Cuando salía de un edificio situado en el centro de Comodoro, a Maira le llamó la atención la presencia de una mujer que se hallaba revolviendo la basura.
Por curiosidad y con ganas de ayudar en caso de ser necesario, se acercó a ella e intentó hablarle, aunque sus primeros dos llamados no fueron respondidos. “Señora”, insistió por tercera vez Maira. La mujer, tan sorprendida como desorientada por la situación, preguntó: “¿Me habla a mí?”. “Si”, respondió Maira, que más adelante pudo saber el nombre de la anciana: Clarisa.
La joven se presentó con una sonrisa en su rostro y le preguntó qué era lo que estaba buscando. Con una vergüenza que evidenciaba su mirada, Clarisa guardó silencio, pero Maira ya la había visto días atrás revolviendo la basura aunque en esa oportunidad no pudo parar a hablar con ella.
Aprovechando el diálogo, le preguntó si lo que buscaba era comida. “Si, lo que sea”, dijo Clarisa.
Maira no dudó. Impulsada por un espíritu solidario que todos los comodorenses llevan en su interior, alimentado cotidianamente con el conocimiento de un contexto poco feliz para muchos en Argentina, subió a su departamento y preparó una bolsa con toda la comida que podía darle en ese momento, y un ‘sanguchito’ para que Clarisa coma en el camino.
En el lapso en que Maira preparaba la bolsa con comida, se presentó también otro vecino que no se hizo ajeno a la realidad de Clarisa. “Ulises, un buen tipo”, describe Maira.
Ulises pudo anotar la descripción que Clarisa dio sobre el lugar donde reside, aunque no fue un domicilio exacto porque la mujer no lo sabía exactamente.
Cerca del pasaje Misiones en el barrio San Martín, rodeada de álamos y cerca de un almacén vive Clarisa. Hasta allí prometió ir Ulises, que si no la encontraba a la primera, preguntaría por ella en el barrio.
Maira se quedó charlando con Clarisa, que le contó que merodea el centro a partir de las 18h siempre en búsqueda de comida. La joven le pidió que recordara su número de piso y departamento para que, cuando pasara por allí, le tocara timbre porque siempre iba a tener algo para darle.
Antes de irse, le hizo repetir su piso y departamento con las ganas de que algún día sonara su timbre y fuera Clarisa. No solo con la intención de volver a ayudarla, sino también de saber que está bien. “Espero no se olvide que cuenta conmigo”, escribió sobre el encuentro.
Más tarde compartió su encuentro con Clarisa con una reflexión y pedido especial para quien lo lea. “Si ves una Clarisa, te pido que frenes un minuto y le preguntes cómo está, y te ofrezcas a ayudarle con lo que necesite”, rogó.
También pidió conciencia a la hora de descartar desechos peligrosos en la basura, para proteger la integridad tanto de los trabajadores recolectores como de la gente que por necesidad revisa los residuos domiciliarios.
Maira vio en Clarisa gestos que le recordaron a su abuela materna. La mirada y actitudes de la anciana hicieron que desborde de empatía e intentara ayudarla con lo que tenía al alcance.

El posteo de Maira surgió efecto y en pocas horas varios de sus contactos averiguaban cómo poder seguir ayudando a Clarisa desde su lugar, ya que recorre varios kilómetros al día buscando comida para sus mascotas, a las que ama como a sus hijos de sangre.
Porque la empatía termina tapando toda ausencia de gestión, de cobertura y llegada de quienes tienen la responsabilidad de hacerlo y no lo hacen o fallan en el intento. Porque cuando se pone en práctica la empatía se regala tiempo y calidad de vida a quienes no tuvieron la oportunidad de forjarla por su cuenta, por uno u otro motivo. Porque cuando un comodorense necesita a otro comodorense, aparece más de uno en su ayuda.
