp;<strong>aún tiene la foto de él enmarcada en su mesa de luz.</strong></p>



<p>Farid se había quedado viviendo solo en un departamento nuevo que armó para que fuera su refugio con ella. Mercedes se instalaba con él los fines de semana en que su hija se quedaba con el padre. Eran felices. Faltaba poco para que la hija de Farid terminara el colegio y pudieran mudarse juntos y, por qué no, casarse. Soñaban con eso.</p>



<p>Un fin de año caluroso, Farid viajó a pasar las fiestas con su familia. La última vez que se vieron fue en una parrillita de Belgrano. Mercedes se acuerda de todo, otra vez, como en una película. Era una calle de empedrado frente a la vía y era mediodía. De la mano se desearon feliz año nuevo aunque faltaban unos días para el 31. Era su festejo íntimo y estaban acostumbrados a esa vida de celebraciones paralelas y a contramano del mundo. Ese día también festejaron que la promesa dilatada de estar juntos a la luz del día estaba a punto de concretarse:&nbsp;<strong>la hija de Farid había cumplido 18 años.</strong></p>



<p>“Esa semana me llamó por teléfono y me dijo: ‘Nos vemos el miércoles’. Yo le dije: ‘Mirá que acá en la oficina está todo tranquilo, no pasa nada si te querés quedar unos días más con tu hija, es enero’. Él se negó: ‘No, no puedo. Te extraño mucho y quiero volver’. Y yo le dije: ‘Bueno, acá estaré esperándote como siempre”, recuerda Mercedes. Fue la última vez que hablaron.</p>



<p>El miércoles a primera hora de la mañana, al regresar después del fin de semana de Año Nuevo, Mercedes recibió un llamado a la oficina. Al otro lado del teléfono, la hija de Farid lloraba desesperada.&nbsp;<strong>Su padre había muerto en un accidente doméstico.</strong>&nbsp;Mercedes se dobló de dolor sin entender, mientras escuchaba el pedido de la chica: “Por favor, llamá vos a mi tío. Papá te amaba y vos a él. Sos la única que va a poder explicarle lo que pasó”. Entre sus cosas, en el lugar donde habían sido amantes y compañeros por una década, hizo lo último que podía por Farid. Cumplir el deseo de su hija y darle la noticia a Amin, su hermano.</p>



<p>Y entonces, el disimulo de años quedó a un lado.&nbsp;<strong>Estaba desgarrada y el resto de los empleados de la embajada comenzaron a darle el pésame como a una viuda</strong>, aunque Farid y Mercedes nunca habían blanqueado su relación ante ellos. No poder despedirlo físicamente aumentó su tristeza. En algún lugar de su corazón, siempre esperaba volverlo a ver cada mañana para compartir el ritual del café turco.</p>



<p><strong>Le había sido fiel durante diez años, y lo siguió siendo por otros siete.</strong> Finalmente los celos de Farid nunca habían tenido sentido: ella seguía amándolo con devoción incluso después de muerto. Un tiempo después del final trágico, Mercedes recibió una carta en la embajada. Era de la hija de Farid y no tenía reproches. Al contrario. Todavía se emociona al releerla, convencida de que ese hombre fue su gran amor, el único: “Gracias.<strong> Gracias por haberle dado a papi los diez años más felices de su vida”</strong>.</p>



<p>Amores reales de Infobae</p>
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		<title>Fueron novios a los 15 años, se volvieron a ver casados con otras parejas y tomaron una drástica decisión</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 06 Nov 2022 11:56:07 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Amores reales]]></category>
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					<description><![CDATA[Lucrecia conoció a Fernando un verano en Uruguay y por cuatro años viajaron para encontrarse en todas las vacaciones. Hasta que entendieron que, aunque se querían, cada uno tenía que seguir con su vida. Volvieron a verse cuando ya tenían hijos y su historia cambió para siempre Dice que en esa época era una salvaje....]]></description>
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<p> <strong>Lucrecia conoció a Fernando un verano en Uruguay y por cuatro años viajaron para encontrarse en todas las vacaciones. Hasta que entendieron que, aunque se querían, cada uno tenía que seguir con su vida. Volvieron a verse cuando ya tenían hijos y su historia cambió para siempre </strong></p>



<p>Dice que en esa época era una salvaje. Que volvía al campo de Uruguay con su familia todos los veranos y nada le gustaba más que ensillar a su tobiana y salir al galope por el monte. Los padres de Lucrecia habían cambiado la rutina de las vacaciones en Punta del Este por la paz de una estancia en San José donde se instalaban de diciembre a marzo, eran otros tiempos.</p>



<p><strong>“Para mí era la libertad, levantarme a las 6 de la mañana y no bajarme del caballo en todo el día</strong>; me pasaban todo tipo de aventuras y todo el tiempo íbamos en banda con mis hermanos, mis primos y un montón de amigos que nos habíamos hecho en el pueblo. San José era mi lugar en el mundo”, dice ahora y asegura que todo lo que le cuenta a Infobae, salvo las circunstancias y uno o dos nombres propios es absolutamente cierto. Dice que su historia con Fernando es borgeana, circular.</p>



<p> El verano de sus quince años Lucrecia reemplazó los madrugones para montar en el campo por las trasnochadas en el boliche del pueblo. “Era la porteña de las fiestas y además era muy linda, así que tenía a varios alrededor. <strong>Una noche el chico más ganador y canchero, </strong>el que andaba en karting y les gustaba a todas,<strong> me persiguió hasta que le di bolilla. </strong>Nos quedamos hablando hasta cualquier hora”, recuerda. También que no se separaron hasta que terminó el verano. </p>



<p>“En el campo no había más que un teléfono con operadora, así que yo me escapaba para besar a Fernando en cada esquina, y mis padres tenían que buscarme en el auto por todo el pueblo, es que&nbsp;<strong>éramos pura hormona y nos habíamos enamorado los dos por primera vez&nbsp;</strong>y muy en serio”, se ríe ahora.</p>



<p>Cuando en marzo su familia hizo las valijas para volver a Buenos Aires, llegó el desgarro. “La separación fue tremenda, nos dolió a los dos un horror. En ese momento no había mails, ni redes y la mayoría no tenía teléfono, así que nos mandábamos cartas largas, con fotos y regalos, que tardaban semanas en llegar”, dice Lucrecia. Sólo los reconfortaba saber que tenían fecha fija para volver a verse: las dos semanas de las vacaciones de invierno, cuando ella volviera con su familia a San José. “Nos queríamos tanto que&nbsp;<strong>durante los cuatro años que siguieron estuvimos de novios sin engañarnos nunca</strong>; nuestro único trabajo era esperarnos”, dice.</p>



<p>Para el cuarto verano, Lucrecia ya había cumplido 18 y su vida en Buenos Aires se había vuelto mucho más activa y social: “Yo salía mucho más y empezaron a aparecer otros hombres, y otras posibilidades. Todavía lo quería mucho, pero había terminado el colegio y estaba segura de que no quería irme a vivir a San José y casarme; quería estudiar, conocer a otras personas, descubrir el mundo”. Fernando no tenía decidido qué estudiar ni como seguir, pero en esos tres meses de charlas sobre el futuro se convencieron los dos de que no era el momento para ellos. El último abrazo, aquel marzo fue con lágrimas en los ojos. “<strong>La distancia y nuestra juventud le habían ganado a las emociones, pero teníamos el amor bastante intacto</strong>”, cuenta y vuelve a emocionarse.</p>



<p>Después,&nbsp;<strong>cada uno hizo su vida</strong>. Lucrecia se recibió de abogada, entró en un estudio y conoció al que sería su marido. Se casaron con todas las convenciones de su círculo: “el vestido blanco, la iglesia, la fiesta y una luna de miel larga y europea”. A veces iban al campo a San José, pero nunca se cruzaba con Fernando. Evitaba ir al pueblo, sentía como una traición caminar por esas callecitas del brazo de otro.</p>



<p>Ya había sido su primer hijo el día que él la llamó al teléfono de línea. Se había instalado en Buenos Aires y había encontrado su nombre en la guía. Estaba soltero, trabajaba en una empresa y estudiaba marketing. La quería ver. Ella aceptó encontrarlo en un café del centro.</p>



<p>“<strong>En cuanto nos vimos lo que pasó ahí fue un tsunami.</strong> Por una semana me escapé de mi casa con las excusas más ridículas para ir a su casa. Era el amor de la adolescencia y la posibilidad de concretarlo. Ahora vivíamos en la misma ciudad y teníamos una carrera. Él me pedía por favor que me separara y me mudara con mi hijo a su casa –dice–. Yo ni quería pensar, para mí verlo era también un escape de los pañales y las responsabilidades del matrimonio. Pero en el fondo tenía claro que no iba a dejar a mi marido”.</p>



<p>No lo hizo. Cuando se lo dijo a Fernando, el abrazo fue parecido al del último verano en el campo: entender que aunque quisieran, no podían. “<strong>Otra vez no es el momento”, le dijo él resignado</strong>, pero convencido de que no era el final.</p>



<p><strong>Cuando Lucrecia supo que estaba embarazada un mes después y se llenó de dudas.</strong> ¿Estaría esperando un hijo de él? “No podía saberlo, porque con la culpa y la convicción del reencuentro con mi marido, también había estado con él. Tampoco podía cargarle esa duda a ellos, ni a Fer ni al hombre que había elegido como padre de mis chicos, que era un padre amoroso que nos adoraba a mí y a ellos –cuenta–. No se lo dije a nadie. Ni a ellos, ni después a mi hijo. Ni siquiera a una amiga. Me olvidé del tema cuando vi el enganche que había entre Fran y su papá. Yo no era quién para romper eso con algo que ni siquiera sabía si era real”.</p>



<p>Sólo a veces le parecía descubrir a Fernando en un gesto o una mirada de su hijo menor, pero enseguida volvía a olvidarse. “Era raro, porque&nbsp;<strong>ese secreto me torturaba, pero a la vez me daba felicidad</strong>&nbsp;saber que tal vez había algo que nos ataba para siempre”, dice. También cuenta que los dos hicieron un esfuerzo enorme por no verse ni hablar más, y que por eso las comunicaciones entre ellos estaban cortadas más allá del amor que, otra vez, estaba intacto. “Ya habíamos tomado una decisión y eso era muy difícil, porque a veces uno sabe que las decisiones que toma van completamente en contra de las emociones que tiene, pero que son las decisiones más sabias. Uno sabe lo que va a resignar con una relación y lo que va a resignar con otra, y elige qué resigna y qué tipo de problemas quiere tener. Eso no hace menos dolorosa la separación.<strong>&nbsp;Elegir no te quita el dolor de extrañar</strong>&nbsp;al otro siempre, ni las comparaciones; el ruidito permanente de lo que podría haber sido, que, claro, como es una fantasía, es siempre perfecto”, dice Lucrecia.</p>



<p>Pasaron años de silencio y ella se enteró por Facebook de que él se había casado con una chica que tenía su mismo nombre. Tenían tres hijos varones y parecían felices. El matrimonio de Lucrecia duró “lo que tenía que durar”, y cuando finalmente se divorció, lo primero que hizo fue mandarle un mensaje. Para Fernando también fue imposible decir no.</p>



<p>Volvieron a encontrarse para descubrir que ni ellos ni lo que sentían había cambiado: “Era como si volviéramos a tener 18 años, aunque yo ya tenía 30 y él 32. Otra vez a encerrarnos en hoteles y morirnos de ganas de estar juntos”. Otra vez la pregunta recurrente.<strong>&nbsp;El amor estaba, ¿qué hacían con eso?</strong>&nbsp;“Ahora era a la inversa, yo estaba sola y él casado, pero el debate era el mismo y el dolor también. A él le costó mucho resignar, pero en un punto logró tomar la misma decisión que había tomado yo años antes. Y de nuevo nos separamos con amor y respeto, yo no podía devolverle otra cosa si él también me había entendido a mí en su momento”, dice Lucrecia.</p>



<p>Pasaron los años y las parejas para Lucrecia, mientras Fernando siguió siempre con su mujer y su familia. Fueron otra vez años de silencio y de recordarse con cariño a la distancia (“De sentirnos”, dice ella). Con el tiempo <strong>Lucrecia resolvió la duda sobre su hijo por razones médicas: no era de Fernando</strong>. Sintió que había hecho bien en haber callado. En 2021, después de la pandemia, recibió un mensaje por Instagram. “Cambió el mundo, pero nunca lo que yo siento por vos”, le escribió él sin vueltas.</p>



<p> Se encontraron en el departamento de ella para darse otra vez el mismo abrazo resignado. “Lloramos mucho porque sabíamos que ya no había esperanzas para nosotros en esta vida, quizás en otra. Nuestro amor había logrado traspasar muchas barreras y llegar puro y con la misma intensidad de la adolescencia a nuestros 50 años. Elegir ahora estar juntos sólo sería arruinarlo, arruinar la fantasía que teníamos del otro. Ese refugio que nos creamos en la cabeza para seguir adelante todo ese tiempo”. </p>



<p> Como cuando eran dos chicos sin miedo de quererse, él agarró su guitarra para regalarle una canción: “Compraría un palco en tu ventana/ Para verte abrir los ojos con el sol cada mañana/ Pero tu estrella es tan lejana/ Que juro que me lo guardo con dolor, aunque me sangra”. El tema es de Nahuel Pennisi y se llama <em>Universo Paralelo</em>. Lucrecia dice que ningún manual le explicó como esa canción su historia con Fernando. “Es que <strong>los dos somos el universo paralelo del otro y sabemos que lo vamos a ser toda la vida</strong>. Los dos sabemos que si algún día se da la circunstancia, si estamos libres y coincidimos en esa libertad, capaz, que las paralelas se juntan. Y si no será la próxima, porque yo estoy segura de que nos vamos a encontrar en el infinito”. </p>



<p><strong> Amores Reales, por Infobae</strong>, es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. </p>
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		<title>Se enfermó a los tres meses de conocerlo y le dejó el regalo más grande</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 23 Oct 2022 12:01:28 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Amores reales]]></category>
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					<description><![CDATA[Ernesto y Betina se enamoraron a primera vista y al poco tiempo a ella le detectaron cáncer de mama. Él le pidió que se fuera a vivir a su casa para poder acompañarla: fue el principio de una historia en donde los dos fueron para el otro amor, apoyo y enseñanza El mes que viene...]]></description>
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<p> <strong>Ernesto y Betina se enamoraron a primera vista y al poco tiempo a ella le detectaron cáncer de mama. Él le pidió que se fuera a vivir a su casa para poder acompañarla: fue el principio de una historia en donde los dos fueron para el otro amor, apoyo y enseñanza </strong></p>



<p>El mes que viene se cumplirán diez años. Fue el 25 de noviembre de 2012.<strong>&nbsp;Ernesto dice que fue amor a primera vista.</strong>&nbsp;Que la vio bajar las escaleras de su casa y supo que era ella. En realidad era la segunda vez que la veía: una noche, volviendo de jugar al fútbol con su cuñado, él le señaló desde el auto a una morocha que caminaba por Álvarez Thomas. “Esa chica es compañera mía de la facultad, si querés te la puedo presentar. Creo que está soltera”, le dijo.</p>



<p><strong>Con 29 años, Ernesto era bastante tímido. Nunca había tenido una relación importante,</strong> ni se sentía demasiado cómodo cuando salía con chicas. Había sido el gordito de la clase y hasta el año anterior había vivido con sus padres, un chico bueno y retraído para el que el tema del cuerpo siempre había sido limitante; se había convencido de que no iba a poder estar con nadie, ¿para qué poner a prueba su autoestima en citas que terminaban en desilusiones?</p>



<p>Pero hacía unos meses había bajado mucho de peso, se había mudado solo y tenía un trabajo de oficina que, aunque no le gustaba mucho, le permitía pagar las cuentas. Tenía ganas de conocer a alguien y le dijo que sí a su cuñado. Era 2012 y el celestino los conectó por Facebook. El ida y vuelta fue corto, enseguida le pidió a Betina su teléfono. “Cuando le escuché la voz, sentí en el momento algo especial, una conexión distinta”, cuenta ahora a Infobae. Después dirá también que fue algo mágico, y su historia lo justifica.</p>



<p>Tocó el timbre de la casa y dice que quedó maravillado: “Los ojos, la mirada, la sonrisa”, le parecía que con ella todo podía ser más fácil, la naturalidad de tener ganas de lo mismo.&nbsp;<strong>Esa noche fueron a tomar algo y terminaron en su departamento</strong>. A la mañana se despertó feliz de encontrarla en su cama. Ya no se separaron.</p>



<p>Fue todo tan intenso, que un mes después, para Año Nuevo, los dos se presentaron a sus familias. Fue un verano de enamorarse más con cada gesto: “Los dos éramos ansiosos y queríamos estar juntos todo el tiempo”, dice Ernesto. Hasta que,<strong> a fines de febrero, Betina lo llamó llorando. “Tengo cáncer”, </strong>la escuchó decir mientras paraba el auto para tratar de entender lo que estaba pasando.</p>



<p><strong>El padre de Ernesto fue Camilo Raffo, un reconocido gastroenterólogo</strong>&nbsp;que por casi treinta años fue el médico clínico –y en muchos casos, el confidente y apoyo 24&#215;7– del personal del diario La Nación. Ernesto cortó con Betina y lo llamó. “Papi, los estudios dieron esto”, dijo, y le repitió lo que le acababa de decir su novia esperando que no fuera cierto. “Sí, es cáncer de mama”, le respondió sin vueltas el padre.</p>



<p>Hacía sólo tres meses que estaban juntos, pero Ernesto no dudó un segundo: <strong>“Te venís a casa, quiero cuidarte”</strong>, le dijo a Betina esa misma tarde. El pronóstico era bueno; <strong>el nódulo estaba en un ducto y pudieron sacarlo completo</strong> cuando la operaron. Pero eso no hacía menos angustioso el hecho de que esa pareja tan fuerte como nueva tuviera que pasar en un segundo del juego de descubrirse en la atracción mutua al compañerismo en la convalecencia. Ernesto, que la ayudaba a bañarse y a vestirse mientras tenía los drenajes, un día la encontró desconsolada en la ducha, justo a ella que era puro optimismo. Más que las molestias postquirúrgicas, le dolía no verse linda frente al hombre con el que –estaba segura– quería compartir la vida y los proyectos.</p>



<p> Y sin embargo, en muy poco tiempo, la vida y los proyectos se impusieron de nuevo. Rayos, controles periódicos, pero la certeza, sobre todo en ella, de que le habían ganado al miedo.<strong> Ese año la madre de Ernesto también se enfermó y murió a los pocos meses, en noviembre de 2013. Fue Betina entonces la que estuvo para acompañarlo y también para apuntalar a su padre, que terminó muriendo también un año más tarde.</strong> “A veces creo que nos cruzamos para que ella me bancara en ese duelo que solo se me hubiera hecho imposible –dice el menor de tres hermanos de una familia que siempre fue muy unida–. Y, de alguna manera, también para enseñarme a duelar las personas que más amaba; porque, sin saberlo entonces, me hizo fuerte para poder enfrentar después la tristeza de perderla a ella”. </p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" width="563" height="420" src="https://elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/10/amores3.jpg" alt="" class="wp-image-464312"/><figcaption> <br>La pareja viajó mucho. Betina deseaba ser madre pero el médico le había dicho que debía esperar cinco años después de un cáncer hormonal </figcaption></figure>



<p>Durante los años que siguieron, Ernesto y Betina se entregaron a disfrutar de la aventura de haberse encontrado.&nbsp;<strong>Viajaron por el mundo, fueron felices y soñaron con formar una familia.&nbsp;</strong>“Betina tenía un enorme deseo de ser madre, y una vocación maternal que volcaba en nuestros sobrinos, en los hijos de nuestros amigos y hasta conmigo”, dice él, y se emociona cuando cuenta que por ella descubrió incluso su oficio y se especializó, de a poco, en la venta de productos de coctelería, algo que siempre le había gustado.</p>



<p><strong>El ginecólogo le repetía que tenía que esperar por lo menos cinco años para intentar quedar embarazada después de un cáncer hormonal, pero Betina insistía. Tenía 37 años y el amor y el reloj biológico latiendo a toda velocidad:</strong> transó con el médico en tres años y medio. Entonces interrumpió el tratamiento y eso también fue mágico, dice Ernesto: era octubre de 2016 y al mes, el test de embarazo dio positivo. Hacía exactamente cuatro años que estaban juntos cuando supieron que iban a ser padres.</p>



<p>El embarazo transcurrió sin problemas.<strong>&nbsp;Guille nació amada, perfecta y rosadita el 12 de julio de 2017.&nbsp;</strong>Betina podía darle la teta sólo con la mama que no había sido operada y se esforzó por hacerlo de todos modos. Había que complementar con fórmula, así que la beba dejó de prenderse, y el ginecólogo aprovechó para que retomara los estudios postergados durante el embarazo. Ella se había encontrado un bulto muy grande del lado con el que amamantaba y en un principio le dieron antibióticos pensando que podía ser mastitis –una típica inflamación asociada a la lactancia–. Pero la punción no dejó lugar a dudas: el cáncer había vuelto y esta vez era más agresivo.</p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" loading="lazy" width="570" height="423" src="https://elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/10/amores2.jpg" alt="" class="wp-image-464313"/><figcaption> <br>Un momento de felicidad absoluta. Betina tenía a Guillermina entre sus brazos </figcaption></figure>



<p>Betina empezó la quimioterapia cuando Guille –o Willy, como también la llaman su papá y sus tíos– tenía siete meses. “Nunca se había sentido tan mal como cuando volvió de la primera sesión, esa noche fue terrible. Pero reaccionó bien, <strong>el tumor se redujo y pudieron operarla”</strong>, dice Ernesto. Para él fue un momento tanto o más angustiante que la primera vez que la oyó decirle “tengo cáncer”; ahora ya no eran sólo ellos dos contra el mundo: ¿Y si le pasaba algo? ¿Si se quedaba solo con Willy?</p>



<p>La energía de Betina no dejaba lugar para esas preguntas: “Era una mina que iba siempre para adelante, nunca se permitió pensar en la muerte. Decía ‘estoy bien’, y aunque teníamos ayuda, estaba pendiente de la beba y jamás dejó de hacer nada. Me repetía ‘<strong>No te preocupes, porque yo no me voy a morir, yo me voy a curar, me voy a salvar’, y vivió así”.</strong></p>



<p>Cuando parecía que todo estaba bien de nuevo y el tumor estaba bajo control, <strong>Ernesto le propuso casamiento.</strong> “En realidad se lo había pedido mil veces, pero nunca encontrábamos el momento. Entonces pusimos fecha y nos casamos el 21 de diciembre de 2018. Betina todavía estaba haciendo rayos, pero había terminado la quimio y le había vuelto a crecer el pelo. De hecho, su mayor preocupación en ese momento era ésa: tener lindo el pelo para el civil. Y sí, estaba hermosa y fue todo espectacular”, cuenta.</p>



<p><strong>Se fueron de luna de miel a Miami y a Punta Cana en un plan muy familiar:</strong>&nbsp;primero visitaron a la hermana de Betina que vive en Estados Unidos y viajaron con la madre de ella que había quedado viuda de manera repentina sólo diez días antes del casamiento. También llevaron a Willy, por supuesto. Y aprovecharon para pasar por Disney y que madre e hija disfrutaran de un plan que no habría tiempo de hacer más adelante, aunque estuvieran seguros de que lo peor había quedado atrás.</p>



<p>Fue al regresar del viaje cuando ella volvió a palpar los signos de que las cosas habían vuelto a complicarse. Otra vez, los médicos probaron primero con antibióticos. Pero pronto tuvieron el diagnóstico: era <strong>otro cáncer de mama, pero agudo y con metástasis</strong>. Pese a la convicción de Betina, para Ernesto ahí sí empezó la sensación de cuenta regresiva: “Mis pensamientos mágicos y su fuerza tremenda me hacían negarlo, pero no podía evitar la angustia. En un momento le dije a mi hermano ‘Tengo miedo’ y me ayudó mucho su respuesta. ‘Si pasa, vas a poder’, me dijo”. Él no quería ni siquiera imaginarlo: era el amor de su vida, su sostén, la mujer que lo había transformado, y también la madre de la hijita que ahora lo aterraba tener que criar solo.</p>



<p> Entre las sesiones de quimio, seguían viajando y tratando de hacer una vida lo más feliz posible, la de dos enamorados con la beba que habían deseado tanto. Pero cada vez se hacía más duro. <strong>En febrero de 2020 Betina empezó a tener mareos y dolores de cabeza fuertes.</strong> Ernesto tenía programada una operación de vesícula y ese mismo día Betina fue con su madre a una guardia. Cuando despertó de la anestesia, su hermano le dijo –también como con anestesia–, que Betina tenía metástasis en el cerebro y en el hígado. “Fue el peor día de mi vida –dice Ernesto ahora–. Boleado como estaba pedí que me dieran el alta. Lo único que quería era verla”. </p>



<p>Ella salió de la clínica un 14 de febrero y Ernesto también ve la magia en eso.&nbsp;<strong>“Pudimos festejar los tres juntos el Día de los Enamorados</strong>”, se emociona. Con su pañuelo en la cabeza y como podía, Betina hizo la adaptación del jardín de Guille hasta que las clases se interrumpieron por la pandemia. “Estaba feliz en ese ámbito, era muy sociable y siempre había esperado ese momento, así que estaba en su salsa entre las mamás del colegio que todavía la recuerdan con cariño”, cuenta Ernesto.</p>



<p>No le dejó instrucciones sobre cómo educar a su hija, tal vez desde la confianza plena que había puesto en él desde el primer momento. Tal vez porque hasta el último segundo se aferró a la vida y pensó que no iba a ser necesario: “¿Por qué me están llevando?”, fue lo último que le preguntó a Ernesto antes de que la internaran y perdiera la conciencia.</p>



<p>Terminal y con morfina, seguía aferrada a la vida con uñas y dientes, dice Ernesto. “No se iba, y entonces mi hermana me dice: ‘Quiere despedirse de Guille’. Yo no podía llevarla, no quería que viera así a su mamá, no podía hacerle eso. Nosotros hacíamos relevos para acompañarla y yo justo estaba con Betina, dándole la mano, cuando mi hermana me pasó un video de Guille que le hice escuchar aunque ella estaba completamente desconectada. Y entonces sí, empezó a respirar distinto, cada vez menos hasta que se apagó. Se apagó al lado mío”, recuerda.</p>



<p>A su hija se lo explicó con palabras simples: “Mamá va a estar siempre en tu corazón y ahora es una estrellita en el cielo”. Con dos años, Guille lo naturalizó. Dijo apenas: “Bueno”, y siguió con sus juegos. “Es una nena feliz”, dice él ahora.</p>



<p>Betina sabía, como el hermano de Ernesto, que cuando llegara el momento él iba a poder. Y aunque al principio la tristeza hizo que se descuidara y engordara mucho, <strong>cuando todos los análisis le dieron mal, entendió que su hija no podía perderlo a él también. “Me había comido la angustia y toqué fondo. Hice un clic, bajé de peso, volví a hacer deportes, y me apoyé mucho en mi familia y en la de Betina que ahora también es la mía.</strong> ¡Todavía viajamos juntos con mi suegra!”, cuenta.</p>



<p> Hace un tiempo, casi como una terapia, <strong>Ernesto comenzó a subir videos con Guille a Instagram y TikTok </strong>(@ernestraffo)–donde tiene casi cien mil seguidores–. <strong>En uno, que se volvió viral, su hija que hoy tiene cinco años, le pide conocer la casa en la que vivió su mamá, algo que pudieron hacer con ayuda de la nueva dueña.</strong> Con toda su inocencia, llega y la recorre esperando encontrar un rastro de Betina entre los muebles y objetos, o cuando se abra la puerta. La misma puerta que al abrirse hace una década le cambió para siempre la vida a Ernesto. </p>



<p>Amores reales de Infobae. </p>
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		<title>Ella tenía 42 años, se enamoró de un amigo de su hijo de 23 y cumplió el sueño de casarse de blanco</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 09 Oct 2022 14:57:41 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Amores reales]]></category>
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					<description><![CDATA[Silvia Salsamendi tuvo dos parejas y hasta un amante, hasta encontrar el amor de su vida. Se cruzó con Pablo Ortiz y eso la hizo cambiar su vida para siempre. La historia de una mujer que estudió abogacía de adulta y soportó la muerte de una hija de 12 años. Aún así, pudo apostar al...]]></description>
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<p><strong> Silvia Salsamendi tuvo dos parejas y hasta un amante, hasta encontrar el amor de su vida. Se cruzó con Pablo Ortiz y eso la hizo cambiar su vida para siempre. La historia de una mujer que estudió abogacía de adulta y soportó la muerte de una hija de 12 años. Aún así, pudo apostar al amor </strong></p>



<p> Que una mujer se enamore del amigo de su hija que tiene 19 años menos, podría ser considerado por muchos un sacrilegio. De la misma manera, que ella con cinco hijos se vaya a vivir con él y luego se case por iglesia con vestido blanco también podría constituir un desafío que interpele a todos dentro y fuera de la familia. Sin embargo, contra los pronósticos más agoreros, los amores desparejos pueden resultar muy felices y duraderos. <strong>La historia de Silvia Salsamendi (59) y Pablo Ortiz (40)</strong> justamente viene a ser una prueba incontestable de que las formas del amor son infinitas y que pueden subvertir con éxito las costumbres sociales. </p>



<p><strong>Silvia nació el 10 de diciembre de 1962.</strong>&nbsp;Su papá era militar retirado y su mamá una ama de casa que dependía ciento por ciento de su marido. Fue la segunda de cuatro hermanos y sufrió mucho la severidad de su padre machista y la sumisión de su madre para con él. Ella era la hija contestataria, por ello la que ligaba los golpes del padre. En su adolescencia, enamorada en silencio de un amigo de su tío que se llamaba Ruben, dejó de comer.&nbsp;<strong>Sufrió anorexia, se le fue la menstruación y terminó girando por los médicos en busca de un diagnóstico para su amor platónico.&nbsp;</strong>Mientras, se aseguraba a sí misma que ella nunca iba a ser dependiente de alguien como su madre, que iba a estudiar y decidiría sobre propia vida.</p>



<p>Una noche estaba con su hermano Carlos en el balcón del PH donde vivían con su familia, en el barrio porteño de Villa Real, tomando una gaseosa. De pronto, vieron pasar por la vereda de enfrente a un grupo de chicos. Algunos eran amigos de sus hermanos, otros no. Uno de los desconocidos la miró con insistencia. Los jóvenes subieron a tomar algo. Ese chico que la miraba resultó llamarse Luis. Una tarde Luis la invitó a tomar un helado. Pasaron los meses y se pusieron de novios. Pero el padre de Silvia era muy rígido y se opuso. La mandaron a Tucumán a la casa de una abuela para que olvidara el romance. Pero Silvia era rebelde y atrevida. Le inventó a su padre que estaba embarazada, aunque la verdad era que nunca había tenido relaciones con su novio ni con nadie. El padre se creyó el cuento y le mandó, enseguida, un pasaje para que volviera a su casa.</p>



<p>Al llegar le recriminaron su conducta:&nbsp;<strong>“Me dijeron puta, que era un mal ejemplo para el resto, que tenía que acatar las normas o irme.</strong>&nbsp;Me fui a pasar una noche a la casa de una tía y, después, me instalé en la casa de mi novio con mis suegros que vivían en la portería de un edificio. ¡Eran unos suegros bárbaros! Busqué trabajo con la ayuda de mi suegra Elvira y empecé en una boutique de unos coreanos que me tomaron cariño. Al tiempo, se nos metió en la cabeza que nos queríamos casar. Pero yo era menor de edad… necesitaba el permiso de mis padres. Finalmente, a regañadientes, mi papá me lo dio”.</p>



<p><strong>El error de la dependencia</strong></p>



<p>Silvia continúa con su relato: “El casamiento fue por civil y pareció más un velorio que una celebración. Por esa época, Luis se había recibido de técnico electrónico y yo seguía trabajando con los coreanos. Elvira era un amor… me malcriaba, me hacía lo que yo quería para comer y se ocupaba de mi ropa. En ese momento, lo único que yo quería era ser mamá pero, al principio, no me quedaba. Por fin, un día el análisis me dio “positivo” y fui feliz.&nbsp;<strong>El 22 de febrero de 1983 nació Sebastián, mi hijo mayor”.</strong></p>



<p>Antes de que naciera el bebé, alquilaron un departamento para ser independientes, pero cerca de los suegros de Silvia: “Todo muy hippie, sin un mango, pero muy feliz”, recuerda ella.</p>



<p>Cuando a Luis le empezó a ir mejor, Silvia decidió dejar de trabajar para tener más tiempo para su hijo. Notaba que Sebastián pasaba todo el día con su suegra y casi no la reconocía. “Fue mi gran error. Yo, que nunca había querido depender de un hombre como había hecho mi madre, terminé dependiendo en forma total. Nos mudamos a una casa en Villa Pueyrredón con patio y terraza para Sebastián. Lo cierto es que Luis se fue mostrando cada vez más posesivo. No te pongas esto, no hagas tal cosa… pero, bueno, éramos felices. Luis trabajaba en el círculo del personal civil de la Fuerza Aérea, pero un día empezó a decir que quería trabajar por su cuenta y renunció. Yo no estaba para nada de acuerdo porque necesitaba la obra social y ya estaba embarazada por segunda vez. Mi suegro también le dijo que no lo hiciera. Pero Luis no hizo caso y en 1986 dejó su trabajo estable y puso, con un socio, un negocio.<strong>&nbsp;El socio lo terminó jorobando y nos quedamos en pampa y la vía con Sebis chiquito y yo por parir a Brenda que nació el 28 de enero de 1987.</strong>&nbsp;Luis conmigo era buenísimo, hacía todo por mí. Pero estaba obsesionado y era muy celoso. Se ocupaba de todo y ¡hasta me lavaba el pelo! Me cansé y empecé a sentirme agobiada. Tenía ganas de tener otra vida”, reconoce.</p>



<p><strong>Vocación por estudiar</strong></p>



<p>El estudio era algo que le había quedado en el tintero. “Siempre me venía a visitar una de mis mejores amigas del colegio que estaba estudiando ingeniería. Yo empecé a sentir una gran frustración por no tener una carrera. Empecé a cuestionarme. ¿Cómo era que yo que había presenciado la dependencia de mi vieja con mi padre había terminado no estudiando medicina como deseaba y siendo una mujer totalmente dependiente?”, se preguntaba la mujer.</p>



<p>“Otro día, me encontré en la casa de unos familiares con una prima que me contó que estaba por recibirse de abogada. Ella también era madre. Entonces, me dije, tengo chicos, pero si me organizo puedo estudiar. Pero no teníamos un peso… ¿cómo iba a hacer? Medicina no podría ser, era muy larga y con prácticas, pero podría estudiar derecho. Me dije: si puedo leer, puedo estudiar. Cuando lo conté, todos me dijeron que estaba loca. No me importó y me anoté igual en el CBC de la UBA”, recuerda Silvia.</p>



<p>Cuando empezó el CBC, su hija menor Brenda tenía 2 años. Pero ocurrió un imprevisto: “Cuando me van a hacer todos los análisis para el CBC, escucho que el médico le dice al radiólogo:&nbsp;<strong>“Placa a ella no porque está embarazada”.</strong>&nbsp;¿Podés creer que no me venía desde hacía tres meses y yo pensaba que era por estrés?”</p>



<p>Silvia se desesperó. Tuvo varios ataques de llanto.</p>



<p>“No quería otro hijo ¿cómo iba a estudiar? Al final, me enfoqué y dije: bueno estoy embarazada, pero voy a estudiar igual. Me mandé al frente con todo.&nbsp;<strong>Incluso llegué a limpiar casas para poder comprarme apuntes</strong>&nbsp;porque teníamos muy pocos recursos económicos. Luis me amaba, hacía buena letra y seguimos adelante aunque yo no estaba convencida de la pareja. Un día, cuando estaba por dar la materia Derecho Constitucional, me sentí muy mal. Después de rendir, fui al Hospital Pirovano. Me internaron porque decían que había sufrimiento fetal. Yo quería vivir, creo que en ese momento pensaba más en mí que en el bebé en camino… Al día siguiente me hacen mi tercera cesárea y me dicen: es una nenita”.</p>



<p>Era 19 de octubre de 1989. Había nacido Giuliana Noelia, a la que siempre le dijeron Yuli. La bebé fue a parar a la incubadora. <strong>“Cuando pude ir a verla, de pronto, la amé con toda intensidad. Mi negrita, ¡era tan chiquita! Recuperó peso y al tiempo me la llevé conmigo a nuestra casa”.</strong></p>



<p><strong>Llevar una doble vida</strong></p>



<p>El estudio continuó. El cuatrimestre siguiente rindió un par de materias, pero no mucho más. Estaba al límite con sus tiempos. Pero tenía capacidad, memoria y decisión. Le tocó rendir Derecho Internacional Público casi sin poder estudiar y eligió como tema Malvinas. Aprobó. Decidió organizarse mejor para poder terminar la carrera y se dejó dos días libres por semana para cursar.</p>



<p><strong>Luis ya tenía trabajo y Silvia estaba en buena relación con sus propios padres. Todo parecía encarrilarse. Pero la vida le dio una sorpresa.</strong></p>



<p>Una tarde, cuando Yuli tenía ya dos años, cayó de visita a su casa aquel tío… con su amigo Rubén.</p>



<p>“Fue una sorpresa. Yo le conté que de adolescente había estado enamorada de él y nos reímos mucho. Eso le dio pie… y&nbsp;<strong>un día se cayó a buscarme a la facultad. Lamentablemente sucumbí y nos hicimos amantes”, admite Silvia.</strong></p>



<p>Sedienta de cambios&nbsp;<strong>Silvia se animó a una doble vida</strong>: “Lo veía los días que iba a la facultad. Esa vida paralela duró cuatro años. Cuando decidí separarme porque era claro que no iba más, los dejé a los dos: a mi marido y a mi amante”.</p>



<p><strong>Abogada al fin y nuevo amor</strong></p>



<p>En el año 1994 Silvia se recibió de abogada. Con el título terminó por asociarse en el mismo estudio donde ya estaba trabajando como empleada. Fue su socio quien le posibilitó la libertad: le salió de garante para alquilar un departamento en Belgrano donde Silvia se fue a vivir con sus hijos. <strong>Ahora era una divorciada, de 33 años, con 3 chicos.</strong></p>



<p>“Fue una adolescencia total, todo lo que no había vivido porque me casé muy joven, lo viví en ese tiempo. Cuando los chicos se iban con el padre, me la pasaba de fiesta en fiesta y salía a bailar a Pachá. Disfrutaba de la libertad total, me ponía minifaldas y usaba el pelo platinado. Una tarde me estaba preparando para salir y vino mi hermanito Diego. a quien le llevo 9 años, con un amigo suyo que estaba deprimido porque se había peleado con su novia. Se llamaba Manuel y era 4 años más chico que yo. Después de esa noche Manuel, que estudiaba Ciencias Económicas, comenzó a llamarme por teléfono. Otra vez me invitó a cenar a su casa y se largó a llover. Me quedé a dormir, pero no pasó nada. Al poco tiempo empezamos a salir. Era el tercer hombre de mi vida. Teníamos una relación aventura con mucha pasión. Tres meses después nos peleamos por una tontería y terminamos. Pero dos semanas después no me sentí bien y me hice un Evatest… estaba embarazada. Yo no quería decirle, ¡habíamos salido muy poco! Al final, lo llamé y se lo conté. Manuel me respondió: ¿Qué pensás hacer? Yo le dije que lo quería tener, pero que bajo mi responsabilidad. Y él entonces respondió:&nbsp;<strong>Está bien, tengámoslo porque yo te amo”.</strong></p>



<p>Se mudaron juntos con los chicos de Silvia. Era el año 1996. El 12 de enero de 1997 nació el cuarto hijo para Silvia al que llamaron Juan Manuel.</p>



<p>Pero paciencia… porque todavía no ha llegado el verdadero amor de su vida.</p>



<p><strong>Cuando el dolor lo tiñó todo</strong></p>



<p>La vida la fueron surfeando muy bien. Pero todo tiene un final. Un día de octubre del 2001, Yuli llegó con dolor de panza a su casa. No debía ser nada. Estaba por cumplir doce años. Otro día de esos “llegó muy excitada diciendo que se había desmayado en los brazos de la chica que me ayudaba a cuidarla. La llevé al médico de guardia. Yuli perdía un poquito de sangre y el doctor creyó que era la menstruación”.</p>



<p>Silvia relata que un par de días después la vio llegar del colegio, arrastrando la mochila con sus rueditas, y la vio muy pálida. “Nos sentamos un ratito al sol y ella me pidió banana con dulce de leche. Se la preparé, pero cuando se la di me dijo: Ay no, tengo náuseas. Y después me pidió que la llevara al médico. La llevé a su médica de cabecera. La ve y me dice que pareciera tener un problema renal y la dejó internada. Luego, la prepaga la trasladó a la Clínica Nueva Mitre, de Ramos Mejía. Ahí nos atienden unos doctores que nos dicen que lo que tiene es neumonía… ¡Fue una semana de terror en la que no hicieron nada! Solo le daban suero y prometían que iba a venir el nefrólogo pero nunca venía. Yuli tenía fiebre y se sentía muy mal. El sábado 10 de noviembre Yuli respiraba muy mal, yo veía que mi hija estaba gris. Fui corriendo a llamar a los médicos y me mandaron…¡un psiquiatra! Yuli, hija, le digo, estoy acá. Y ella me respondió (Silvia llora) “mamá no veo”. Se estaba yendo por partes… Mi hija estaba agonizando. Se la llevan a terapia y yo llamó a todos y les digo que se muere que vengan a despedirse. Al rato baja de terapia el médico con el guardapolvo todo rojo de sangre. Se había muerto. Subí a terapia enloquecida y había sangre por todos lados.<strong> Después con la autopsia supimos que tenía los pulmones inundados de sangre y que lo que había tenido era un síndrome autoinmune neumorenal llamado Goodpasture”.</strong></p>



<p><strong>La abogada tenaz</strong></p>



<p>El retraso y la desidia en llegar al diagnóstico para administrarle el tratamiento adecuado fue lo que condujo a la muerte de Yuli.</p>



<p>“Con el tiempo empecé a razonar que no la habían atendido bien. Empezamos a investigar y mandamos un oficio al Ministerio de Salud. ¡Resulta que las matrículas de los dos médicos coordinadores que la habían atendido en esa clínica eran falsas! La clínica fue de terror, no hizo nada. Denuncié a la clínica y descubrí otros casos.&nbsp;<strong>Me cargué al hombro el juicio penal y me puse como abogada querellante. En el 2006 tuve la sentencia: Homicidio simple por dolo eventual”.</strong></p>



<p>Silvia siguió como pudo con su vida. Pero la tristeza se mudó a su pareja: “Nos mirábamos y llorábamos.</p>



<p>Ya en el 2003 estábamos en crisis con Manuel porque estábamos instalados en el dolor”.</p>



<p>Ese año fue que Silvia conoció, ahora sí, al amor de su vida:&nbsp;<strong>“Pablo, era amigo de mi hija Brenda.</strong>&nbsp;Iba a mi estudio, que en ese momento estaba en la calle Paraguay, cerca de la Facultad de Medicina. Brenda venía con su pelo rosa y Pablito llegaba vestido de grande y solo tenía 19 años (había nacido el 11 de abril de 1982). Era muy serio y formal”.</p>



<p>En el 2004 Pablo fue a su estudio para pedirle ayuda por un accidente laboral. Hablaron mucho, de un tema saltaron a otro y él le contó que quería casarse con su novia con quien había perdido un bebé. Silvia, quien estaba embarazada de su quinto hijo, lo aconsejó.</p>



<p>En el 2005 nació Martín. Silvia y Pablo seguían con sus charlas interminables. “Me encantaba hablar con él, me gustaba escucharlo y que me escuchara”, recuerda.</p>



<p>Pablo siempre encontraba excusas para ir a su casa, alguna duda, algún oficio, su amiga Brenda.</p>



<p><strong>Por ese tiempo, Silvia y su familia tenían alquilada una quinta en Tortuguitas. </strong>“Pablo venía a visitar a Brenda y se quedaba charlando conmigo. Mis amigas me empezaron a decir que parecía muy interesado por mí”, relata. <strong>Cuando Martín tenía pocos meses, Silvia se separó de Manuel. La relación ya era irremontable.</strong></p>



<p><strong>El gran amor</strong></p>



<p>El 2 de abril de 2006 sería el día bisagra de esta historia. Silvia estaba bañando a su bebé con Brenda cuando Pablo la llamó por teléfono. Tenían que coordinar con los testigos que tenían que declarar en el juicio laboral de Pablo. Quedaron en encontrarse en un bar de Belgrano. Hablaban tanto por teléfono que Silvia le dice en broma que la relación más que de cliente y profesional parecía de un amor platónico.</p>



<p>Pablo se la juega y le dice:</p>



<p><strong>-¿Por qué tendría que quedar en platónico?</strong></p>



<p>Silvia se rió de la respuesta.</p>



<p>Se encontraron más tarde en una confitería cerca de Cabildo y Juramento. Después de esa reunión, todo desembocó en una noche apasionada.</p>



<p>“Yo me dije: bueno puedo tener una aventura de una noche para sentirme viva. Terminamos en un hotel.<strong>&nbsp;Yo tenía 42 y él 23.</strong>&nbsp;Esa noche lloré en sus brazos… y me di cuenta de que estaba profundamente enamorada de un imposible.&nbsp;<strong>Con el correr de los días traté de poner fin a esa locura, sin lastimarlo. No pudimos”.</strong></p>



<p>Al comienzo, todo fue clandestino. Silvia se preguntaba cómo iba a encarar el tema. ¿Qué iba a decir Sebastián el mayor de sus hijos que todavía estaba muy mal por la muerte de su hermana? Brenda ¿qué diría de su amigo con su mamá? Y su ex, ¿le haría la vida imposible?</p>



<p>“Brenda me dijo un día: Te veo mejor… Y entonces me animé y le conté. Le pareció bárbaro porque me veía muy bien. Te diría que fue Juan Manuel, que tenía 8 años en ese momento, el que más se opuso. Y Manuel mi ex pensó que era un pasatiempo mío y no creyó que fuera amor y me dijo: Vos estás sacando a un casi adolesdente de su casa, vas a tener problemas.&nbsp;<strong>Cuando se dio cuenta de que iba en serio se puso un poco loco, pero ¡hoy adora a Pablo porque se ocupó siempre de Martín!”</strong>, confiesa Silvia, “Enfrentamos todos los prejuicios. El mundo nos separaba y nosotros insistimos en ganar la batalla. Mi mamá me dijo: Preparate para lo peor. A la madre de Pablo no le gustó para nada el tema. Se me pusieron en contra. Ahora, tantos años después, ya está todo bien. Me quieren. Yo, que ya perdí a mis padres, le digo en broma, se tienen que aguantar a esta hija vieja… y nos reímos mucho”.</p>



<p><strong>Pablo se incorpora a la charla y cuenta que “Decirles a mis padres que estaba con una persona más grande no fue fácil. </strong>Ellos ya sabían quién era porque ella me llevaba el juicio. La primera respuesta fue que cómo podía ser, que era mucho más grande y que tenía hijos, que podría ser mi madre… A lo que yo respondí que no era mi madre, que era la persona que yo había elegido para compartir mi vida y, un poco a la fuerza, lo tuvieron que aceptar. Yo no estaba pidiendo permiso, solo les estaba comentando mis sentimientos. De a poquito y con cautela Silvia se fue incorporando y la fueron aceptando”.</p>



<p>Se fueron a vivir juntos enseguida. Pablo trabajaba, es maestro mayor de obras, pero no ganaba demasiado. Pudieron juntar dinero cuando a Silvia le salió un trabajo de dos meses en Río Gallegos. Con eso lograron comprar un terreno con una casita. Silvia siguió con su estudio que hoy lo tiene en la calle Callao, en pleno centro de la capital.</p>



<p>Pablo se refiere al tema de la diferencia de edad: “No se trata de tener valentía, nosotros no le estamos haciendo mal a nadie. Muchas veces escuché comentarios, pero yo estoy bárbaro como estoy. El problema es del otro, no mío. Al otro le molesta, a mí no. Yo quiero terminar mis días al lado de Silvia”</p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" loading="lazy" width="670" height="537" src="https://elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/10/amores_reales2.jpg" alt="" class="wp-image-460997"/></figure>



<p><strong>Casarse de blanco con alguien dos décadas menor</strong></p>



<p>Luego de cuatro años de estar juntos se casaron por civil y por iglesia.&nbsp;<strong>Silvia con 47 años y Pablo con 28&nbsp;</strong>dijeron “Sí, quiero”, el 17 de abril de 2010, en la parroquia Jesús Misericordioso en Altos de José C. Paz.</p>



<p><strong>“Contra todo pronóstico cumplí mi sueño de la niñez: ¡casarme por Iglesia y de blanco!</strong>&nbsp;Fue emocionante. Era mi primer vestido de novia. Fue una boda austera pero muy feliz. Hice que los chicos estuvieran vestidos iguales y con moño. La familia de Pablo estuvo, pero ni mi papá ni mi mamá ni mis hermanos quisieron venir. Sentían que era como una burla”.</p>



<p>Pablo quería un bebé, pero no pudo ser. Silvia tuvo su menopausia a los 47. Cada tanto, cuando a Silvia siente que él algún día podría arrepentirse de estar con alguien tanto más grande, la acosan los celos infundados. Pero él le dice muy serio y la tranquiliza: “Nunca jamás me va a interesar una mujer que no seas vos. Vamos a estar juntos hasta que me muera”.</p>



<p><strong>Llevan ya casi 17 años de amor y 12 de casados.</strong></p>



<p>Hoy Pablo es querido por todos. “Mirá qué ironía. Mis viejos no vinieron al casamiento, pero terminaron adorándolo. Mi papá tuvo un ACV en el 2013 y, ¡el que lo cambiaba a mi papá era Pablo! Se hizo cargo de papá y de mamá”.</p>



<p>Los casi veinte años de diferencia ya no parecen ser un problema. Le pregunto por el futuro. “No puedo imaginarme mi vida sin él. No nos imaginamos el uno sin el otro. Lo de la edad quedó tan en segundo plano… Él con sus 40 y yo con mis 59 años, con mil problemas, con días buenos y malos, con alegrías y tristezas, no pasa un solo día en que nos vayamos a dormir sin decirnos te amo”.</p>



<p><strong>Amores reales de Infobae </strong></p>
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		<title>Ella era la hija de dueño de la estancia, él era el hijo del puestero y por amor desafiaron a todos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 11 Sep 2022 13:35:52 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Amores reales]]></category>
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					<description><![CDATA[Kate y Fidel se conocieron cuando eran niños en el campo de La Pampa de los padres de ella. Allí trabajaban los padres de él. Cuando fueron jóvenes se enamoraron. Enfrentados con sus familias, los dos tomaron una drástica decisión Esta historia resulta incómoda de contar. Y fue incómoda de vivir, sobre todo al comienzo....]]></description>
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<p><strong> Kate y Fidel se conocieron cuando eran niños en el campo de La Pampa de los padres de ella. Allí trabajaban los padres de él. Cuando fueron jóvenes se enamoraron. Enfrentados con sus familias, los dos tomaron una drástica decisión </strong></p>



<p>Esta historia resulta incómoda de contar. Y fue incómoda de vivir, sobre todo al comienzo. Habla de la capacidad del amor para traspasar barreras sociales y, también, de la tenacidad de sus protagonistas para enfrentar esas fronteras no dibujadas en ningún mapa.</p>



<p>El nacimiento del amor ocurrió hace más de tres décadas en la provincia de La Pampa en <strong>una estancia, cuyos dueños de orígenes ingleses, Nancy y Peter</strong>, vivían gran parte del año, con sus tres hijas: <strong>Mary, Dolores y Kate.</strong></p>



<p><strong>Veranos de infancia</strong></p>



<p>Kate, la menor, había nacido casi al mismo tiempo que&nbsp;<strong>Fidel, el hijo de los puesteros del campo.&nbsp;</strong>Cada temporada de vacaciones, verano e invierno, terminaban corriendo por los potreros, jugando a la escondidas en el galpón entre las bolsas de cereales, en el corral de los caballos, sentados sobre los pinchudos fardos de alfalfa con cartas de truco o patinando sobre el barro del camino de entrada para matar el tiempo.</p>



<p>“Tomábamos leche recién ordeñada. Andábamos siempre en patas, trepados a los árboles, y a la hora del almuerzo, cuando tocaban la campana de bronce que colgaba en la galería de la casa principal volvíamos corriendo, cada uno a su comedor.<strong>&nbsp;Él con sus padres y su hermanita; yo a la mesa impecable con mantel de lino blanco y servilletas de género&nbsp;</strong>que mamá insistía en usar. Me sentaba sucia por mis andanadas, con las uñas llenas de barro, hasta que algún mayor reparaba en mí y me mandaban al baño a limpiarlas con un cepillito. Fueron años de libertad absoluta, nadie nos controlaba y teníamos cero comprensión de las diferencias sociales que podían haber entre nosotros. A mí nada me importaba y a él tampoco”, cuenta hoy Kate desde sus 36 años.</p>



<p>Pero llegada la adolescencia las cosas cambiaron.</p>



<p><strong>El dolor de crecer</strong></p>



<p>Pasaron los años y a Kate, que vivía en la gran ciudad, le crecieron las lolas. Se indispuso, empezó a jugar al tenis en el club y comenzó a salir a fiestas de 15. Fidel era larguirucho, se había vuelto un chico más retraído, y en sus patas de alambre todavía no asomaban los pelos.</p>



<p>“Pero Fidel era Fidel. Era como mi hermano del campo. <strong>El único varón con el que me relacionaba libremente sin pensar si le gustaba lo que yo tenía puesto.</strong> Todas mis amigas del colegio sabían quién era Fidel y algunas hasta lo conocían porque habían venido a veranear conmigo. A los 15 a mí ya se me había despertado el deseo con algunos chicos, pero con él podía ser la misma de siempre, sin pintura ni ropa especial. Pero al mismo tiempo que yo sentía todo con esa naturalidad, <strong>los grandes en mi casa comenzaron a preguntar a dónde íbamos, qué hacía todo el día con Fidel</strong>, que pin que pan… El control que apareció fue paulatino y me sorprendió un poco, pero lo terminé aceptando. Por otro lado, era cierto que yo sentía que con mi vida actual tenía menos para compartir con él. No podía contarle lo que me pasaba en Buenos Aires, él no conocía la ciudad, ni hacía deportes. Yo avanzaba en el colegio y él estaba atrasado dos años en la escuela rural… ¡Qué sé yo! Era como que estábamos creciendo distinto y eso me generaba algo que no sé describir. Podría decirte que era pena o tristeza. Pero apenas volvía a Buenos Aires mi vida volvía a explotar y me olvidaba de ese sentimiento”.</p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" loading="lazy" width="637" height="519" src="https://elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/09/pareja-1.jpg" alt="" class="wp-image-453443"/></figure>



<p><strong>La sorpresa de la transformación</strong></p>



<p>“Fue el verano en que yo había cumplido 18, donde la cosa pasó a mayores. Yo ya había tenido un novio durante unos cuatro o cinco meses. Había sido un desastre la relación y me había quedado un pésimo recuerdo. El tipo resultó ser un mujeriego, medio chanta. Me había sentido estafada por él. Mis amigas tenían novios mejores, más compañeros. Bueno, lo cierto es que ese verano andaba con el corazón vulnerable. Una noche, de aburridos no más, con Fidel salimos a caminar por el campo como cuando éramos más chicos. Todos andaban por ahí, pero nadie nos vio irnos. Fue una caminata, por el larguísimo camino de entrada de la estancia, entre los enormes eucaliptos y las huellas de los autos. Si bien llevábamos linternas, íbamos en la oscuridad aprovechando la luz de la noche estrellada y de la gran luna que era como un farol. ¡Creo que fue ese especial clima nocturno lo que nos hizo ir a caminar! Esta vez a Fidel lo había encontrado alto, grandote, con las piernas peludas y la voz super gruesa. Me atrajo. Me acuerdo que bromeé y le dije que parecía un viejo… Él, callado como siempre, solo&nbsp;<strong>me agarró de la mano en la mitad del camino.&nbsp;</strong>Cantamos zambas, me contó de unos robos de hacienda que habían ocurrido en el invierno y yo de las materias que tendría en el primer año de la carrera de veterinaria en la facultad. En un momento de bromas quise enseñarle un trabalenguas y nos empezamos a reír como locos porque no le salía… En un momento él me alumbró la cara con la linterna. Yo lo empujé para que me sacara la luz de la cara y mientras estaba encandilada todavía,&nbsp;<strong>me dió un beso. Lo abracé y nos tiramos en el pasto.</strong>&nbsp;¡Para qué seguir contando!”, se ríe Kate de sus propios recuerdos.</p>



<p>No hubo cuidados de ningún tipo. Los dos eran vírgenes. Fue el verano del amor total, pero no sin conflictos.</p>



<p>Porque si bien esa noche no se enteró nadie de la caminata amorosa, las siguientes veces que quisieron hacer lo mismo no fue tan fácil.</p>



<p>Nancy, preocupada porque los notó peligrosamente cercanos, intentó hablar con Kate para hacerla entrar en razón.<strong>&nbsp;Le dijo que tenían vidas distintas con un diferente nivel cultural,</strong>&nbsp;que sus padres eran empleados de ellos desde siempre y que cualquier tontería podía enturbiar la relación. Además, ¿qué futuro le podría dar Fidel que todavía no había terminado ni quinto año? Siguió enumerando: a ella le gustaba leer, ir al teatro, hacer deporte y viajar.&nbsp;<strong>Fidel no podría pagar nada de eso&nbsp;</strong>y jamás leía nada de nada. “Lo que me decía tenía sentido. Eran frases disuasorias típicas de cualquier madre que pretende para su hija un marido brillante, exitoso, triunfador, que trabaje en una súper empresa o que sea un gran profesional”, reconoce Kate. Lo cierto es que&nbsp;<strong>Fidel y su familia no tenían ni casa propia</strong>&nbsp;y el joven seguía pedaleando el secundario sin demasiada energía.</p>



<p>Kate supo que no podía llorar en público. Después de todo, los ingleses tienen eso de que se la bancan, pensaba. Pero en su cuarto, escondida debajo de las sábanas, suspiraba entre lágrimas porque no veía la salida a sus pasiones y deseos. Ni a sus hermanas, que andaban en historias mucho más convencionales, se animó a contarles nada. ¿¡Cómo les iba a decir que tenía relaciones sexuales y que <strong>se había enamorado de Fidel </strong>el hijo de los puesteros!?</p>



<p><strong>Intento de olvidar</strong></p>



<p>La primera batalla la ganó la familia.<strong>&nbsp;Kate volvió a Buenos Aires</strong>, y comenzó primer año de veterinaria. Soñaba con vivir en el campo. Y, por supuesto, se volvió a enamorar. Esta vez fue de un amigo de una compañera de la universidad.</p>



<p>Pero no elegía bien. Tampoco este resultó un gran candidato. No era un futuro empresario ni un gran intelectual ni tampoco un buen compañero.</p>



<p>“Leandro había dado la vuelta al mundo como mochilero, lo que le daba una pátina de cultura para que todos los aceptaran más… pero la verdad es que<strong>&nbsp;se pasaba la vida fumando porro.</strong>&nbsp;A mí me había gustado su aparente tranquilidad y su pasión por la naturaleza. Pero no anclaba en nada, era como que flotaba por su existencia. Parecía un pacífico gurú, pero resultó que esa calma artificial camuflaba su gran vagancia. Tampoco se hacía cargo de mantener una relación. Enseguida mostró la hilacha:<strong>&nbsp;lo pesqué in fraganti en varias mentiras.&nbsp;</strong>Lo que más me shockeó fue que me había estado engañando con que estudiaba sociología… ¡Pero el tipo no hacía nada! Unas amigas me dijeron que habían escuchado que lo de la carrera de él era un cuento chino. Lo enfrenté ese mismo día. El caradura me dijo que había dejado de ir a cursar porque no le gustaba la carrera y que quería estudiar otra cosa. ¡Yo era la novia y no me lo había contado! Además, empecé a sospechar de una amiga de él, sentía que coqueteaba con ella. Me dolió el alma la desilusión, pero no tuve piedad. Si a los seis meses ya me engañaba con todo ¿¡qué sería después!? Siempre tuve carácter, decidí cortar la relación. Lo increíble fue que&nbsp;<strong>por él no lloré ni una sola vez.&nbsp;</strong>Ese mismo fin de semana pedí el auto prestado en mi casa, lo compartía con mi hermana, la que todavía vivía con la familia, y me fui a La Pampa”.</p>



<p>Lo único que Kate quería realmente era&nbsp;<strong>refugiarse en los brazos de Fidel.</strong>&nbsp;Ya tenían 21 años y se habían seguido viendo ocasionalmente cada varios meses, pero con más distancia física y emocional.</p>



<p>Cuando llegó a la estancia lo encontró ahí, como siempre, con su mirada mansa y orgullosa. La recibió con una sonrisa y estuvo dispuesto a conversar de ellos. “Él también había andado con una chica del pueblo que trabajaba como maestra, pero hacía poco habían dejado de verse.&nbsp;<strong>Me dijo que no se había enamorado como le había pasado conmigo”</strong>, relata Kate.</p>



<p><strong>Animarse a dar el paso</strong></p>



<p>El reencuentro fue apasionante y movilizador. Por primera vez se sentaron mate de por medio, solos, para hablar a fondo del problema que tenían: la diferencia social que los mantenía alejados. Por suerte,&nbsp;<strong>Fidel ya había aprobado quinto año&nbsp;</strong>y se había puesto a trabajar en el campo para ayudar a su padre y, también, colaboraba con unos consignatarios de hacienda. Hablaron de la resistencia que habría en la familia de Kate y de las discusiones por el mismo tema que ya habían surgido en la de Fidel.<strong>&nbsp;Los padres de Fidel también hablaban de diferencias sociales</strong>, de la forma de vida que él no podría darle a ella, que Kate estaba acostumbrada a otra forma de manejarse, que todo esto podría arruinar la relación de las familias y que ellos vivían de su sueldo en la estancia. En definitiva,&nbsp;<strong>opinaban, sin decirlo, que él era demasiado poco para ella.</strong></p>



<p>Las olas que levantaría una decisión de pareja serían altas para ambas orillas.</p>



<p>Esa noche, y las que siguieron, fantasearon con que ella podría vivir en el campo, él ocuparse de lo mismo que hacía su padre y seguir con la compra y venta de hacienda. Kate le aseguró que ella amaba la tranquilidad de la vida rural, que no quería vivir en la ciudad y que no tenía grandes ambiciones económicas. Pero estuvieron de acuerdo que de algo tenían que vivir y si tenían hijos habría que mantenerlos y educarlos. Para eso <strong>necesitaban conseguir una economía estable.</strong></p>



<p>“No me preocupaba tanto la diferencia cultural. Era evidente y notoria, pero yo me la bancaba. A Fidel, en cambio, le generaba inseguridad. Lo más difícil, pensé, sería integrar a los grupos de amigos. Cualquier comentario podía ser hiriente o molesto para él o hacerlo sentir fuera de todo. Entre mis amigos había algunos muy leídos y viajados… Fidel no iba a poder meter ni un bocadillo en una charla. No se lo dije porque eso lo iba a tirar para atrás.<strong>&nbsp;Fidel era simple, alegre, cero complicado.&nbsp;</strong>Eso era lo que más me enamoraba de él. Pero también por su propia naturaleza y autopreservación, evitaba meterse en líos. Y yo era un gran lío para su familia. Tuve que convencerlo de que sería yo la que iba a hablar con mis viejos y con los suyos, que teníamos el derecho a probar estar juntos y a formar una familia distinta a la que todos esperaban”.</p>



<p>Quedó decidido. Darían el paso.<strong>&nbsp;Se pondrían de novios.</strong>&nbsp;Para las dos familias, la revelación de que habían reanudado la historia formalmente, fue como una bomba.</p>



<p><strong>Nancy y Peter se pusieron en guardia.</strong>&nbsp;Le recriminaron que fuera ella la que siempre daba que hablar y traía problemas en su casa. Ella les respondió que enamorarse no era un problema. Ellos le dijeron que depende de quién, podía serlo y que su accionar era inmaduro y que podía lastimar no solo a Fidel sino a toda la familia de él.<strong>&nbsp;Su madre habló de ruptura de códigos</strong>&nbsp;y que de eso no solían salir cosas buenas.</p>



<p>Varias semanas después, cuando los ánimos se habían calmado un poco, Kate les anunció que se mudaba al campo y que abandonaba la facultad. Otra marejada de reproches que la dejó paralizada. Fue su padre quien, esta vez, tomó la palabra.&nbsp;<strong>Dijo que era una inconsciente por abandonar una carrera como veterinaria.</strong>&nbsp;No estudiar era una completa irresponsabilidad cuando se tenía la posibilidad. ¡No todos podían hacerlo! Le dejó claro: ella era una privilegiada, era de ignorante no aprovechar la oportunidad.</p>



<p>Por su parte,&nbsp;<strong>la familia de Fidel estaba azorada.</strong>&nbsp;Los padres y su hermana menor, Rosita, contemplaban a la distancia el incendio, enmudecidos. No se animaban ni a abrir la boca.</p>



<p>Kate estaba resuelta, solo pedía que la dejaran instalarse en el campo. Ellos no se negaron, pero se mostraron en total desacuerdo.<br></p>



<p>“No los escuché más. No me iban a convencer. Me fui y me instalé en la casa. Sabía perfectamente que&nbsp;<strong>mis viejos me consideraban la oveja negra de la familia.</strong>&nbsp;Capaz que lo era. Era distinta al resto, siempre lo había sido. Tenía miedo de que mis padres se arrepintieran y me dijeran que tenía que irme de ahí. Pero no ocurrió. Fueron prudentes y solo esperaron a que se me pasara el arrebato. Pero eso no pasó. Mi noviazgo siguió, se consolidó y empecé a colaborar con los animales en el campo y con lo que había aprendido en mis estudios. No me acuerdo cuánto tiempo después empecé a insinuarle a mis viejos que&nbsp;<strong>quería construir una casita para vivir con Fidel detrás de la de ellos.&nbsp;</strong>Mientras tanto, yo seguía en la casa principal y Fidel dormía con sus padres. Jamás atravesamos ese límite implícito que era que Fidel se viniera a vivir a la casa de mis padres”, recuerda Kate.</p>



<p><strong>Nancy y Peter la vieron tan decidida que consintieron</strong>, siempre y cuando fuera la pareja la que pagara la nueva construcción. Demoraron como dos años.</p>



<p>“La casita la hicimos con dos pesos, un poco nosotros y otro poco con ayuda de los primos de Fidel. Quedó amorosa. Dos cuartos y un living cocina integrado.&nbsp;<strong>Nos mudamos juntos cuando teníamos 24 años y yo ya estaba embarazada de 3 meses.&nbsp;</strong>No se lo habíamos, todavía, comunicado a nadie. Te soy franca: no extrañaba nada de mi vida anterior. Viviendo en el campo el miedo de integrar a los amigos quedó en la nada. Los veía poco y cuando venían era a mi casita con Fidel y todo era bastante normal”, cuenta.</p>



<p>Fidel trabajaba con ganas y entre los dos lograron crecer.&nbsp;<strong>Nació Isabel y en los años que siguieron se sumaron a la familia Marcos y Matías.&nbsp;</strong>La casita les quedó chica y sus padres los ayudaron a ampliarla.</p>



<p>Ya adoraban a sus nietos.</p>



<p><strong>¿Adiós prejuicios?</strong></p>



<p><strong>“Papá finalmente aceptó a Fidel más que mamá&nbsp;</strong>que siempre se mostraba un poco más de prejuiciosa. Cuando venía gente que ella consideraba importante a comer me pedía que le enseñara cómo se agarran los cubiertos y modales. El día que nos casamos por civil estaba muy preocupada por lo que se iba a poner. O cuando vinieron de visita los suegros de mi hermana al campo por unos días, preguntaba cómo presentarles a mis suegros… ¿era conveniente juntarlos a todos? Era raro porque<strong>&nbsp;eran mis suegros, pero también eran sus empleados</strong>. Esos eran sus problemas. Definitivamente, a mamá le costó muchísimo más, estaba más encorsetada en sus reglas y costumbres. Pero&nbsp;<strong>con los nietos las cosas se aflojaron un montón.</strong>&nbsp;Terminaron aceptando a Fidel y fue como que se fueron olvidando de sus primeros miedos. Empezaron a tomarse las cosas con más risa y menos seriedad. ¡Maduraron! Todavía a mi vieja se le escapa alguna inconveniencia, pero yo me hago la distraída. No me gusta confrontar. Elegí esta vida porque me da paz y no voy a dejar que una boludez de ella sin mala intención me la arruine. Cada uno que se haga cargo de lo propio. De lo único que me arrepiento, si tengo que reconocerte algo, es de haber dejado veterinaria. ¡Me encantaba mi carrera y me hubiese venido muy bien tener el título! Pero quedarme en Buenos Aires hubiese sido dejar a Fidel un par de años más. No estaba dispuesta a pagar ese precio. Él no va a hablar, no le gusta. Sabe que estoy contando nuestra historia, aunque antes&nbsp;<strong>tuve que asegurarle que nadie lo va a reconocer.</strong>&nbsp;Es una lindísima historia de amor ¡cómo no voy a contarla! Hasta hoy seguimos juntos y contentos. Con lo bueno y lo malo que tienen todas las parejas, pero nos queremos. Mis tres hijos ya están en la primaria. Lo que sí tenemos claro con Fidel es que intentaremos que ellos sí estudien una carrera. Nos damos cuenta de la importancia de hacerlo, queremos que ellos puedan progresar. Además, no sabemos si este campo seguirá dando para que vivamos todos porque mis hermanas tienen maridos e hijos también y la familia es muy grande. En algún momento ya mis padres no estarán y esta tierra tendremos que dividirla y venderla. Falta, pero soy consciente que algún día eso llegará y quiero que nuestros hijos sean económicamente independientes”.</p>



<p>Hace unos meses murió de cáncer la madre de Fidel.&nbsp;<strong>Kate confiesa que con su suegra la relación no fue tan fluida.&nbsp;</strong>Hubo varios encontronazos relacionados con la crianza de los nietos, pero no quiere contar nada más al respecto.</p>



<p>Kate y Fidel, como muchas otras parejas,&nbsp;<strong>se animaron a desafiar prejuicios</strong>&nbsp;para, parafraseando al escritor inglés Julian Barnes, vivir la “única historia”.</p>



<p>La de amor, la de ellos, la que lleva su sello.</p>



<p>Y, hasta ahora, no se han arrepentido.</p>



<p><em> Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas, para Infobae.</em><br></p>
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		<title>Su novio murió y se casó con el hermano: la historia de un “amor prohibido” que se volvió real</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 28 Aug 2022 12:53:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Amores reales]]></category>
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					<description><![CDATA[Sofía vivía con Martín y planeaban un futuro juntos, pero una enfermedad terminal la dejó viuda a los 29 años. En pleno duelo se acercó a la familia de él, muy especialmente a su cuñado. Se odió, creyó que era una traición a la memoria de Martín pero ya no hubo retorno. Fue una noche...]]></description>
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<p> <strong>Sofía vivía con Martín y planeaban un futuro juntos, pero una enfermedad terminal la dejó viuda a los 29 años. En pleno duelo se acercó a la familia de él, muy especialmente a su cuñado. Se odió, creyó que era una traición a la memoria de Martín pero ya no hubo retorno. </strong></p>



<p>Fue una noche cualquiera de un fin de semana del año 2005, cuando Martín dijo que le dolía mucho la cabeza y se acostó a dormir temprano, antes de comer. Nadie le prestó demasiada atención. Habría tomado la noche anterior, habría estudiado demasiado para esa materia que le quedaba para terminar su posgrado en Derecho Tributario, habría estado mucho al sol en la pileta…</p>



<p>Un día más en una familia numerosa de 4 hermanos que vivía en Acassuso, provincia de Buenos Aires, Argentina: dos varones (Martín, de 26 y Juan Pablo, de 23) y dos mujeres (Sonia, de 21, María Clara, de 19).</p>



<p>Martín pasó molesto toda la noche. Se levantó temprano, muy mareado. Claramente estaba peor.</p>



<p>Era domingo y faltaban unas semanas para Navidad. Llamó a su novia desde hacía cuatro años, Sofía J. (26) y le dijo que suspendía la visita a la quinta de su familia. No se sentía nada bien. Refirió tener dolor en la nuca, náuseas y mareos.</p>



<p>Con Sofía tenían planeado irse de vacaciones juntos a Buzios, Brasil. Ella era maestra en un jardín de infantes de zona Norte; él trabajaba en un estudio de abogados. Enero, aunque solía ser más caro, era el mes que tenían disponible. Habían dudado en gastar parte de sus ahorros porque ese mismo año que estaba por comenzar tenían pensado mudarse a vivir juntos a un departamento que Sofía había heredado de su madrina.</p>



<p>Esto todavía no se lo habían comunicado a sus padres, era algo que solamente sabían sus amigos.</p>



<p>Una cirugía de urgencia</p>



<p>Esa mañana, su madre Cecilia lo vio tan dolorido que le dijo de ir al médico. Martín no se movió de su cama. Decidió llamar ella a la prepaga para que fuera un profesional a domicilio. A las dos horas llegó un médico joven. Un poco desorientado con los síntomas, le dio analgésicos y le dijo que si la cosa no mejoraba fuese a una guardia.</p>



<p>Cómo nada surtía efecto, su padre Fernando, después del mediodía lo subió al auto y lo llevaron a un sanatorio en pleno centro de la capital porteña.</p>



<p>Martín estaba tan dolorido que en el viaje en auto ni abrió los ojos. Lo atendió una doctora con acento centroamericano que lo revisó a conciencia. Decidió que lo mejor era hacerle una resonancia.</p>



<p>Martín bancó como pudo la claustrofobia y su dolor de cabeza. Mientras esperaban el estudio, sus padres notaron cierto revuelo médico. Gente de guardapolvo que entraba y salía con cara de preocupación del área.</p>



<p>Al rato llegó la noticia.&nbsp;<strong>Tenían que operarlo de inmediato, algo había estallado en su cerebro y había que descomprimir con urgencia para evitar males mayores.&nbsp;</strong>No había tiempo para interconsultas. Ese mismo domingo entró a quirófano apenas llegó el cirujano que llamaron de urgencia.</p>



<p>Nadie pegó un ojo esa noche. La novia, los padres, los hermanos, todos estaban en la guardia del sanatorio. Esperando y rezando.</p>



<p><strong>Una buena noticia que duró poco</strong></p>



<p>Cecilia y Fernando, desencajados. Sofía alelada, sin entender qué pasaba. Los hermanos alentando a todos que la cosa iba a salir bien.</p>



<p>Cuando el médico se asomó con media sonrisa, respiraron.&nbsp;<strong>Todo había salido bastante bien</strong>, había que esperar y ver que no pasara nada más en su cabeza y que no quedaran secuelas de la intervención. El profesional fue contenedor, creía que había zafado porque habían actuado rápido; además, el paciente era muy joven y deportista.</p>



<p><strong>La recuperación fue óptima. Había sido un milagro. Sofía y Martín decidieron después de este mal trago anticipar el plan para irse a vivir juntos. Les urgía empezar una vida de pareja.&nbsp;</strong>Lo comunicaron y todos felices. El capítulo negro de salud lo creían cerrado.</p>



<p>Lo que nadie pensó ocurrió, más o menos, un año y medio después de lo relatado. Y no tuvo nada que ver con su cabeza.&nbsp;<strong>En unos chequeos de sangre de rutina le descubrieron algo serio.</strong>&nbsp;Consulta con un médico, luego con otro, hasta que terminó en un hematólogo quien le confirmó el diagnóstico:<strong>&nbsp;tenía leucemia.</strong></p>



<p>Otra enfermedad grave en tan poco tiempo. Fue un golpazo que los dejó como pedaleando en el aire.</p>



<p>Martín dio batalla, pero esta guerra la perdió en muy poco tiempo. Antes de cumplirse un año de que haber recibido ese diagnóstico, Sofía quedó sola con sus sueños en el departamento que habían compartido.</p>



<p>“No podía creer lo que nos había pasado. Una vez, dos veces… mucha mala suerte. Durante la enfermedad de Martín me refugié mucho en su familia. Ellos sufrían a la par mía. Mi familia me entendía menos todo. Cuando murió, casi que querían que diera vuelta la página y que retomara mi vida, que conociera a alguien más. Tenían miedo de mi salud psíquica. Después de la muerte de mi novio no toleraban que yo siguiera yendo a comer con sus padres o para algún otro festejo. Me decían: ‘Ya tenés 29 años, no podés vivir como si fueras una viuda para siempre… No estabas casada, no tenés hijos… Retomá tu vida’. Pero yo no podía, necesitaba recordarlo y tenerlo conmigo de alguna manera. Por otro lado, sentía que no podía abandonar a sus padres solos en esta etapa de tanto dolor. ¿Cuánto tiempo duraría el duelo? No tenía la menor idea”.</p>



<p>No solo iba de visita, también se quedaba a dormir en la casa de los que iban a ser sus suegros…</p>



<p>El más contenedor de la familia, el más entretenido y disruptivo para recordar a Martín siempre había sido su hermano Juan Pablo. Entre Sofía y él se había generado un vínculo muy fuerte. Todos creían, incluidos ellos, que era amor fraternal.</p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" loading="lazy" width="637" height="450" src="https://elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/08/amor_2.jpg" alt="" class="wp-image-449426"/></figure>



<p>Sentimientos encontrados</p>



<p>Pero lo que empezaron a sentir de hermandad no tenía nada. La atracción física empezó a tensar sus charlas. Una noche, después de que toda la familia de Martín se fuera a dormir, se hizo patente. Solo fue un abrazo largo, pero sensual. A cualquier testigo podría haberle parecido un gesto de consuelo por los diez meses que habían transcurrido desde la muerte de Martín.</p>



<p>“Esa noche yo me di cuenta de que me recorría una electricidad similar a la que había sentido con Martín. Ellos no eran parecidos físicamente, pero me generaban sensaciones parecidas. Al principio, lo confundí con angustia, soledad, nostalgia. Creía que extrañaba tanto a Martín que lo personificaba en Juan Pablo. Pero pasaron las semanas y empecé a pensar que claramente era otra cosa. Juan Pablo era tres años menor que yo, pero era muy maduro. Yo ya casi pisaba los 30 y él tenía 26. Trabajaba y se había recibido de ingeniero industrial. Un día su mirada me dijo que le pasaba lo mismo que a mí. Pero no podíamos ponerle voz a eso que nos estaba pasando, parecía un sacrilegio”, relata hoy Sofía.</p>



<p>Por momentos, ella se odiaba por lo que sentía, lo vivía como una traición a su novio muerto. Pero el sentimiento y el deseo estaban igual ahí, presentes.</p>



<p>Fue Juan Pablo el que pasado el año de la muerte de Martín tomó las riendas y un día, después del almuerzo en la casa familiar, le dijo: “Tenemos que tomar un café solos y hablar de muchas cosas”.</p>



<p>Era menor, pero más audaz y jugado que ella. Ese mismo día salieron a un lugar sin testigos para conversar.</p>



<p>“Fuimos a un barcito-restaurante sobre el río, en Vicente López. Llegamos a las tres de la tarde y eran las 10 de la noche y seguíamos hablando. No nos guardamos nada. Él preguntaba, iba al hueso. Yo respondía aterrada con la hecatombe que podíamos desencadenar con lo que estábamos sintiendo. Resolvimos que no era un pecado estar enamorados. Que teníamos el derecho, que debíamos -incluso por la memoria de Martín- contarlo. Pero sabíamos que habría resistencia, desconfianza y quizá peleas. Nunca se nos ocurrió hacer terapia ni nada de eso. Teníamos claro que no era solo contención, o transferencia de sentimientos. Era mucho más. Simplemente, nos habíamos enamorado”.</p>



<p>Contar lo incontable</p>



<p>Juan Pablo prefiere no hablar en esta nota aunque sus nombres estén bien resguardados. Hubo tantas idas y vueltas y discusiones familiares que es difícil de rearmar este capítulo de la historia.</p>



<p>Sofía lo recuerda así:</p>



<p>“Quedamos en que cada uno lo iba a manejar por separado con su familia primero. Cada uno se iba a comer el garrón con la propia… y después veríamos. Arranqué yo. Se lo conté a mis padres que quedaron espantados y con mucho miedo a cómo iban a reaccionar los padres de Martín y Juan Pablo. Una semana después, Juan Pablo tomó coraje y él les habló. Fue un drama. Su padre no pudo articular palabra y se tragó la furia. Cecilia le dijo en la cara que era una falta de respeto a la familia y una traición a su hermano muerto. Fue durísimo. Parecía que habíamos cometido una herejía”.</p>



<p>Recordando con dolor esos momentos de angustia, sigue:</p>



<p>“Tanto fue el embrollo que Juan Pablo decidió irse de su casa y se instaló a vivir conmigo en el departamento en el que yo seguía viviendo desde la muerte de Martín. Ahí las dos familias estallaron y terminaron por juntarse a conversar. No sabemos qué pasó exactamente, pero creo que fue mi hermana menor Juana y las dos hermanas de Juan Pablo quienes volcaron la balanza del lado nuestro. Restaron dramatismo a la relación, hablaron del destino, del amor, que por ahí Martín aprobaba todo desde el cielo, que los caminos no son rectos, que no podían oponerse por no entender y perder la relación con sus hijos. Como todos son muy católicos, finalmente, cedieron a la idea de que Dios puede disponer de caminos poco ortodoxos… y, poco a poco amainó, la tormenta”.</p>



<p>Martina y Martín</p>



<p>Un año más tarde, Sofía y Juan Pablo tuvieron una hija y la llamaron Martina, en honor al hermano que ya no estaba. Tres años después, con ella cursando un segundo embarazo, se casaron por Iglesia. El sacerdote fue un primo de Sofía. En el altar, ante los presentes, entre quienes estaban todos los amigos de Martín, los novios hablaron.</p>



<p>“Juan Pablo agradeció, ante Dios, a Martín por haberme puesto en su camino. Yo lloré a mares y manché el vestido. Juan Pablo se rió del rimmel corrido y me abrazó fuera de protocolo. No sé qué pasó, pero en ese momento todos en la Iglesia se relajaron y empezaron a aplaudir. ¡Fue tan emocionante!”.</p>



<p>Siete meses después nació un varón y lo bautizaron… Martín.</p>



<p>Martín y Martina, los hijos de Sofía y Juan Pablo, están hoy en la primaria, y conocen perfectamente la historia de sus nombres parecidos en honor a aquel tío que fue novio de su madre.</p>



<p>Todos ya aceptaron que la felicidad tiene caminos no convencionales. Y que, después de tanto, que el amor hubiera quedado en la familia, constituye una alegría inmensa.</p>



<p>Mientras, Martín sonríe eternamente desde una foto, en la que tiene unos despreocupados 19 años, apoyada la repisa de la chimenea de la casa de sus padres. A su manera, si es que existe el más allá, debe ser un testigo privilegiado del amor profundo que con su partida anticipada propició.</p>



<p><em>Amores Reales es una serie de historias verdaderas, para Infobae</em></p>
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		<title>Se enamoró de una mujer increíble, pero dos años después su familia descubrió que ella no era quien decía ser</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 31 Jul 2022 22:51:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Últimas Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Amores reales]]></category>
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					<description><![CDATA[La madre y la hermana de Juan supieron que la novia de la que él estaba tan enamorado ocultaba un secreto. Juan M. se puso de novio por primera vez a los 27 años. Sumamente introvertido, Juan era de pocos amigos y había estudiado computación. Tenía un excelente trabajo, pero implicaba escasa sociabilización. Su madre...]]></description>
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<p><strong> La madre y la hermana de Juan supieron que la novia de la que él estaba tan enamorado ocultaba un secreto. </strong></p>



<p></p>



<p>Juan M. se puso de novio por primera vez a los 27 años. Sumamente introvertido, Juan era de pocos amigos y había estudiado computación. Tenía un excelente trabajo, pero implicaba escasa sociabilización. Su madre Virginia (estaba separada del padre de Juan con quien había tenido tres hijos) saltó de alegría cuando se enteró del romance. La verdad era que Juan, su hijo mayor, la tenía un poco inquieta con su vida aislada, de asceta.</p>



<p>“No lo decía, pero estaba preocupada por él. Como somos del interior, Juan se había ido a vivir solo a Buenos Aires varios años antes. Sentía que él estaba muy encerrado en su mundo de computadoras y que no tenía suficientes amigos en la ciudad. Cosas de madre que cuando las comentaba con sus hermanos me sacaban rajando. Así que cuando se puso de novio con Rosario, lo anunció en una comida familiar en una de sus tantas visitas a Córdoba, me puse muy contenta. Ya no estaba tan solo”, recuerda Virginia (contadora, 52 años).</p>



<p>Juan presentó a “Rochi” en Navidad. Viajó con ella a su pueblo y se quedaron quince días. La novia escultural y de alto perfil fue simpática, atenta y se sumó a las actividades familiares. Todos encantados.</p>



<p>¿Celos de hermana?</p>



<p>La primera que tuvo algún reparo con su cuñada porteña fue Belén, la hermana del medio.</p>



<p>Al principio, aplaudió la novedad, pero después de esos quince días iniciales emanaron las dudas. La veía demasiado artificial, muy preocupada por las apariencias, un poco falsa.</p>



<p>Belén se acopla a su madre y da también su testimonio para ayudar a relatar esta historia: “Pensé que quizá fuera que los del interior somos más tranquis que los que viven en las grandes ciudades, no sé. Pero a mí me hizo ruido lo gastadora que era. No era normal su forma de gastar. Me daba que ella hacía que Juan gastara lo que no tenía. Pero no sucedió de un día para otro, era ir sumando pequeños detalles. Se instaló con él en el depto que mi familia tiene en el barrio de Colegiales y donde él ya vivía. Primero, empezó con las reformas. Le hizo cambiar las tres ventanas del balcón para poner unas de PVC con doble vidrio. Le molestaba el ruido del tráfico. ¡Costaron miles de dólares! Después, lo convenció de remodelar la cocina para integrarla al living. Se asesoró con una amiga arquitecta, tiró una pared e hizo una barra de un material carísimo que no me acuerdo la marca. La verdad es que quedó muy lindo. Nosotros estábamos al tanto de todo porque Juan nos tenía que consultar si nos parecía bien. No se conformó con eso y, meses más tarde, arrancó con el toilette y el baño. Decía que eran un poco antiguos y que quedaría mejor una ducha a ras del piso con mampara y ¡sanitarios colgantes! Imparable. Mamá accedió. Los hizo a nuevo. No había terminado la obra que compró, en cuotas, una tele gigante, enorme, y la colgó en el living. A eso súmale nuevo celular, nueva heladera, cafetera de marca… Un delirio que mi hermano bancaba como podía. Mamá aflojó siempre, lo permitió, pero a mí me molestaba tanto gasto y ostentación. ¿Quién se creía que era? ¿Mi hermano podría bancar esos aires que tenía Rochi?</p>



<p>Ella, para mí, no producía nada, aunque la jugaba de influencer… ¿Cuánto dinero ganaría? Era un misterio. Juan ganaba muy bien porque es un as en lo que hace, pero no sé si le daba para tanta cosa junta. Reconozco que Rochi era lindísima, alta y tenía un figurón, pero no pegaba con la vida tranquila que había llevado mi hermano hasta ese momento. Cocinaba él, él lavaba los platos él, trabajaba de verdad él… ¡y solventaba los caprichos de ella! No podía decir nada porque mamá me retaba. Todos sospechaban que yo estaba celosa. Además, decían que de última había puesto en valor el departamento. Pero también estaban los fines de semana farragosos que ella le inventaba a Juan. Cada vez que venían a visitarnos parecía que llegaba una estrella. ¡Por favor! Yo estallaba en privado y Martín, mi hermano menor, un día me cortó en seco y me dijo que terminara con mi desconfianza. Así que opté por callarme y me guardé mis comentarios. Tenía cero onda con ella y no me preocupé por disimularlo. Ce-ro”.</p>



<p>Espionaje on line</p>



<p>El primer año la relación anduvo bastante bien en apariencia. Rochi arremetía con los cambios y se mostraba sumamente enamorada. Gordo de aquí, amorcito de allá. Piquitos en público y se tiraban enroscados en el sillón del living a la vista de todos. Rochi pasó a ser parte de la postal familiar, con defensores y detractores, como suele suceder en todo clan. Vivía contando que había hecho una campaña para una marca de cosméticos y otra para unos jeans, que la habían llamado para un evento, que tal o cual famoso le hablaba por WhatsApp. Juan no decía nada, pero andaba apretado con los gastos.</p>



<p>Belén la tenía entre ojos. No le cerraba la cuñada. ¿Por qué Rochi estaba con alguien como Juan? Eran agua y aceite. No encontraba respuestas. Además, percibía superficiales los signos de amor de Rochi hacia su hermano: “Lo trataba de una manera ficticia. No sé, era como que actuaba”.</p>



<p>Como Belén la seguía en las redes, sin quererlo, empezó a detectar algunas inconsistencias. No le cuadraba la cantidad de seguidores que parecía tener con la cantidad de likes que tenía. Sentía que exageraba con su rol de influencer y no veía grandes campañas, solo algún producto que promocionaba. No entendía cómo podía sostener ese nivel de vida con ropa de marca y ¡tratamientos de belleza de todo tipo! Rochi decía que se los hacían gratis, por canje. A los 26 años Rochi tenía toxina botulínica en la frente para las arruguitas, tenía extensiones, se había hecho tratamientos para celulitis y estrías, depilación definitiva, microblading en las cejas, micropigmentación en los labios… ¿Qué le quedaba para los cuarenta?, pensaba Belén mientras miraba, uno por uno, los comentarios que le hacían. Llegó a preguntarse si lo que sentía no sería envidia, pero en el fondo sabía que no se equivocaba, algo no estaba bien.</p>



<p>“Un día pesqué en Instagram un comentario que me llamó la atención. Algo así como diosa o bomba le había puesto un tipo X, bastante más grande. Lo busqué y como tenía la cuenta abierta lo espié. Empecé a mirar los demás posteos de ella y en casi todos aparecía él. Comentaba con bastante frecuencia, no parecía algo casual. Se me encendió una alarma. No pude con mi genio y se lo comenté a mamá”.</p>



<p>Virginia primero se enojó con su hija. Le dijo que estaba mal lo que hacía. Pero le quedó una rara sensación porque ella también sentía que en esa pareja algo no funcionaba: “Siempre tuve la convicción de que los padres no debemos meternos en la vida de nuestros hijos, así que me llamé al silencio. Nada más feo que interferir con la vida privada de ellos”, reconoce.</p>



<p>Pasaron unos meses más y un día la detective Belén cayó a ver a su madre con una noticia: había descubierto un comentario del mismo tipo, pero esta vez subido de tono y encima… ¡Rochi le había contestado!</p>



<p>No se había animado a hacer una captura de pantalla y cuando quiso mostrárselos a su madre ya no estaban. Si bien no recuerda hoy exactamente qué decían esas frases del mundo virtual, en el momento no le dejaron dudas de que ahí se estaba cocinando algo.</p>



<p>Una vida de ficción</p>



<p>Por otro lado, Pepe, un amigo de toda la vida de Juan que también residía en Buenos Aires, le había deslizado a Belén, en un cumpleaños, que Rochi le hacía ruido. ¿El motivo? Confesó que un día le pareció que ella le había tirado onda y él se había quedado como petrificado. Ese amigo tenía, además, un jefe en la empresa que conocía a Rochi… y cuando él le comentó que era la novia de su amigo de la infancia, su jefe le puso una cara rara. El mundo puede ser muy pequeño.</p>



<p>La sospecha de Pepe era brutal: que Rochi tenía sexo con tipos por plata. Así de simple.</p>



<p>“Me dio a entender que era algo así como una prostituta de nivel”, recuerda Belén que se quedó estupefacta, “¡Mi hermano vivía en un tupper! ¿Cómo podíamos decirle algo?”.</p>



<p>A estas alturas Virginia y Belén eran las únicas, con el amigo de Juan, que manejaban información sobre Rochi, pero no sabían qué hacer con ella.</p>



<p>“Cómo le decía a mi hijo que su novia con la que vivía desde hacía dos años era una trucha. Que seguro que se acostaba con otros y que lo de ser influencer era un cuento chino; que lo usaba para gastarle la guita. Él, que más bueno no puede ser, le bancaba todo. Incluso ella se inventaba viajes como influencer y se iba, cada tanto, 2 o 3 días. Seguramente se iba con pibes… ¡La pareja con Juan era una fachada cómoda que sostenía la economía diaria y sus caprichos!”, explica con angustia Virginia.</p>



<p>Una opción, pensaban, era encararla directamente para que confesara. “Lo evaluamos, pero eso era pasarle por encima y dejarlo como un boludo a mi hijo, así que lo descartamos. La otra, era que su amigo le contara. Pero no se animaba. Después de todo… ¿Qué pruebas teníamos? ¿Si ella decía que todo era una mentira nuestra? No quería hacerle mal a Juan, pero tampoco me parecía bien quedarnos de brazos cruzados y dejarlo viviendo una fantasía. Hasta pensaba que en algún momento ella iba a buscar quedar embarazada -pero de cualquiera- y él iba a creer que era su hijo… No podía dormir. Tampoco me animé a comentárselo al padre de Juan porque temí un escándalo. Estábamos en un callejón sin salida”, comenta Virginia.</p>



<p>Necesitaban pruebas, indicios ciertos de que no estaban equivocadas. Como en las películas.</p>



<p>Mentiras de todos los colores</p>



<p>Rochi había dicho que había ido a un conocido colegio bilingüe de Belgrano. Belén buscó entre las hermanas de sus amigas contactos de esa misma edad. Habló con dos o tres y, qué curioso, nadie de su camada la conocía. Ayyy, le dolió el alma por su hermano.</p>



<p>Rochi también había mencionado que había estudiado publicidad en una universidad privada. Belén se las ingenió para conseguir más información. Después de un tiempo obtuvo una respuesta: ese nombre y apellido no figuraban en ningún registro. Ayyy, le dolió el cuore.</p>



<p>Cada paso que daba encontraba más mentiras.</p>



<p>Rochi había contado que sus padres, a quienes nadie conocía y solo Juan había visto alguna vez, eran odontólogos y atendían en una famosa prepaga. Llamó y preguntó, pero no había profesionales con ese apellido en ninguno de los planes de la cartilla. Ayyy, ya sentía náuseas de los nervios.</p>



<p>¿Quién era realmente la sexy y misteriosa Rochi?</p>



<p>¿Habría vivido en Villa Devoto como decía? Decía ser hija única… pero ¿tendría hermanos? Belén y su madre, con estos descubrimientos, ya se planteaban que absolutamente todo podía ser falso. Era un perfil fantasma en las redes y en la vida. Estaban convencidas de que Rochi se había inventado el personaje que deseaba ser y casi lo había logrado. Por lo menos hasta ahora.</p>



<p>Además, Belén siguió viendo los posteos y a ese tipo que siempre comentaba. Algo pasaba. ¿Cómo iban a decirle a Juan todo esto? ¿Les creería? ¿Las acusaría de metidas y no las querría ver más? ¿Podían estar tan equivocadas? Para Belén, Rochi era una mentirosa patológica que no había estudiado, no tenía la familia que decía tener y no trabajaba de nada. Ayyy, la fachada estaba armada y ellas debían agarrar pico y pala para derribarla. ¿Debían?</p>



<p>El momento de la verdad</p>



<p>Belén sacó turno con su antigua psicóloga. Era la más indicada para ayudarla a desentrañar si ellas tenían el derecho o no de revelar lo que ocurría con Juan y su pareja. Pasaron dos meses hasta que Belén estuvo preparada y convencida de que algo debían decirle. Darle un hilo del que él podría tirar.</p>



<p>Aprovecharon un viaje veloz que Juan hizo a Córdoba y una noche, estando los tres solos, sacaron el tema de las parejas, el amor y… llegaron a Rochi.&nbsp;<strong>De la conversación surgió que él estaba un poco angustiado, tapado por deudas y que Rochi no le resultaba tan compañera como todos creían.</strong>&nbsp;La amaba, les dijo, pero estaba un poco desilusionado porque no la veía empática con su vida laboral ni lo ayudaba con nada de la casa. Ella corría con sus campañas y no le pagaban demasiado bien. Además, había hecho una publicidad para una marca de ropa interior donde le habían sacado unas fotos medio desnuda. Eso lo había mortificado un poco porque le parecía demasiada exposición y no le pagaban más que con un par de corpiños. Pero bueno, era su carrera y él no quería ser machista ni censurarla, admitió muy compungido. Esto les dio el pie para hacer un primer comentario…&nbsp;<strong>Virginia le contó que habían querido pedir turno con los padres de Rochi para un tratamiento dental de Belén, pero no habían podido dar con ellos.</strong>&nbsp;Juan les dijo que le iba a pedir a Rochi el teléfono del consultorio para allanar el camino. Y, agregó, que seguro le iban a hacer precio. El tema quedó ahí.</p>



<p><strong>Fue en otro viaje de Virginia a Buenos Aires que se dio otra charla más áspera.</strong>&nbsp;Virginia solía ir tres o cuatro veces al año a la ciudad para chequeos médicos y distintos trámites. Siempre, por supuesto, se quedaba en el departamento donde vivía Juan con Rochi. Virginia se lo prestaba a cambio de que pagaran los gastos, pero como tenía tres dormitorios le parecía que lo más lógico era quedarse ahí.</p>



<p><strong>Pero esta vez Juan, incómodo, le preguntó si podía ir a un hotel. Eran solo tres noches. Virginia montó en cólera. ¿Cómo podía ser que no pudiera quedarse en su propia casa? ¿Qué pasaba?&nbsp;</strong>La excusa que esgrimió Juan fue que Rochi estaba haciendo vivos de Instagram, varios por día, y que no podía estar circulando por el departamento ni haciendo ruido. Juan le ofreció pagarle el hotel. Un divague, pensó Virginia que eligió guardarse la rabia. Tenía que ser inteligente. Se instaló en un hotelito boutique cerca y lo pagó ella, pero&nbsp;<strong>le dijo a Juan que quería hablar con él.&nbsp;</strong>Lo invitó a comer afuera, solo. Expresamente le pidió que fuera sin su novia.</p>



<p>Juan accedió. Virginia tenía el estómago apretado. Veía a su hijo como derrotado, apagado. Ante la primera pregunta cariñosa, Juan empezó a vomitar cosas que le pasaban. Rochi se ausentaba con frecuencia con viajes. En la casa se la pasaba horas y horas en las redes. Alguna vez había vuelto de madrugada diciendo que venía de los festejos de alguna empresa o marca que la había contratado. Virginia escuchó muy atenta las quejas de Juan y, cuando le pareció que había terminado, habló ella.&nbsp;<strong>Con cuidado de no herirlo le dijo algunas de las cosas que habían averiguado. A Juan se le llenaron los ojos de lágrimas.</strong></p>



<p>“Grandote, pintón, al borde de los 30… ese era mi hijo adorado. Estuve al borde de ponerme a llorar con él -dice Virginia-, pero me contuve. Tenía que ser su sostén para que pudiera dejarla”.</p>



<p>Esa noche se labró el acta final de la pareja de ficción de Juan y Rochi.</p>



<p><strong>Ataques de furia</strong></p>



<p>No fue nada fácil. Juan, después de aquella comida, siguió confesando penurias a su madre: <strong>tenía peleas muy fuertes con su pareja.</strong> Rochi, ante cada pregunta o cuestionamiento, se ponía furiosa y le gritaba que él no tenía derecho a preguntarle nada. Revoleaba vasos o lo que encontraba.</p>



<p>Un día había roto la pantalla del televisor gigante con una base de maquillaje de vidrio. Juan se asustó. Eso era algo que nunca había visto en su casa, a pesar de que sus padres se habían separado. La violencia de ella lo tenía angustiado. El paso siguiente era animarse a enfrentarla con las mentiras que habían descubierto.</p>



<p>Virginia sentía que la situación la excedía. Le aconsejó a su hijo que recurriera a un terapeuta, a alguien que pudiera contenerlo y guiarlo. La terapia fue fundamental. Juan empezó a ver la realidad enseguida. Fueron tres meses de infierno, porque Rochi escalaba en su furia. Un día, durante un colapso nervioso, rompió el secador de pelo contra el piso del balcón. Otro, le gritó cosas irreproducibles que preocuparon a los vecinos. Lo humilló. Sus adjetivos descalificadores zumbaban en la cabeza de Juan de manera persistente.</p>



<p>Fue el final. Juan ya no quiso saber más qué era cierto de todo lo que le había contado y qué no lo era. Y un día de octubre le pidió que se fuera de su casa. Ella se negó. Se retorció en sus manipulaciones e intentó reconquistarlo. Pero Juan ya se había convertido en un muro infranqueable. Juan solo quería borrarla de su vida. Ella ya no tenía colonizado su afecto ni podía despertarle pasión alguna. Dormía en el cuarto que usaba de oficina y había tomado coraje para cancelar las dos extensiones de sus tarjetas de crédito que tenía Rochi. La dejó sin víveres. Ella estaba acorralada. No le quedó más remedio que agarrar sus cosas y partir.</p>



<p>No hubo despedidas, ni frases. Se fue una tarde mientras él estaba de espaldas en su computadora. Ella fue empujando las valijas hasta el ascensor y dio un portazo. Abajo la esperaba un taxi que la llevaría quién sabe a dónde. Juan no preguntó. Acto seguido borró su contacto y todo lo que tenía de ella en su computadora y celular. Le dijo a su madre que fue una sensación liberadora. Pero Juan continuó con terapia para reparar su devaluada autoestima. Hoy está nuevamente en pareja con una chica de su provincia y es totalmente feliz.</p>



<p>Autorizó a Virginia y a Belén a contar su historia sin dar ningún dato que permita identificarlo. Lo hace porque dice que puede ser un alerta tanto para hombres como para mujeres que se sientan atrapados en una mentira como la que le tocó vivir. Solo envió la siguiente frase para esta nota: “Uno sabe que hay algo mal, pero estás enceguecido, enamorado de alguien que no existe. Yo notaba que nada estaba bien, pero la gente que me quiere me tuvo que abrir los ojos. Sin mi familia no hubiera podido salir de esa relación tóxica y de esa desvalorización de mí mismo en la que había caído. Y sin mi psicólogo, quien fue clave en todo esto, tampoco”.</p>



<p><em>Amores Reales para Infobae</em></p>
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