Detrás de la emergencia geológica que golpeó a Comodoro Rivadavia, hay historias de esfuerzos sobrehumanos que permanecen invisibles. Una vecina del barrio Sismográfica rompió el silencio para narrar la extenuante rutina que deben enfrentar las familias damnificadas para salvar lo poco que les queda. «Todos los días voy a las 6:30 de la mañana a hacer fila para poder subir a casa, y trabajar en esa hasta las 7 de la tarde», detalló sobre las jornadas interminables en la zona de riesgo.
El testimonio revela no solo el cansancio físico, sino también el impacto psicológico de ver la destrucción de cerca. La joven confesó que, durante los primeros días, su mente bloqueó la realidad del daño estructural de su vivienda. «Esquivé tres días subir al segundo piso de mi casa (…) no me di cuenta hasta que me dijeron: ‘¿Estás esquivando ver el segundo piso por tu techo?’. Y sin darme cuenta, sí, era eso».
A pesar de haber dormido en «autos, quinchos, pisos y casas prestadas» durante 24 días, la vecina destacó la fortaleza colectiva de su núcleo familiar. «Toca seguir por mamá, esa es la ley junto a mis hermanos», afirmó, dejando en claro que rendirse no es una opción, aunque el dolor sea inmenso.
Hoy, ya instalada en un alquiler, el duelo por lo perdido aparece en los momentos de soledad. A las 2 de la madrugada, en una casa ajena, la realidad golpea con fuerza: «Duele no tener una pieza para mí, mi privacidad, mi barrio, la vereda, los amigos de siempre».
El relato concluye con un pedido de resistencia para seguir luchando por un techo digno, comida y agua, tras sentir que la catástrofe les «arrebató todo».
