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	<title>amor &#8211; El Comodorense</title>
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	<description>Noticias de comodoro rivadavia y la región</description>
	<lastBuildDate>Thu, 13 Feb 2025 18:54:07 +0000</lastBuildDate>
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	<title>amor &#8211; El Comodorense</title>
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		<title>Se conocieron en un hogar para adultos, a los 70 años se casaron por primera vez y revolucionaron un pueblo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 Feb 2025 18:54:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Últimas Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Historias]]></category>
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					<description><![CDATA[Enrique y Eva apostaron a su relación y los vecinos de general La Madrid unieron con un solo objetivo: celebrar el amor.
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<p>A las 7&nbsp;<strong>Enrique&nbsp;</strong>ya tenía la corbata lista. Se la probó una última vez y salió a desayunar, un poco nervioso. Eva dejó todo preparado anoche. Los dos vestuarios en sus perchas quedaron colgados a la espera de brillar en el gran día.</p>



<p>Ambos superan los 70 años y decidieron&nbsp;<strong>dar el sí por primera vez en sus vidas</strong>, justo en la previa del&nbsp;Día de los Enamorados. Es por eso que nada podía salir mal.</p>



<p>Desde hace algunos meses, la feliz pareja convive en una residencia para adultos mayores, pero el flechazo se dio en una plaza. Allí charlaron, se conocieron y comenzaron a escribir esta historia de amor que recién empieza.&nbsp;<strong>“Fue la primera mujer que se ganó mi corazón”</strong>, dijo Enrique en diálogo con&nbsp;<strong>TN</strong>.</p>



<p>Él trabajó toda su vida en el campo y ella cuidaba adultos mayores. Cuando el tiempo comenzó a correr, la mujer, que hoy tiene 75 años, se mudó a la residencia donde vive desde hace siete. Él llegó apenas hace cinco meses, con 79 años.</p>



<h2>El comienzo de la historia de amor</h2>



<p>Ese día soleado había un evento en la plaza San Martín de<strong>&nbsp;General La Madrid</strong>. Enrique iba caminando cuando a lo lejos vio a Eva. Fue entonces cuando decidió acercarse. “Nos pusimos a conversar, nos hicimos amigos y ella me preguntó si estaba solo. Le dije que si y me respondió ‘yo también estoy sola’”.</p>



<p>Así continuó la charla y la propuesta no tardó en llegar. Al poco tiempo él fue más allá. “<strong>Le dije ‘podemos ser buenos amigos, buenos compañeros’</strong>”, detalló él.</p>



<p>Ese simple gesto fue en puntapié del festejo que este jueves convocó a todo el pueblo a celebrar el amor. “Cuando me propuso casamiento lo pensé mucho, pero hoy estoy contenta porque él dijo que se quería casar conmigo”, expresó Eva.</p>



<p>Mientras ella hablaba y contaba los últimos detalles del preparativo, a él se le llenaban los ojos de lágrimas. “Me emociono enseguida.&nbsp;<strong>Pensaba que iba a seguir toda la vida solo y veo que no así</strong>”, expresó mientras se secaba las mejillas.&nbsp;<strong>“Pensaba que a la edad que tenía ya no se iba a dar, pero Dios me ayudó”</strong>, destacó.</p>



<p>“Me encontraba solo, no tenía quien me hiciera compañía, y encontré en ella muchas cosas: cariño, respeto, emoción.&nbsp;<strong>Fue la primera mujer que se ganó mi corazón</strong>”, dijo ganándose el aplauso de sus compañeros de hogar, a quienes también se les escaparon algunas lagrimitas.</p>
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		<title>Fue a comprar remedios y se llevó el corazón del farmacéutico</title>
		<link>https://www.elcomodorense.net/fue-a-comprar-remedios-y-se-llevo-el-corazon-del-farmaceutico/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 11 Dec 2022 11:51:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Últimas Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Historias reales]]></category>
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					<description><![CDATA[Sami y Nacho se conocieron cuando ella entró a su local para curar una simple bronquitis. Él la atendió y vaticinó, “vas a volver”. El acercamiento “al límite” de él. La primera salida. Y la decisión que ambos tomaron y cambió sus vidas Samanta Torres&#160;nació el 2 de abril de 1980 en Quilmes, donde vivió...]]></description>
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<p> <strong>Sami y Nacho se conocieron cuando ella entró a su local para curar una simple bronquitis. Él la atendió y vaticinó, “vas a volver”. El acercamiento “al límite” de él. La primera salida.  Y la decisión que ambos tomaron y cambió sus vidas </strong></p>



<p></p>



<p><strong>Samanta Torres&nbsp;</strong>nació el 2 de abril de 1980 en Quilmes, donde vivió con sus padres y sus tres hermanos. Allí fue al Ausonia, un colegio italiano de la zona, y terminó la secundaria en una escuela del Estado. Una vez que se recibió de&nbsp;<strong>Licenciada en Administración de empresas</strong>&nbsp;viajaba todos los días desde Quilmes a Capital por su trabajo, hasta que a sus 32 años decidió mudarse sola a Palermo. Se estuvo por casar con su primer novio “con alianza de oro y todo incluido, y lo dejé”, y luego varios noviazgos largos. “Siempre fui muy Susanita -dice- pero entre bache y bache tenía una vida divertida”.</p>



<p><strong>Ignacio Lapeña</strong>&nbsp;nació el 5 de marzo de 1983 en Lanús, y vivió prácticamente toda su vida en Quilmes. Completó su educación en el Quilmes High School, una institución donde asisten las familias más acomodadas de la ciudad sureña. “Yo todo lo contrario que ella; parejas estables casi no tuve, nada serio. Me gustaba salir muuucho”, dice con su sonrisa pícara, quien&nbsp;<strong>vivió hasta los 36 años con su mamá,</strong>&nbsp;y agrega como justificándose, “fui un bebé muy buscado, mi mamá estuvo cinco años buscándome, así que hasta que viví con ella le apagaba la luz y le sacaba la almohada”. Aunque también puede que haya asumido este rol de padre protector en el hogar, luego de que a sus 17 años su padre muriera, producto de una enfermedad y en cuestión de tres meses.</p>



<p><strong>La historia de amor</strong></p>



<p>Era mayo de 2018 y Samanta estaba en el comienzo de uno de sus “baches”. Pero ese miércoles que trabajaba para una multinacional desde su casa, en Palermo, se sentía mal. “Tenía tos, me dolía el cuerpo, entonces me fui a hacer home office a lo de mi mamá en Quilmes para tomar un poco de aire”. A los 38 años, volver al hogar familiar todavía era lo más parecido a tomar una batería de antigripales cuando se sentía decaída. Una vez allí, <strong>Adriana -su mamá- le insistió que vaya a la guardia a hacerse ver.</strong> Bastaron tres insistencias para que Samanta acceda: se sentía realmente mal.</p>



<p> Manejó hasta Carlos Pellegrini y Bernardo Irigoyen, estacionó y entró a la guardia del Sanatorio de la Trinidad de Quilmes. Cuando la atendieron, <strong>el médico de guardia le diagnosticó “bronquitis”</strong>, y enseguida le recomendó: “No te vayas a la Maga -la farmacia más conocida de la zona- que seguro está llena. Andate acá enfrente que va a haber menos gente y te van a atender más rápido, así ya te podés ir a descansar a tu casa. Pero volvé el sábado así veo cómo seguís”. </p>



<p>Ese miércoles&nbsp;<strong>Nacho volvía a su trabajo en la farmacia</strong>&nbsp;después de un mes de vacaciones con amigos en Europa. Sami cruzó y fue directo a Gregori, la botica menos concurrida según lo indicado por el médico. Apenas entró quedó impactada por un morocho bronceado detrás del mostrador. “Lo vi, todo facherito con camisa medio abierta, súper quemado en pleno otoño y yo hecha pelota. -”Para mí no”, se apura Nacho- Ahí, una empleada me dio lo recetado, y el morocho de la caja me cobró”.</p>



<p>-¿Qué tenés? -quiso saber él. -Bronquitis. -No te medicaron bien, vas a ver que vas a volver porque no te vas a curar.<strong>&nbsp;En tres días volvés</strong>&nbsp;-diagnosticó Nacho.</p>



<p>Muda, Samanta le alcanzó la tarjeta de crédito, le devolvió una sonrisa y se marchó. Cuando volvió a la casa de su mamá no pudo dejar de comentarles a Wanda y Carolina, sus hermanas, <strong>“no saben el caño que me atendió en la farmacia”</strong>, aunque enseguida admite que hasta el momento tenía preferencia absoluta por los rubios, “pero lo vi a él y me encantó”.</p>



<p>Luego de tres días, Samanta volvió a ver al médico de la Trinidad de Quilmes que, como había vaticinado el morocho de la farmacia, le indicó otro tratamiento. También regresó a Gregori, la farmacia de enfrente, y consecuentemente al morocho. “No me acordaba de él cuando volví a la farmacia pero&nbsp;<strong>en cuanto lo vi me sonreí por dentro”.</strong></p>



<p>“¡Volviste!”, sonrió él entre la alegría de volver a ver a esa chica especial y el orgullo de haber acertado con su pronóstico. Desde que nació, Nacho trabaja en la farmacia que su familia adquirió cuando él tenía sólo un año. Intercambiaron receta por medicamentos y esta vez, a la hora de pagar, el morocho se lanzó:&nbsp;<strong>“¿Querés que me ponga el ambo y te vaya a cuidar a tu casa?”</strong>, dijo por lo bajo. Sami respondió a la oferta con un “me podés cobrar”, pero como a veces los gestos dicen más que las palabras, Nacho asumió que el brillo de sus ojos castaños junto a su franca sonrisa eran un claro “Sí”.</p>



<p>Al día siguiente, domingo 13 de mayo de 2018, cuando Samanta chequeó su celular, le llamó la atención una notificación del messenger de Facebook, chat que no solía utilizar. Abrió el globito y comenzó la fiesta sorpresa: <strong>“Hola Samanta, ¿estamos mejor de salud?”</strong>. Y lo que siguió fue una charla personalizada sobre remedios y consejos médicos entre farmacéutico y clienta -la cual si fuera in situ sería habitual en el contexto de la farmacia- y<strong> el chat fluyó sin que ninguno lo tomara como un hecho extraño o fuera de lugar.</strong></p>



<p>“Viste, no me dejaste cuidarte”, se acercó Nacho al objetivo, en su versión más moderada. “En mi vida anterior ya había hecho cualquiera, y como de todo se aprende dije ‘nunca más’”, le parecía que a sus 35 años era hora de encaminarse. “Tenía el número de teléfono también porque antes se dejaba en el papelito de la tarjeta de crédito, pero&nbsp;<strong>le hablé por messenger porque era muy fuerte mandarle un Whatsapp”.</strong></p>



<p>Después de<strong>&nbsp;tres horas de chat&nbsp;</strong>y ante una conversación que se extendía, el instinto de Nacho vio luz verde y preguntó:</p>



<p>-Ah, perdón por mi atrevimiento, ¿estás casada, en pareja o algo de algo? -Jaja, no. Nada.</p>



<p>Ahora sí. La charla tomó otro color y los mensajes fueron y vinieron como flashes. El fin de semana pasó y durante un mes -con mudanza al Messenger de por medio Whatsapp- sus corazones fueron acercándose a través de las pantallas de los celulares que no cesaban hasta altas horas de la madrugada. También, a la vieja usanza, <strong>se llamaban por teléfono.</strong> La cita se hizo esperar por viajes y compromisos de ambos hasta que un día coincidieron y la reunión estaba marcada.</p>



<p> Un mes más tarde, Nacho la pasó a buscar por el departamento de Medrano y Soler, y salieron de gira por los bares de Palermo. Todo se daba tan a la perfección que lugar a donde iban encontraban para estacionar en la puerta. Sami se pidió su trago preferido con whisky y, lo mismo Nacho en cada uno de los tres speakeasy que visitaron, “¿Viste cuando nadie come?”, resume él. El clima se ponía cada vez más alegre y desinhibido, ella bastante “juguetona”, hasta que<strong> el farmacéutico le aclaró, “Mirá que yo no beso en la primera salida”.</strong></p>



<p>Hecha la advertencia, salieron del último destino coctelero y el caballero llevó a la dama a su domicilio. “Cuando llegamos a mi casa, me estoy por bajar del auto y le tiro la boca, y él me dice, ‘No, te dije que yo no beso en la primera noche’. Me cortó menos diez”, se ríe con el recuerdo. “Soy un tipo con palabra”, se defiende Nacho. “No sentí que me golpeó el rebote porque yo estaba medio borracha”, tanto era el mareo de ella que&nbsp;<strong>al bajar ni cuenta se dio que se le cayó el teléfono a la vereda.&nbsp;</strong>“Che, se te cayó el celular”, dijo él y ella desapareció de la escena disimulando haberlo notado.</p>



<p>Pasada la resaca, Samanta recordó el episodio del no-beso y dijo “a este pibe no le doy más bola, me cortó la cara ya está”. En la semana hubo un par de intentos de volver a concretar una salida de parte de Nacho, y ella -siempre recordando el rechazo- se hizo la interesante. “Pero qué onda”, quiso saber el morocho, “si querés no te escribo más”. El “apriete” hizo efecto; ella había perdido un poco el interés hasta que esa frase la volvió en eje. Así,&nbsp;<strong>una semana más tarde se concretó la segunda cita.&nbsp;</strong>Cenaron en Babel, un restó cerca de River, llovía y&nbsp;<strong>cuando subieron al auto se besaron.</strong>&nbsp;“El beso no fue wow, más bien tranqui, no me flasheó. La tercera salida fue la mejor”, cuenta Sami, “esa fue mundial”.</p>



<p>“Tengo una sorpresa”, llamó Nacho al otro día a su chica, “tengo un lugar para llevarte pero te tenés que armar un bolsito para pasar el día; yo voy a llevar un par de cositas y nos vamos a ir de picnic”. A Sami, que nació para la aventura, <strong>le divirtió la idea de irse de campamento</strong> con este casi desconocido. Si bien es verdad que hacía un mes y medio venían hablando por teléfono, lo cierto es que se habían visto cuatro veces de las cuales la mitad habían sido como clienta y farmacéutico. “Dije re, yo estaba re copada, no tenía idea de lo que iba a pasar”. Su intuición le decía que la propuesta iba más por el lado de las plumas que el césped, así que se calzó un body escotado con unas botas bucaneras, se tiró purpurina, y se entregó al show. <strong>“Yo estaba re empilchada; ¡fui directo a la guerra!”</strong></p>



<p>Nacho lo tenía todo pensado y armado. La pasó a buscar por tercera vez y la llevó a su “camping de lujo”, el cual había dejado cada detalle planificado desde esa misma tarde: “¡De repente, llegamos al Howard Johnson de Av. 9 de julio! Él ya había estado arreglando todo porque me llamó la atención que ni pasamos por la recepción, subimos directo a la habitación.&nbsp;<strong>El tipo desplegó un bolso y empezó a sacar: sushi, vino, destapador, copas, dulce, tragos, parlantito, ¡de todo!&nbsp;</strong>Y me dice, ‘y para después’ mostrándome una botellita de aceite para masajes”, risas, “y ahí arrancó todo”. Comieron, escucharon música, la pasaron bárbaro hasta el otro día que la llevó nuevamente a su casa de Palermo.</p>



<p>“Nunca hablamos de noviazgo, se fue dando solo todo re lindo”, dice Nacho. Y a los dos meses cuando empezaron a hablar de algo más serio, el pasado revoltoso de él hizo de las suyas: día de semana, 3 de la madrugada, lo llama una chica al celular. Lo que provocó una pelea en la pareja de esas que angustian pero también sirven para medir en dónde está y para dónde va la relación; <strong>separar o unir definitivamente.</strong> Y lo último fue lo que pasó.</p>



<p> Nacho que era un soltero sin apuro, “un tiroteador empedernido”, se dio cuenta que lo que sentía por la chica que lo había flechado en la farmacia era diferente. “Ahí quise terminar con todo y empezar con ella. <strong>Apenas la conocí a mí me encantó y dije quiero seguir acá”</strong>. </p>



<p>No en vano sintió algo especial desde el primer instante que la vio. Al poco tiempo de salir los sorprendió un gran hallazgo. “Un día hablando de nuestra infancia, Sami me cuenta que frecuentaba cierta calle de Quilmes en la cual vivía su abuela. Yo andaba por ese barrio de chiquito y enseguida que me contó eso la recordé: un día con un amigo la vimos salir de esa casa con su hermana, y la miré, me acuerdo, me quedó. Ella es igual que de chiquita. Cuando me dijo que ahí vivía su abuela le dije,&nbsp;<strong>‘¿Posta, eras vos? Me gustabas desde chiquita’”</strong>, rememora Nacho.</p>



<p>En plena pandemia y a los dos años de conocerse&nbsp;<strong>se mudaron a vivir juntos,</strong>&nbsp;con Lola la perrita que adoptaron. Lo que sigue es la llegada de su bebito, “René o Renato, todavía no nos decidimos”, en enero 2023.</p>
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		<title>Su gran amor entró al seminario, pero años después él fue a buscarla y todo fue clandestino</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 04 Dec 2022 19:29:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Historias]]></category>
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					<description><![CDATA[La gran historia de amor y desencuentro entre Gabriela y Alberto podría tener forma de película como la que dirigió María Luisa Bemberg y que tuvo por protagonista a Imanol Arias y con final menos dramático. Nadie los fusila. El romance prohibido comienza en un lugar de Centroamérica y aún hoy tiene un final abierto...]]></description>
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<p> <strong>La gran historia de amor y desencuentro entre Gabriela y Alberto podría tener forma de película como la que dirigió María Luisa Bemberg y que tuvo por protagonista a Imanol Arias y con final menos dramático. Nadie los fusila. El romance prohibido comienza en un lugar de Centroamérica y aún hoy tiene un final abierto </strong></p>



<p></p>



<p>Gabriela y Alberto no conocen la trágica historia de amor de la joven argentina Camila O’Gorman y el sacerdote Ladislao Gutiérrez, allá por 1847, quienes se fugaron juntos unos días antes de Navidad provocando tanto escándalo que terminaron siendo capturados y fusilados en Buenos Aires. Tampoco vieron la película&nbsp;<strong>Camila</strong>, filmada en 1984 por&nbsp;<strong>María Luisa Bemberg</strong>, donde el cura fue representado nada menos que por el actor español&nbsp;<strong>Imanol Arias</strong>. Para la sociedad de esa época su pasión fue un descaro desafiante. Hoy, por suerte, a las pasiones desbocadas no les sigue la sangre. Pero, por lo que ya veremos, a Gabriela y Alberto, el amor no les resultó nunca algo fácil.</p>



<p>Esta historia de amor y desencuentro que relataremos ocurrió a lo largo de dos décadas en Centroamérica, dentro de una familia de clase trabajadora y religiosa, y Dios siempre estuvo en el medio de todo. En esa competencia desigual, Gabriela -así la llamaremos- arrancó perdiendo. Esto demuestra lo difícil que puede resultar competir con Dios.</p>



<p>Por normas, por pudor, por inconveniencias varias, por creer en el pecado o por lo que sea, a pedido de la protagonista, no habrá nombres reales.</p>



<p>Vamos al relato pormenorizado que ella enhebra desde Costa Rica, la ciudad donde vive desde hace años.</p>



<p>La estafa del primer amor</p>



<p>Gabriela nació sietemesina, en 1974, en una pequeña ciudad del interior venezolano. Le dijeron a su madre Ermelinda que no había ninguna esperanza de vida. Se equivocaron, Gabriela resultó ser muy fuerte y sobrevivió. Su madre, que tenía varios hijos de distintas parejas, tuvo que trabajar duro para mantenerlos. Eso hizo que ella quedara a cargo de su abuela materna, Catalina. De su infancia dice tener los mejores recuerdos: “Practiqué deportes, sobre todo natación. Y éramos muchos viviendo juntos en la misma casa. Era muy lindo. Estudiaba en un colegio parroquial, dentro del barrio, al que iba caminando”.</p>



<p>Cuando llegó la época de la universidad escogió la carrera de&nbsp;<strong>Comercio Exterior</strong>&nbsp;y para eso debió trasladarse a otra ciudad cercana un poco más grande.</p>



<p>A<strong>&nbsp;los 18 años tuvo su primer novio. Él pretendía casarse, pero ella no quiso</strong>: “No me veía casada con él”. Rompieron y Gabriela se enfocó en terminar sus estudios universitarios. Se graduó con 21 años: “Mi tesis fue sobre la exportación de flores tropicales de Venezuela a los pueblos del Caribe”, cuenta.</p>



<p>Al terminar volvió a su pueblo natal para unas vacaciones, ya sabía que no podría ejercer allí su vocación por la falta de fuentes de trabajo.</p>



<p>Un día de esos,&nbsp;<strong>en un traslado en ómnibus, conoció a un hombre llamado Alfredo que le llevaba once años.</strong>&nbsp;Era militar y estaba destinado en la ciudad donde vivía su madre Ermelinda. Empezaron a salir y con él tuvo su primera experiencia sexual. Pero la historia no sería color de rosa. Después de un noviazgo de 11 meses un día Alfredo no tuvo más remedio que contarle la verdad. Le dijo que el ejército lo enviaría a otro destino y que debían terminar la relación. Gabriela no entendía bien y preguntó tanto que provocó una confesión:&nbsp;<strong>en realidad él tenía, en otra localidad, una esposa y un hijo</strong>. El mundo de Gabriela colapsó.</p>



<p>“Me dijo que todo se acababa. Fue terminante. Me puse muy mal. Nunca había estado con nadie más y creía estar muy enamorada”, recuerda de ese primer desengaño. Se sintió estafada y deprimida.</p>



<p>De la isla a la iglesia</p>



<p>Gabriela intentó recuperarse y buscar un objetivo. Los dos años siguientes los pasó intentando entrar a la aduana marítima, pero no lo logró. No tenía los suficientes contactos y quedaba afuera una y otra vez. Entonces decidió irse, ya no quería estar en el pueblo.&nbsp;<strong>Partió a probar suerte a la isla Margarita</strong>, en el Caribe venezolano. Ya tenía 24 años.</p>



<p>“Me fui sola, no conocía a nadie ni tenía amigos. Solo estaba la suegra de una tía. Ella me recibió. A las tres semanas conseguí trabajo en una&nbsp;<strong>agencia aduanera</strong>&nbsp;y busqué un lugar para irme a vivir. Me sentí bien desde el día número uno. Esa señora me había aconsejado encomendarme a la Virgen del Valle, y yo que soy muy creyente lo hice. Esa fe la heredé de mi abuela Catalina que era muy católica”. La religión había echado raíces en ella desde chica.</p>



<p>Estuvo un año entero en el que probó lo que era ser independiente y se hizo nuevos amigos. Pero <strong>Catalina su abuela la llamaba con frecuencia diciéndole que la extrañaba, que ya estaba grande, que no quería morirse sin verla</strong>. Le movió los cimientos y las emociones y Gabriela volvió: “Renuncié con mucho dolor a mi trabajo, porque me iba muy bien, y regresé al pueblo”.</p>



<p>Pero pasó lo obvio. El retorno la limitaba y ella se sentía atrapada en ese mundo pequeño: “Sentía que al quedarme iba a tener que buscar trabajo de cualquier cosa y no de lo que había estudiado. La situación era angustiante. Un tío me ofreció empleo en su laboratorio donde estuve más de dos años. Pero la verdad es que no quería hacer eso porque era un trabajo de medio tiempo. Quería hacer otras cosas y dedicarme a lo mío. Por lo pronto, empecé a ocupar mis tardes organizando eventos especiales de etiqueta y protocolo en la gobernación del estado. Y, también,&nbsp;<strong>acompañaba mucho a mi abuela a la Iglesia</strong>. Ella era quien le cocinaba a los sacerdotes de nuestra parroquia. Pensé en incorporarme al coro y buscando eso terminé yendo a la Catedral.&nbsp;<strong>Un día en la Catedral organizaron un viaje para asistir a la ordenación del nuevo obispo. Me anoté y fuimos varias. Al llegar, nos alojaron en una casa pastoral. Fue ahí, el mismo día que llegamos, que conocí a Alberto</strong>. Su papá era el encargado de administrar esa casa”.</p>



<p>El seminarista que le robó el corazón</p>



<p>“Recuerdo perfectamente el momento en que lo vi. Me quedé como hechizada. Estúpida.<strong>&nbsp;Me gustó desde el primer segundo.</strong>&nbsp;No sé cómo decirte, pero lo vi y me sentí boba. Le dije a mis amigas: Vamos a preguntar quién es y a dónde podemos ir esta noche… A ellas les daba vergüenza, pero insistí y fuimos a preguntarle directamente. Él estaba conversando con alguien. La cosa es que nos dijo a dónde podíamos ir y yo le pedí que viniera con nosotras para que no estuviésemos solas en un lugar que no conocíamos”. Alberto respondió que sí y fue con un amigo. Era el año 2002.</p>



<p>“Esa noche yo solamente quería hablar con él. Mis amigas decían que me miraba mucho. Solo estuvimos un rato charlando a solas al volver y justo antes de irme a dormir. Se despidió diciendo que vendría al día siguiente. Esa noche no dormí un solo segundo. Nunca me había pasado algo así. A la mañana después de desayunar iba caminando por un pasillo de la casa y me lo encontré. Me impactó mucho porque se había afeitado la barba y se veía mucho más joven.&nbsp;<strong>Él tenía 21 años, yo 27″</strong>.</p>



<p>Ese día asistieron con el grupo a diversos actos culturales. En un momento Alberto la invitó a sentarse a la sombra bajo unos árboles donde estuvieron solos. “Nos sentamos y hablamos muchísimo.<strong>&nbsp;Era obvio que nos gustábamos mucho. Me agarró de la mano y aseguró que me quería seguir viendo</strong>. Dijimos que tendríamos que viajar de un pueblo a otro. Le dí el teléfono de línea de mi casa. Cuando llegó el momento de volvernos esa tarde de pronto lo perdí de vista. Faltaba una hora para que saliera mi autobús y él no estaba por ningún lado. De repente, apareció de la nada, nos despedimos, me dijo que me llamaría. Y, mientras todos subían al ómnibus, nos dimos un beso en la boca, muy suave. Me di vuelta y empecé a caminar hacia mi autobús. El sacerdote responsable del viaje se me acercó, me tomó de un brazo y me dijo:&nbsp;<strong>Ven acá muchachita, con ese muchacho no, porque él es seminarista”</strong>.</p>



<p>Gabriela se quedó helada. Se sentía como petrificada. Se subió con sus amigas y les contó lo del beso y lo que le había dicho el sacerdote. Ellas se rieron y le dijeron que no le diera bolilla.</p>



<p>“<strong>Estuve las seis horas del viaje como en las nubes</strong>. Llegamos de noche y mi abuela me esperaba con la comida preparada. No habían pasado ni cuarenta minutos que sonó el teléfono. Era él”.</p>



<p>Dudas vocacionales</p>



<p>Alberto había estado en el seminario, pero&nbsp;<strong>había pedido un tiempo para pensar si quería seguir en carrera para ser sacerdote</strong>. Estaba en un proceso lleno de dudas.</p>



<p>A las dos semanas fue Alberto el que viajó al pueblo de Gabriela para otro evento religioso y quedaron en verse como no podía ser de otra manera en la iglesia. “Cuando terminó la misa, lo busqué por toda la iglesia y ya me estaba por ir cuando apareció y me tomó del brazo. Otra vez estaba como estupidizada, más que nunca en mi vida”, reconoce. Fueron a un centro comercial a tomar algo donde Gabriela pidió un jugo de maracuyá. Quedaron que a la tarde irían a pasear.</p>



<p>“Fuimos al río a las cuatro y media de la tarde y como estaba bajo lo pudimos cruzar subiéndonos las botamangas de los pantalones. Nos mojamos bastante y nos sentamos en unos manglares.&nbsp;<strong>Nos besamos toda la tarde, nos acariciamos, pero no llegamos a nada más. Fuimos felices hasta que cayó la noche.</strong></p>



<p>Me sentía encantada, plena. Él era la persona que había esperado toda la vida”.</p>



<p>De la vocación y de Dios no se hablaba.&nbsp;<strong>Esa noche la invitó a salir, pero su abuela Catalina no la dejó. A pesar de tener 27 años, Gabriela no era una rebelde</strong>. Obediente ni siquiera se atrevió a desobedecer: “No me escapé, me dio miedo”.</p>



<p>Al día siguiente Alberto regresó a su pueblo.</p>



<p>Un fin de semana catastrófico</p>



<p>Siguieron hablando todos los días por mensaje de texto con los celulares de entonces. Se amaban con intensidad y programaban verse.</p>



<p>En noviembre de 2002 organizaron un reencuentro. Gabriela viajó de nuevo a la ciudad de Alberto. Se irían solos un fin de semana a una playa. Gabriela tomó coraje y mintió que se iba con una amiga.</p>



<p>“Esta vez me escapé, ya no me importaba nada. Fuimos a unas playas divinas, salvajes, donde él había reservado una casa. En el camino&nbsp;<strong>yo iba asustada porque no era virgen y era mayor que él. Tenía miedo de que me rechazara,</strong>&nbsp;de que él esperara que yo no hubiera tenido jamás relaciones sexuales con nadie. Yo creía que él era virgen, aunque después me enteré de que no. Esa primera noche intentamos tener relaciones, pero yo estaba negada. Temía lo que él pudiera pensar de mí”.</p>



<p>La educación religiosa, de una u otra manera, se interponía a cada paso. Eso y el miedo hicieron añicos ese soñado fin de semana.</p>



<p>“También tenía temor a quedar embarazada porque no sabía cuidarme. No tomaba pastillas porque no tenía idea sobre cómo debía hacerlo. Era grande, pero ingenua. Él me dijo: No vamos a forzar nada, cuando te sientas bien lo intentamos. Fue catastrófico. Estuve tan mal que vomité, tenía náuseas, me bajó la presión, me dolía la cabeza. Lo deseaba, pero estaba tensa e insegura. Él también tenía sus miedos porque se había escapado diciendo que se iba con unos amigos…</p>



<p>Al final, a la noche siguiente, pudimos tener relaciones, pero a mí me dolía y no disfrutamos nada. Al tercer día me quería ir. Creía que el encanto se había roto. Lloré todo el camino de regreso por la frustración que sentía. <strong>Había sido un fin de semana horrible</strong>”.</p>



<p>La decisión final</p>



<p>Dos días después Alberto la llamó por teléfono. Le dijo que quería que hablaran tranquilamente de lo que había pasado. Él quería seguir viéndola, continuar con la relación. Le explicó Alberto: “A veces, hay cosas que pasan que no son bonitas, pero hay que insistir por lo que sentimos”. Hablaron mucho durante casi dos meses y Alberto terminó yendo a verla. Se encontraron nuevamente en la iglesia.</p>



<p>Otra vez surgió el encantamiento. Gabriela tenía la misma sensación de estar embobada. Pasearon, se besaron y abrazaron. “Caminamos mucho y nos seguíamos besando… Nos sacamos fotos.<strong>&nbsp;Me dijo que quería que siguiéramos juntos siempre y que olvidáramos aquel viaje a la playa</strong>”.</p>



<p>A fines de enero de 2003 a Alberto se le terminaba el plazo y tendría que tomar una decisión sobre su vocación y si se quedaría en el seminario, pero de eso no se hablaba. A Gabriela ni se le ocurría preguntarle: “Él no me hablaba del tema. Solamente me explicó que no quería involucrarme en esa decisión. Me aseguró que quería seguir viéndome. Notaba que le gustaba, que me quería y yo también lo quería para mí, pero tampoco le dije nada. Lo dejé libre para que decidiera”.</p>



<p>A finales de enero&nbsp;<strong>un día la llamó por teléfono y le dijo que seguiría el camino de Dios, sería cura</strong>. Sin embargo, Gabriela no acusó el golpe. “Al principio fue como que no capté, como que no me importó porque yo sabía que él tenía una conexión conmigo muy fuerte y que nos íbamos a seguir viendo. Me daba un poquito de miedo porque<strong>&nbsp;sentía que estaba compitiendo con Dios, pero yo no lo podía soltar</strong>. Pero tampoco lo presioné ni le dije nada”.</p>



<p>Infringir las normas</p>



<p>Pasó todo febrero, todo marzo y casi todo abril. Tres meses en los que no se vieron. Pero siguieron hablando a diario.</p>



<p>“En mayo nos pusimos de acuerdo. Queríamos vernos como fuera. Y nos escapamos otra vez. Elegimos un pueblito que tiene muchos restaurantes y hoteles de estilo alemán. Queda muy alto en la montaña. Llegamos a las diez de la noche de un viernes y nos quedamos hasta el domingo. Fue maravilloso. Muy diferente al viaje anterior. Yo ya no tenía miedo ni inseguridad. Lo pasamos bárbaro. Fue un fin de semana demasiado feliz. Tengo hasta hoy las fotos guardadas. Creo que fue una de las etapas más felices de mi vida. Tuvimos relaciones sin cuidarnos día y noche. Lo pasamos espectacular, pero el domingo él volvía a ingresar al seminario”.</p>



<p>Continuaron hablando por teléfono. Gabriela ya no quería separarse de él, pero no se atrevió a exigirle nada, que dejara a Dios y el seminario, que se fueran juntos. Guardó silencio. “No tuve el coraje de hacerlo, esperaba que lo decidiera él. Pero no lo hizo.&nbsp;<strong>Me pidió un tiempo sin vernos&nbsp;</strong>para pensar bien qué iba a hacer. Y así pasaron varios meses sin vernos en los que nunca dejamos de conversar”.</p>



<p><strong>En noviembre de 2003 murió Catalina, la adorada abuela de Gabriela.</strong>&nbsp;Ella se sintió más sola y triste que nunca. Recién volvió a ver a Alberto en febrero de 2004. Gabriela viajó a la ciudad donde él estaba en el seminario con la excusa de visitar a una hermana suya.</p>



<p>“Nos encontramos un domingo, en un departamento de mi familia. Pero mi hermana estaba ahí y no se fue… no nos dejó solos. Nos besamos, no más de eso. Esta vez él <strong>me confesó que estaba en una dura batalla: él quería ser cura, pero también me quería a mí.</strong> Me quería pedir que no me vaya de su vida. Yo estaba loca por él y no me importaba nada que fuera cura o que no lo fuera, lo quería.”</p>



<p>Gabriela volvió a su casa y todo siguió como siempre. Charlas y más charlas telefónicas.</p>



<p>Abandono final</p>



<p>Siguieron con su historia por teléfono. En abril de 2004 volvieron a verse. Salieron a comer y a almorzar. Pero Gabriela esta vez lo notó más distante y que él tenía miedo de que lo vieran con ella: “Se cuidaba y elegía los lugares”.</p>



<p>En mayo, harta de tanta vuelta, Gabriela le dijo a su hermana que iría de nuevo a visitarla pero que necesitaba que le dejara su departamento ese fin de semana. Quería estar sola con Alberto.</p>



<p>“Yo tenía el presentimiento de que él quería cortar la relación. Por primera vez lo veía más decidido a dejarme. Apenas llegó le dije que me dijera lo que me tenía que decir. Quería que habláramos, pero terminamos haciendo el amor. Ese día ha sido el único día de mi vida en que yo hice verdaderamente el amor”, reflexiona y repite la frase con contundencia.</p>



<p>En lo físico, no había dudas, querían estar juntos.</p>



<p>Pero él tomó fuerzas y, luego de la pasión, se animó a decirle lo que tenía pensado:&nbsp;<strong>“Estoy enamorado de ti. Pero no podemos seguir.</strong>&nbsp;Tenemos que terminar, se tiene que terminar”.</p>



<p>Gabriela no quiere recordar porque le viene una fea sensación y, casi dos décadas después, dice con la voz quebrada: “Sentía que me estaban apretando el alma, que me rompía en pedazos”.</p>



<p>Al borde de los 30 años al cerrar la puerta del departamento de su hermana se sintió verdaderamente abandonada, sola. “<strong>Quedé rota</strong>. En los siguientes meses me enfermé, me deprimí, viví llorando, adelgacé, no comía. No quería ver ni hablar con nadie. Adelgacé porque no quería comer ni hablar con nadie. Lo borré de mi teléfono y de mi vida”.</p>



<p>La llamada esperada… a destiempo</p>



<p>Pasaron dos años oscuros y Gabriela logró sacar su cabeza a flote. Consiguió el trabajo que quería y empezó a trabajar en una azucarera.</p>



<p>“En uno de mis viajes por trabajo conocí al papá de mis hijos. Nos casamos. No era un gran amor. Era la seguridad. En agosto del 2007,&nbsp;<strong>cuando yo estaba embarazada de tres meses de mi primer hijo, un día me llamó mi hermana. Me contó que Alberto había llamado a mi antigua casa&nbsp;</strong>y que quería mi teléfono. Ella no se lo dio y me estaba llamando para pedirme permiso. Lo pensé un rato y le dije que sí, que se lo diera. Alberto me llamó enseguida. Me dijo que había abandonado el seminario y que quería retomar la relación”.</p>



<p>Gabriela le contó entonces que estaba casada y esperando a su primer hijo. Que ya era tarde, que ahora era ella la que no podía. Parecía una broma de mal gusto.</p>



<p>“Él se quedó mudo en la línea, recuerda Gabriela, Yo no me sentía enamorada de mi esposo, pero <strong>estaba decidida a enfocarme en esa nueva vida que me gustaba porque era estable.</strong> Quería apostar por esa relación. Si no hubiera estado embarazada, capaz que todo hubiese sido distinto”.</p>



<p>Tuvo un varón que hoy tiene 14 años y tres años después Gabriela tuvo una hija que ya cumplió 10: “Mi esposo era un empresario que viajaba mucho. Estuve casada once años, pero era una relación complicada porque pasaba mucho tiempo sola. Al final, ya no teníamos relaciones. Todo terminó por apagarse luego de una infidelidad de él. Nos separamos en el 2018″.</p>



<p>Reencuentro virtual</p>



<p>“Este año 2022 me dio por buscar a Alberto en las redes sociales, pero no lo encontré. Un día descubrí a su madre y le mandé un mensajito preguntando por el teléfono de su hijo. No me respondió. Se me ocurrió entonces buscar entre sus contactos. ¡Ahí estaba él! Le escribí, pero pasaron un par de meses y yo veía que él no había leído el mensaje. Le escribí otro. Esta vez sí lo leyó y me respondió en el acto. Hablamos mucho de lo que habíamos vivido en estos años. Le conté que estaba en Costa Rica con mis dos hijos y separada.&nbsp;<strong>Él me dijo que después del seminario había estudiado educación y derecho, pero que la situación en Venezuela estaba tan mal que se había tenido que trasladar a otro país. Ahora vive en Montevideo, Uruguay</strong>”, relata Gabriela.</p>



<p>Comenzaron a hablar sin parar por WhatsApp. Tenían la misma sensación de siempre, aunque habían pasado veinte años desde que se conocieron. Se mandaron fotos y tocaron temas que jamás habían conversado antes. Fueron meses de conversaciones profundas.</p>



<p>“Me dijo que lo peor que había hecho en su vida era haberme dejado. Que había sufrido mucho y que me seguía amando. Estaba sin pareja y nunca se había olvidado de mí. También me dijo que estaba dispuesto a empezar una relación seria conmigo. Pero yo le expliqué que todo había cambiado, que vivo con mis hijos. Sin embargo, lo que siento es muy parecido a lo que sentí dos décadas atrás. Hablando con él parecía que el tiempo no había transcurrido”.</p>



<p>Alberto insistió, Gabriela era la mujer con la que hubiese querido hacer una vida. Pero era demasiado tarde. Los tiempos se habían confabulado en su contra.</p>



<p>“Estoy enamorada de él, siento que es la persona con la que hubiese querido estar siempre, no han cambiado mis sentimientos hacia él, quisiera vivir con él, hacer el amor con él… pero no se puede. Yo no puedo vivir en otro país, no puedo irme con mis hijos. El papá de ellos está acá y, si bien estamos separados, no estamos divorciados todavía legalmente. Tampoco conviviría con Alberto bajo el mismo techo mientras ellos vivan conmigo. Tampoco la veo fácil económicamente. Es complicado que él venga a vivir a Costa Rica, acá las cosas no son sencillas laboralmente. Tengo claro que el único hombre que he amado en toda mi vida es Alberto. Pero ahora,<strong>&nbsp;con 48 años, estoy atrapada y me siento sumamente frustrada por no poder concretar la relación con él.</strong>&nbsp;No veo la salida y tampoco quiero sufrir más… No sé si quiero volver con una persona que me puede decir un día lo que me dijo hace más de 25 años… La verdad es que tengo mucho miedo”, hace catarsis Gabriela. Fue ese miedo, precisamente, lo que hizo que el 25 de octubre de 2022, ella le dijera a Alberto que no la llamara más. Pero la realidad es que solo sueña con volver a verlo.</p>



<p>Este amor real no tiene un final escrito. Gabriela sigue cada día debatiéndose si debe o no levantar el teléfono y darle una nueva oportunidad al gran amor para interrumpir un destino plagado de frustraciones.</p>
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		<title>Se enfermó a los tres meses de conocerlo y le dejó el regalo más grande</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 23 Oct 2022 12:01:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Amores reales]]></category>
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					<description><![CDATA[Ernesto y Betina se enamoraron a primera vista y al poco tiempo a ella le detectaron cáncer de mama. Él le pidió que se fuera a vivir a su casa para poder acompañarla: fue el principio de una historia en donde los dos fueron para el otro amor, apoyo y enseñanza El mes que viene...]]></description>
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<p> <strong>Ernesto y Betina se enamoraron a primera vista y al poco tiempo a ella le detectaron cáncer de mama. Él le pidió que se fuera a vivir a su casa para poder acompañarla: fue el principio de una historia en donde los dos fueron para el otro amor, apoyo y enseñanza </strong></p>



<p>El mes que viene se cumplirán diez años. Fue el 25 de noviembre de 2012.<strong>&nbsp;Ernesto dice que fue amor a primera vista.</strong>&nbsp;Que la vio bajar las escaleras de su casa y supo que era ella. En realidad era la segunda vez que la veía: una noche, volviendo de jugar al fútbol con su cuñado, él le señaló desde el auto a una morocha que caminaba por Álvarez Thomas. “Esa chica es compañera mía de la facultad, si querés te la puedo presentar. Creo que está soltera”, le dijo.</p>



<p><strong>Con 29 años, Ernesto era bastante tímido. Nunca había tenido una relación importante,</strong> ni se sentía demasiado cómodo cuando salía con chicas. Había sido el gordito de la clase y hasta el año anterior había vivido con sus padres, un chico bueno y retraído para el que el tema del cuerpo siempre había sido limitante; se había convencido de que no iba a poder estar con nadie, ¿para qué poner a prueba su autoestima en citas que terminaban en desilusiones?</p>



<p>Pero hacía unos meses había bajado mucho de peso, se había mudado solo y tenía un trabajo de oficina que, aunque no le gustaba mucho, le permitía pagar las cuentas. Tenía ganas de conocer a alguien y le dijo que sí a su cuñado. Era 2012 y el celestino los conectó por Facebook. El ida y vuelta fue corto, enseguida le pidió a Betina su teléfono. “Cuando le escuché la voz, sentí en el momento algo especial, una conexión distinta”, cuenta ahora a Infobae. Después dirá también que fue algo mágico, y su historia lo justifica.</p>



<p>Tocó el timbre de la casa y dice que quedó maravillado: “Los ojos, la mirada, la sonrisa”, le parecía que con ella todo podía ser más fácil, la naturalidad de tener ganas de lo mismo.&nbsp;<strong>Esa noche fueron a tomar algo y terminaron en su departamento</strong>. A la mañana se despertó feliz de encontrarla en su cama. Ya no se separaron.</p>



<p>Fue todo tan intenso, que un mes después, para Año Nuevo, los dos se presentaron a sus familias. Fue un verano de enamorarse más con cada gesto: “Los dos éramos ansiosos y queríamos estar juntos todo el tiempo”, dice Ernesto. Hasta que,<strong> a fines de febrero, Betina lo llamó llorando. “Tengo cáncer”, </strong>la escuchó decir mientras paraba el auto para tratar de entender lo que estaba pasando.</p>



<p><strong>El padre de Ernesto fue Camilo Raffo, un reconocido gastroenterólogo</strong>&nbsp;que por casi treinta años fue el médico clínico –y en muchos casos, el confidente y apoyo 24&#215;7– del personal del diario La Nación. Ernesto cortó con Betina y lo llamó. “Papi, los estudios dieron esto”, dijo, y le repitió lo que le acababa de decir su novia esperando que no fuera cierto. “Sí, es cáncer de mama”, le respondió sin vueltas el padre.</p>



<p>Hacía sólo tres meses que estaban juntos, pero Ernesto no dudó un segundo: <strong>“Te venís a casa, quiero cuidarte”</strong>, le dijo a Betina esa misma tarde. El pronóstico era bueno; <strong>el nódulo estaba en un ducto y pudieron sacarlo completo</strong> cuando la operaron. Pero eso no hacía menos angustioso el hecho de que esa pareja tan fuerte como nueva tuviera que pasar en un segundo del juego de descubrirse en la atracción mutua al compañerismo en la convalecencia. Ernesto, que la ayudaba a bañarse y a vestirse mientras tenía los drenajes, un día la encontró desconsolada en la ducha, justo a ella que era puro optimismo. Más que las molestias postquirúrgicas, le dolía no verse linda frente al hombre con el que –estaba segura– quería compartir la vida y los proyectos.</p>



<p> Y sin embargo, en muy poco tiempo, la vida y los proyectos se impusieron de nuevo. Rayos, controles periódicos, pero la certeza, sobre todo en ella, de que le habían ganado al miedo.<strong> Ese año la madre de Ernesto también se enfermó y murió a los pocos meses, en noviembre de 2013. Fue Betina entonces la que estuvo para acompañarlo y también para apuntalar a su padre, que terminó muriendo también un año más tarde.</strong> “A veces creo que nos cruzamos para que ella me bancara en ese duelo que solo se me hubiera hecho imposible –dice el menor de tres hermanos de una familia que siempre fue muy unida–. Y, de alguna manera, también para enseñarme a duelar las personas que más amaba; porque, sin saberlo entonces, me hizo fuerte para poder enfrentar después la tristeza de perderla a ella”. </p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" width="563" height="420" src="https://elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/10/amores3.jpg" alt="" class="wp-image-464312"/><figcaption> <br>La pareja viajó mucho. Betina deseaba ser madre pero el médico le había dicho que debía esperar cinco años después de un cáncer hormonal </figcaption></figure>



<p>Durante los años que siguieron, Ernesto y Betina se entregaron a disfrutar de la aventura de haberse encontrado.&nbsp;<strong>Viajaron por el mundo, fueron felices y soñaron con formar una familia.&nbsp;</strong>“Betina tenía un enorme deseo de ser madre, y una vocación maternal que volcaba en nuestros sobrinos, en los hijos de nuestros amigos y hasta conmigo”, dice él, y se emociona cuando cuenta que por ella descubrió incluso su oficio y se especializó, de a poco, en la venta de productos de coctelería, algo que siempre le había gustado.</p>



<p><strong>El ginecólogo le repetía que tenía que esperar por lo menos cinco años para intentar quedar embarazada después de un cáncer hormonal, pero Betina insistía. Tenía 37 años y el amor y el reloj biológico latiendo a toda velocidad:</strong> transó con el médico en tres años y medio. Entonces interrumpió el tratamiento y eso también fue mágico, dice Ernesto: era octubre de 2016 y al mes, el test de embarazo dio positivo. Hacía exactamente cuatro años que estaban juntos cuando supieron que iban a ser padres.</p>



<p>El embarazo transcurrió sin problemas.<strong>&nbsp;Guille nació amada, perfecta y rosadita el 12 de julio de 2017.&nbsp;</strong>Betina podía darle la teta sólo con la mama que no había sido operada y se esforzó por hacerlo de todos modos. Había que complementar con fórmula, así que la beba dejó de prenderse, y el ginecólogo aprovechó para que retomara los estudios postergados durante el embarazo. Ella se había encontrado un bulto muy grande del lado con el que amamantaba y en un principio le dieron antibióticos pensando que podía ser mastitis –una típica inflamación asociada a la lactancia–. Pero la punción no dejó lugar a dudas: el cáncer había vuelto y esta vez era más agresivo.</p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" loading="lazy" width="570" height="423" src="https://elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/10/amores2.jpg" alt="" class="wp-image-464313"/><figcaption> <br>Un momento de felicidad absoluta. Betina tenía a Guillermina entre sus brazos </figcaption></figure>



<p>Betina empezó la quimioterapia cuando Guille –o Willy, como también la llaman su papá y sus tíos– tenía siete meses. “Nunca se había sentido tan mal como cuando volvió de la primera sesión, esa noche fue terrible. Pero reaccionó bien, <strong>el tumor se redujo y pudieron operarla”</strong>, dice Ernesto. Para él fue un momento tanto o más angustiante que la primera vez que la oyó decirle “tengo cáncer”; ahora ya no eran sólo ellos dos contra el mundo: ¿Y si le pasaba algo? ¿Si se quedaba solo con Willy?</p>



<p>La energía de Betina no dejaba lugar para esas preguntas: “Era una mina que iba siempre para adelante, nunca se permitió pensar en la muerte. Decía ‘estoy bien’, y aunque teníamos ayuda, estaba pendiente de la beba y jamás dejó de hacer nada. Me repetía ‘<strong>No te preocupes, porque yo no me voy a morir, yo me voy a curar, me voy a salvar’, y vivió así”.</strong></p>



<p>Cuando parecía que todo estaba bien de nuevo y el tumor estaba bajo control, <strong>Ernesto le propuso casamiento.</strong> “En realidad se lo había pedido mil veces, pero nunca encontrábamos el momento. Entonces pusimos fecha y nos casamos el 21 de diciembre de 2018. Betina todavía estaba haciendo rayos, pero había terminado la quimio y le había vuelto a crecer el pelo. De hecho, su mayor preocupación en ese momento era ésa: tener lindo el pelo para el civil. Y sí, estaba hermosa y fue todo espectacular”, cuenta.</p>



<p><strong>Se fueron de luna de miel a Miami y a Punta Cana en un plan muy familiar:</strong>&nbsp;primero visitaron a la hermana de Betina que vive en Estados Unidos y viajaron con la madre de ella que había quedado viuda de manera repentina sólo diez días antes del casamiento. También llevaron a Willy, por supuesto. Y aprovecharon para pasar por Disney y que madre e hija disfrutaran de un plan que no habría tiempo de hacer más adelante, aunque estuvieran seguros de que lo peor había quedado atrás.</p>



<p>Fue al regresar del viaje cuando ella volvió a palpar los signos de que las cosas habían vuelto a complicarse. Otra vez, los médicos probaron primero con antibióticos. Pero pronto tuvieron el diagnóstico: era <strong>otro cáncer de mama, pero agudo y con metástasis</strong>. Pese a la convicción de Betina, para Ernesto ahí sí empezó la sensación de cuenta regresiva: “Mis pensamientos mágicos y su fuerza tremenda me hacían negarlo, pero no podía evitar la angustia. En un momento le dije a mi hermano ‘Tengo miedo’ y me ayudó mucho su respuesta. ‘Si pasa, vas a poder’, me dijo”. Él no quería ni siquiera imaginarlo: era el amor de su vida, su sostén, la mujer que lo había transformado, y también la madre de la hijita que ahora lo aterraba tener que criar solo.</p>



<p> Entre las sesiones de quimio, seguían viajando y tratando de hacer una vida lo más feliz posible, la de dos enamorados con la beba que habían deseado tanto. Pero cada vez se hacía más duro. <strong>En febrero de 2020 Betina empezó a tener mareos y dolores de cabeza fuertes.</strong> Ernesto tenía programada una operación de vesícula y ese mismo día Betina fue con su madre a una guardia. Cuando despertó de la anestesia, su hermano le dijo –también como con anestesia–, que Betina tenía metástasis en el cerebro y en el hígado. “Fue el peor día de mi vida –dice Ernesto ahora–. Boleado como estaba pedí que me dieran el alta. Lo único que quería era verla”. </p>



<p>Ella salió de la clínica un 14 de febrero y Ernesto también ve la magia en eso.&nbsp;<strong>“Pudimos festejar los tres juntos el Día de los Enamorados</strong>”, se emociona. Con su pañuelo en la cabeza y como podía, Betina hizo la adaptación del jardín de Guille hasta que las clases se interrumpieron por la pandemia. “Estaba feliz en ese ámbito, era muy sociable y siempre había esperado ese momento, así que estaba en su salsa entre las mamás del colegio que todavía la recuerdan con cariño”, cuenta Ernesto.</p>



<p>No le dejó instrucciones sobre cómo educar a su hija, tal vez desde la confianza plena que había puesto en él desde el primer momento. Tal vez porque hasta el último segundo se aferró a la vida y pensó que no iba a ser necesario: “¿Por qué me están llevando?”, fue lo último que le preguntó a Ernesto antes de que la internaran y perdiera la conciencia.</p>



<p>Terminal y con morfina, seguía aferrada a la vida con uñas y dientes, dice Ernesto. “No se iba, y entonces mi hermana me dice: ‘Quiere despedirse de Guille’. Yo no podía llevarla, no quería que viera así a su mamá, no podía hacerle eso. Nosotros hacíamos relevos para acompañarla y yo justo estaba con Betina, dándole la mano, cuando mi hermana me pasó un video de Guille que le hice escuchar aunque ella estaba completamente desconectada. Y entonces sí, empezó a respirar distinto, cada vez menos hasta que se apagó. Se apagó al lado mío”, recuerda.</p>



<p>A su hija se lo explicó con palabras simples: “Mamá va a estar siempre en tu corazón y ahora es una estrellita en el cielo”. Con dos años, Guille lo naturalizó. Dijo apenas: “Bueno”, y siguió con sus juegos. “Es una nena feliz”, dice él ahora.</p>



<p>Betina sabía, como el hermano de Ernesto, que cuando llegara el momento él iba a poder. Y aunque al principio la tristeza hizo que se descuidara y engordara mucho, <strong>cuando todos los análisis le dieron mal, entendió que su hija no podía perderlo a él también. “Me había comido la angustia y toqué fondo. Hice un clic, bajé de peso, volví a hacer deportes, y me apoyé mucho en mi familia y en la de Betina que ahora también es la mía.</strong> ¡Todavía viajamos juntos con mi suegra!”, cuenta.</p>



<p> Hace un tiempo, casi como una terapia, <strong>Ernesto comenzó a subir videos con Guille a Instagram y TikTok </strong>(@ernestraffo)–donde tiene casi cien mil seguidores–. <strong>En uno, que se volvió viral, su hija que hoy tiene cinco años, le pide conocer la casa en la que vivió su mamá, algo que pudieron hacer con ayuda de la nueva dueña.</strong> Con toda su inocencia, llega y la recorre esperando encontrar un rastro de Betina entre los muebles y objetos, o cuando se abra la puerta. La misma puerta que al abrirse hace una década le cambió para siempre la vida a Ernesto. </p>



<p>Amores reales de Infobae. </p>
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		<title>Ella era la hija de dueño de la estancia, él era el hijo del puestero y por amor desafiaron a todos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 11 Sep 2022 13:35:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Últimas Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Amores reales]]></category>
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					<description><![CDATA[Kate y Fidel se conocieron cuando eran niños en el campo de La Pampa de los padres de ella. Allí trabajaban los padres de él. Cuando fueron jóvenes se enamoraron. Enfrentados con sus familias, los dos tomaron una drástica decisión Esta historia resulta incómoda de contar. Y fue incómoda de vivir, sobre todo al comienzo....]]></description>
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<p><strong> Kate y Fidel se conocieron cuando eran niños en el campo de La Pampa de los padres de ella. Allí trabajaban los padres de él. Cuando fueron jóvenes se enamoraron. Enfrentados con sus familias, los dos tomaron una drástica decisión </strong></p>



<p>Esta historia resulta incómoda de contar. Y fue incómoda de vivir, sobre todo al comienzo. Habla de la capacidad del amor para traspasar barreras sociales y, también, de la tenacidad de sus protagonistas para enfrentar esas fronteras no dibujadas en ningún mapa.</p>



<p>El nacimiento del amor ocurrió hace más de tres décadas en la provincia de La Pampa en <strong>una estancia, cuyos dueños de orígenes ingleses, Nancy y Peter</strong>, vivían gran parte del año, con sus tres hijas: <strong>Mary, Dolores y Kate.</strong></p>



<p><strong>Veranos de infancia</strong></p>



<p>Kate, la menor, había nacido casi al mismo tiempo que&nbsp;<strong>Fidel, el hijo de los puesteros del campo.&nbsp;</strong>Cada temporada de vacaciones, verano e invierno, terminaban corriendo por los potreros, jugando a la escondidas en el galpón entre las bolsas de cereales, en el corral de los caballos, sentados sobre los pinchudos fardos de alfalfa con cartas de truco o patinando sobre el barro del camino de entrada para matar el tiempo.</p>



<p>“Tomábamos leche recién ordeñada. Andábamos siempre en patas, trepados a los árboles, y a la hora del almuerzo, cuando tocaban la campana de bronce que colgaba en la galería de la casa principal volvíamos corriendo, cada uno a su comedor.<strong>&nbsp;Él con sus padres y su hermanita; yo a la mesa impecable con mantel de lino blanco y servilletas de género&nbsp;</strong>que mamá insistía en usar. Me sentaba sucia por mis andanadas, con las uñas llenas de barro, hasta que algún mayor reparaba en mí y me mandaban al baño a limpiarlas con un cepillito. Fueron años de libertad absoluta, nadie nos controlaba y teníamos cero comprensión de las diferencias sociales que podían haber entre nosotros. A mí nada me importaba y a él tampoco”, cuenta hoy Kate desde sus 36 años.</p>



<p>Pero llegada la adolescencia las cosas cambiaron.</p>



<p><strong>El dolor de crecer</strong></p>



<p>Pasaron los años y a Kate, que vivía en la gran ciudad, le crecieron las lolas. Se indispuso, empezó a jugar al tenis en el club y comenzó a salir a fiestas de 15. Fidel era larguirucho, se había vuelto un chico más retraído, y en sus patas de alambre todavía no asomaban los pelos.</p>



<p>“Pero Fidel era Fidel. Era como mi hermano del campo. <strong>El único varón con el que me relacionaba libremente sin pensar si le gustaba lo que yo tenía puesto.</strong> Todas mis amigas del colegio sabían quién era Fidel y algunas hasta lo conocían porque habían venido a veranear conmigo. A los 15 a mí ya se me había despertado el deseo con algunos chicos, pero con él podía ser la misma de siempre, sin pintura ni ropa especial. Pero al mismo tiempo que yo sentía todo con esa naturalidad, <strong>los grandes en mi casa comenzaron a preguntar a dónde íbamos, qué hacía todo el día con Fidel</strong>, que pin que pan… El control que apareció fue paulatino y me sorprendió un poco, pero lo terminé aceptando. Por otro lado, era cierto que yo sentía que con mi vida actual tenía menos para compartir con él. No podía contarle lo que me pasaba en Buenos Aires, él no conocía la ciudad, ni hacía deportes. Yo avanzaba en el colegio y él estaba atrasado dos años en la escuela rural… ¡Qué sé yo! Era como que estábamos creciendo distinto y eso me generaba algo que no sé describir. Podría decirte que era pena o tristeza. Pero apenas volvía a Buenos Aires mi vida volvía a explotar y me olvidaba de ese sentimiento”.</p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" loading="lazy" width="637" height="519" src="https://elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/09/pareja-1.jpg" alt="" class="wp-image-453443"/></figure>



<p><strong>La sorpresa de la transformación</strong></p>



<p>“Fue el verano en que yo había cumplido 18, donde la cosa pasó a mayores. Yo ya había tenido un novio durante unos cuatro o cinco meses. Había sido un desastre la relación y me había quedado un pésimo recuerdo. El tipo resultó ser un mujeriego, medio chanta. Me había sentido estafada por él. Mis amigas tenían novios mejores, más compañeros. Bueno, lo cierto es que ese verano andaba con el corazón vulnerable. Una noche, de aburridos no más, con Fidel salimos a caminar por el campo como cuando éramos más chicos. Todos andaban por ahí, pero nadie nos vio irnos. Fue una caminata, por el larguísimo camino de entrada de la estancia, entre los enormes eucaliptos y las huellas de los autos. Si bien llevábamos linternas, íbamos en la oscuridad aprovechando la luz de la noche estrellada y de la gran luna que era como un farol. ¡Creo que fue ese especial clima nocturno lo que nos hizo ir a caminar! Esta vez a Fidel lo había encontrado alto, grandote, con las piernas peludas y la voz super gruesa. Me atrajo. Me acuerdo que bromeé y le dije que parecía un viejo… Él, callado como siempre, solo&nbsp;<strong>me agarró de la mano en la mitad del camino.&nbsp;</strong>Cantamos zambas, me contó de unos robos de hacienda que habían ocurrido en el invierno y yo de las materias que tendría en el primer año de la carrera de veterinaria en la facultad. En un momento de bromas quise enseñarle un trabalenguas y nos empezamos a reír como locos porque no le salía… En un momento él me alumbró la cara con la linterna. Yo lo empujé para que me sacara la luz de la cara y mientras estaba encandilada todavía,&nbsp;<strong>me dió un beso. Lo abracé y nos tiramos en el pasto.</strong>&nbsp;¡Para qué seguir contando!”, se ríe Kate de sus propios recuerdos.</p>



<p>No hubo cuidados de ningún tipo. Los dos eran vírgenes. Fue el verano del amor total, pero no sin conflictos.</p>



<p>Porque si bien esa noche no se enteró nadie de la caminata amorosa, las siguientes veces que quisieron hacer lo mismo no fue tan fácil.</p>



<p>Nancy, preocupada porque los notó peligrosamente cercanos, intentó hablar con Kate para hacerla entrar en razón.<strong>&nbsp;Le dijo que tenían vidas distintas con un diferente nivel cultural,</strong>&nbsp;que sus padres eran empleados de ellos desde siempre y que cualquier tontería podía enturbiar la relación. Además, ¿qué futuro le podría dar Fidel que todavía no había terminado ni quinto año? Siguió enumerando: a ella le gustaba leer, ir al teatro, hacer deporte y viajar.&nbsp;<strong>Fidel no podría pagar nada de eso&nbsp;</strong>y jamás leía nada de nada. “Lo que me decía tenía sentido. Eran frases disuasorias típicas de cualquier madre que pretende para su hija un marido brillante, exitoso, triunfador, que trabaje en una súper empresa o que sea un gran profesional”, reconoce Kate. Lo cierto es que&nbsp;<strong>Fidel y su familia no tenían ni casa propia</strong>&nbsp;y el joven seguía pedaleando el secundario sin demasiada energía.</p>



<p>Kate supo que no podía llorar en público. Después de todo, los ingleses tienen eso de que se la bancan, pensaba. Pero en su cuarto, escondida debajo de las sábanas, suspiraba entre lágrimas porque no veía la salida a sus pasiones y deseos. Ni a sus hermanas, que andaban en historias mucho más convencionales, se animó a contarles nada. ¿¡Cómo les iba a decir que tenía relaciones sexuales y que <strong>se había enamorado de Fidel </strong>el hijo de los puesteros!?</p>



<p><strong>Intento de olvidar</strong></p>



<p>La primera batalla la ganó la familia.<strong>&nbsp;Kate volvió a Buenos Aires</strong>, y comenzó primer año de veterinaria. Soñaba con vivir en el campo. Y, por supuesto, se volvió a enamorar. Esta vez fue de un amigo de una compañera de la universidad.</p>



<p>Pero no elegía bien. Tampoco este resultó un gran candidato. No era un futuro empresario ni un gran intelectual ni tampoco un buen compañero.</p>



<p>“Leandro había dado la vuelta al mundo como mochilero, lo que le daba una pátina de cultura para que todos los aceptaran más… pero la verdad es que<strong>&nbsp;se pasaba la vida fumando porro.</strong>&nbsp;A mí me había gustado su aparente tranquilidad y su pasión por la naturaleza. Pero no anclaba en nada, era como que flotaba por su existencia. Parecía un pacífico gurú, pero resultó que esa calma artificial camuflaba su gran vagancia. Tampoco se hacía cargo de mantener una relación. Enseguida mostró la hilacha:<strong>&nbsp;lo pesqué in fraganti en varias mentiras.&nbsp;</strong>Lo que más me shockeó fue que me había estado engañando con que estudiaba sociología… ¡Pero el tipo no hacía nada! Unas amigas me dijeron que habían escuchado que lo de la carrera de él era un cuento chino. Lo enfrenté ese mismo día. El caradura me dijo que había dejado de ir a cursar porque no le gustaba la carrera y que quería estudiar otra cosa. ¡Yo era la novia y no me lo había contado! Además, empecé a sospechar de una amiga de él, sentía que coqueteaba con ella. Me dolió el alma la desilusión, pero no tuve piedad. Si a los seis meses ya me engañaba con todo ¿¡qué sería después!? Siempre tuve carácter, decidí cortar la relación. Lo increíble fue que&nbsp;<strong>por él no lloré ni una sola vez.&nbsp;</strong>Ese mismo fin de semana pedí el auto prestado en mi casa, lo compartía con mi hermana, la que todavía vivía con la familia, y me fui a La Pampa”.</p>



<p>Lo único que Kate quería realmente era&nbsp;<strong>refugiarse en los brazos de Fidel.</strong>&nbsp;Ya tenían 21 años y se habían seguido viendo ocasionalmente cada varios meses, pero con más distancia física y emocional.</p>



<p>Cuando llegó a la estancia lo encontró ahí, como siempre, con su mirada mansa y orgullosa. La recibió con una sonrisa y estuvo dispuesto a conversar de ellos. “Él también había andado con una chica del pueblo que trabajaba como maestra, pero hacía poco habían dejado de verse.&nbsp;<strong>Me dijo que no se había enamorado como le había pasado conmigo”</strong>, relata Kate.</p>



<p><strong>Animarse a dar el paso</strong></p>



<p>El reencuentro fue apasionante y movilizador. Por primera vez se sentaron mate de por medio, solos, para hablar a fondo del problema que tenían: la diferencia social que los mantenía alejados. Por suerte,&nbsp;<strong>Fidel ya había aprobado quinto año&nbsp;</strong>y se había puesto a trabajar en el campo para ayudar a su padre y, también, colaboraba con unos consignatarios de hacienda. Hablaron de la resistencia que habría en la familia de Kate y de las discusiones por el mismo tema que ya habían surgido en la de Fidel.<strong>&nbsp;Los padres de Fidel también hablaban de diferencias sociales</strong>, de la forma de vida que él no podría darle a ella, que Kate estaba acostumbrada a otra forma de manejarse, que todo esto podría arruinar la relación de las familias y que ellos vivían de su sueldo en la estancia. En definitiva,&nbsp;<strong>opinaban, sin decirlo, que él era demasiado poco para ella.</strong></p>



<p>Las olas que levantaría una decisión de pareja serían altas para ambas orillas.</p>



<p>Esa noche, y las que siguieron, fantasearon con que ella podría vivir en el campo, él ocuparse de lo mismo que hacía su padre y seguir con la compra y venta de hacienda. Kate le aseguró que ella amaba la tranquilidad de la vida rural, que no quería vivir en la ciudad y que no tenía grandes ambiciones económicas. Pero estuvieron de acuerdo que de algo tenían que vivir y si tenían hijos habría que mantenerlos y educarlos. Para eso <strong>necesitaban conseguir una economía estable.</strong></p>



<p>“No me preocupaba tanto la diferencia cultural. Era evidente y notoria, pero yo me la bancaba. A Fidel, en cambio, le generaba inseguridad. Lo más difícil, pensé, sería integrar a los grupos de amigos. Cualquier comentario podía ser hiriente o molesto para él o hacerlo sentir fuera de todo. Entre mis amigos había algunos muy leídos y viajados… Fidel no iba a poder meter ni un bocadillo en una charla. No se lo dije porque eso lo iba a tirar para atrás.<strong>&nbsp;Fidel era simple, alegre, cero complicado.&nbsp;</strong>Eso era lo que más me enamoraba de él. Pero también por su propia naturaleza y autopreservación, evitaba meterse en líos. Y yo era un gran lío para su familia. Tuve que convencerlo de que sería yo la que iba a hablar con mis viejos y con los suyos, que teníamos el derecho a probar estar juntos y a formar una familia distinta a la que todos esperaban”.</p>



<p>Quedó decidido. Darían el paso.<strong>&nbsp;Se pondrían de novios.</strong>&nbsp;Para las dos familias, la revelación de que habían reanudado la historia formalmente, fue como una bomba.</p>



<p><strong>Nancy y Peter se pusieron en guardia.</strong>&nbsp;Le recriminaron que fuera ella la que siempre daba que hablar y traía problemas en su casa. Ella les respondió que enamorarse no era un problema. Ellos le dijeron que depende de quién, podía serlo y que su accionar era inmaduro y que podía lastimar no solo a Fidel sino a toda la familia de él.<strong>&nbsp;Su madre habló de ruptura de códigos</strong>&nbsp;y que de eso no solían salir cosas buenas.</p>



<p>Varias semanas después, cuando los ánimos se habían calmado un poco, Kate les anunció que se mudaba al campo y que abandonaba la facultad. Otra marejada de reproches que la dejó paralizada. Fue su padre quien, esta vez, tomó la palabra.&nbsp;<strong>Dijo que era una inconsciente por abandonar una carrera como veterinaria.</strong>&nbsp;No estudiar era una completa irresponsabilidad cuando se tenía la posibilidad. ¡No todos podían hacerlo! Le dejó claro: ella era una privilegiada, era de ignorante no aprovechar la oportunidad.</p>



<p>Por su parte,&nbsp;<strong>la familia de Fidel estaba azorada.</strong>&nbsp;Los padres y su hermana menor, Rosita, contemplaban a la distancia el incendio, enmudecidos. No se animaban ni a abrir la boca.</p>



<p>Kate estaba resuelta, solo pedía que la dejaran instalarse en el campo. Ellos no se negaron, pero se mostraron en total desacuerdo.<br></p>



<p>“No los escuché más. No me iban a convencer. Me fui y me instalé en la casa. Sabía perfectamente que&nbsp;<strong>mis viejos me consideraban la oveja negra de la familia.</strong>&nbsp;Capaz que lo era. Era distinta al resto, siempre lo había sido. Tenía miedo de que mis padres se arrepintieran y me dijeran que tenía que irme de ahí. Pero no ocurrió. Fueron prudentes y solo esperaron a que se me pasara el arrebato. Pero eso no pasó. Mi noviazgo siguió, se consolidó y empecé a colaborar con los animales en el campo y con lo que había aprendido en mis estudios. No me acuerdo cuánto tiempo después empecé a insinuarle a mis viejos que&nbsp;<strong>quería construir una casita para vivir con Fidel detrás de la de ellos.&nbsp;</strong>Mientras tanto, yo seguía en la casa principal y Fidel dormía con sus padres. Jamás atravesamos ese límite implícito que era que Fidel se viniera a vivir a la casa de mis padres”, recuerda Kate.</p>



<p><strong>Nancy y Peter la vieron tan decidida que consintieron</strong>, siempre y cuando fuera la pareja la que pagara la nueva construcción. Demoraron como dos años.</p>



<p>“La casita la hicimos con dos pesos, un poco nosotros y otro poco con ayuda de los primos de Fidel. Quedó amorosa. Dos cuartos y un living cocina integrado.&nbsp;<strong>Nos mudamos juntos cuando teníamos 24 años y yo ya estaba embarazada de 3 meses.&nbsp;</strong>No se lo habíamos, todavía, comunicado a nadie. Te soy franca: no extrañaba nada de mi vida anterior. Viviendo en el campo el miedo de integrar a los amigos quedó en la nada. Los veía poco y cuando venían era a mi casita con Fidel y todo era bastante normal”, cuenta.</p>



<p>Fidel trabajaba con ganas y entre los dos lograron crecer.&nbsp;<strong>Nació Isabel y en los años que siguieron se sumaron a la familia Marcos y Matías.&nbsp;</strong>La casita les quedó chica y sus padres los ayudaron a ampliarla.</p>



<p>Ya adoraban a sus nietos.</p>



<p><strong>¿Adiós prejuicios?</strong></p>



<p><strong>“Papá finalmente aceptó a Fidel más que mamá&nbsp;</strong>que siempre se mostraba un poco más de prejuiciosa. Cuando venía gente que ella consideraba importante a comer me pedía que le enseñara cómo se agarran los cubiertos y modales. El día que nos casamos por civil estaba muy preocupada por lo que se iba a poner. O cuando vinieron de visita los suegros de mi hermana al campo por unos días, preguntaba cómo presentarles a mis suegros… ¿era conveniente juntarlos a todos? Era raro porque<strong>&nbsp;eran mis suegros, pero también eran sus empleados</strong>. Esos eran sus problemas. Definitivamente, a mamá le costó muchísimo más, estaba más encorsetada en sus reglas y costumbres. Pero&nbsp;<strong>con los nietos las cosas se aflojaron un montón.</strong>&nbsp;Terminaron aceptando a Fidel y fue como que se fueron olvidando de sus primeros miedos. Empezaron a tomarse las cosas con más risa y menos seriedad. ¡Maduraron! Todavía a mi vieja se le escapa alguna inconveniencia, pero yo me hago la distraída. No me gusta confrontar. Elegí esta vida porque me da paz y no voy a dejar que una boludez de ella sin mala intención me la arruine. Cada uno que se haga cargo de lo propio. De lo único que me arrepiento, si tengo que reconocerte algo, es de haber dejado veterinaria. ¡Me encantaba mi carrera y me hubiese venido muy bien tener el título! Pero quedarme en Buenos Aires hubiese sido dejar a Fidel un par de años más. No estaba dispuesta a pagar ese precio. Él no va a hablar, no le gusta. Sabe que estoy contando nuestra historia, aunque antes&nbsp;<strong>tuve que asegurarle que nadie lo va a reconocer.</strong>&nbsp;Es una lindísima historia de amor ¡cómo no voy a contarla! Hasta hoy seguimos juntos y contentos. Con lo bueno y lo malo que tienen todas las parejas, pero nos queremos. Mis tres hijos ya están en la primaria. Lo que sí tenemos claro con Fidel es que intentaremos que ellos sí estudien una carrera. Nos damos cuenta de la importancia de hacerlo, queremos que ellos puedan progresar. Además, no sabemos si este campo seguirá dando para que vivamos todos porque mis hermanas tienen maridos e hijos también y la familia es muy grande. En algún momento ya mis padres no estarán y esta tierra tendremos que dividirla y venderla. Falta, pero soy consciente que algún día eso llegará y quiero que nuestros hijos sean económicamente independientes”.</p>



<p>Hace unos meses murió de cáncer la madre de Fidel.&nbsp;<strong>Kate confiesa que con su suegra la relación no fue tan fluida.&nbsp;</strong>Hubo varios encontronazos relacionados con la crianza de los nietos, pero no quiere contar nada más al respecto.</p>



<p>Kate y Fidel, como muchas otras parejas,&nbsp;<strong>se animaron a desafiar prejuicios</strong>&nbsp;para, parafraseando al escritor inglés Julian Barnes, vivir la “única historia”.</p>



<p>La de amor, la de ellos, la que lleva su sello.</p>



<p>Y, hasta ahora, no se han arrepentido.</p>



<p><em> Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas, para Infobae.</em><br></p>
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		<title>Su novio murió y se casó con el hermano: la historia de un “amor prohibido” que se volvió real</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 28 Aug 2022 12:53:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Amores reales]]></category>
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					<description><![CDATA[Sofía vivía con Martín y planeaban un futuro juntos, pero una enfermedad terminal la dejó viuda a los 29 años. En pleno duelo se acercó a la familia de él, muy especialmente a su cuñado. Se odió, creyó que era una traición a la memoria de Martín pero ya no hubo retorno. Fue una noche...]]></description>
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<p> <strong>Sofía vivía con Martín y planeaban un futuro juntos, pero una enfermedad terminal la dejó viuda a los 29 años. En pleno duelo se acercó a la familia de él, muy especialmente a su cuñado. Se odió, creyó que era una traición a la memoria de Martín pero ya no hubo retorno. </strong></p>



<p>Fue una noche cualquiera de un fin de semana del año 2005, cuando Martín dijo que le dolía mucho la cabeza y se acostó a dormir temprano, antes de comer. Nadie le prestó demasiada atención. Habría tomado la noche anterior, habría estudiado demasiado para esa materia que le quedaba para terminar su posgrado en Derecho Tributario, habría estado mucho al sol en la pileta…</p>



<p>Un día más en una familia numerosa de 4 hermanos que vivía en Acassuso, provincia de Buenos Aires, Argentina: dos varones (Martín, de 26 y Juan Pablo, de 23) y dos mujeres (Sonia, de 21, María Clara, de 19).</p>



<p>Martín pasó molesto toda la noche. Se levantó temprano, muy mareado. Claramente estaba peor.</p>



<p>Era domingo y faltaban unas semanas para Navidad. Llamó a su novia desde hacía cuatro años, Sofía J. (26) y le dijo que suspendía la visita a la quinta de su familia. No se sentía nada bien. Refirió tener dolor en la nuca, náuseas y mareos.</p>



<p>Con Sofía tenían planeado irse de vacaciones juntos a Buzios, Brasil. Ella era maestra en un jardín de infantes de zona Norte; él trabajaba en un estudio de abogados. Enero, aunque solía ser más caro, era el mes que tenían disponible. Habían dudado en gastar parte de sus ahorros porque ese mismo año que estaba por comenzar tenían pensado mudarse a vivir juntos a un departamento que Sofía había heredado de su madrina.</p>



<p>Esto todavía no se lo habían comunicado a sus padres, era algo que solamente sabían sus amigos.</p>



<p>Una cirugía de urgencia</p>



<p>Esa mañana, su madre Cecilia lo vio tan dolorido que le dijo de ir al médico. Martín no se movió de su cama. Decidió llamar ella a la prepaga para que fuera un profesional a domicilio. A las dos horas llegó un médico joven. Un poco desorientado con los síntomas, le dio analgésicos y le dijo que si la cosa no mejoraba fuese a una guardia.</p>



<p>Cómo nada surtía efecto, su padre Fernando, después del mediodía lo subió al auto y lo llevaron a un sanatorio en pleno centro de la capital porteña.</p>



<p>Martín estaba tan dolorido que en el viaje en auto ni abrió los ojos. Lo atendió una doctora con acento centroamericano que lo revisó a conciencia. Decidió que lo mejor era hacerle una resonancia.</p>



<p>Martín bancó como pudo la claustrofobia y su dolor de cabeza. Mientras esperaban el estudio, sus padres notaron cierto revuelo médico. Gente de guardapolvo que entraba y salía con cara de preocupación del área.</p>



<p>Al rato llegó la noticia.&nbsp;<strong>Tenían que operarlo de inmediato, algo había estallado en su cerebro y había que descomprimir con urgencia para evitar males mayores.&nbsp;</strong>No había tiempo para interconsultas. Ese mismo domingo entró a quirófano apenas llegó el cirujano que llamaron de urgencia.</p>



<p>Nadie pegó un ojo esa noche. La novia, los padres, los hermanos, todos estaban en la guardia del sanatorio. Esperando y rezando.</p>



<p><strong>Una buena noticia que duró poco</strong></p>



<p>Cecilia y Fernando, desencajados. Sofía alelada, sin entender qué pasaba. Los hermanos alentando a todos que la cosa iba a salir bien.</p>



<p>Cuando el médico se asomó con media sonrisa, respiraron.&nbsp;<strong>Todo había salido bastante bien</strong>, había que esperar y ver que no pasara nada más en su cabeza y que no quedaran secuelas de la intervención. El profesional fue contenedor, creía que había zafado porque habían actuado rápido; además, el paciente era muy joven y deportista.</p>



<p><strong>La recuperación fue óptima. Había sido un milagro. Sofía y Martín decidieron después de este mal trago anticipar el plan para irse a vivir juntos. Les urgía empezar una vida de pareja.&nbsp;</strong>Lo comunicaron y todos felices. El capítulo negro de salud lo creían cerrado.</p>



<p>Lo que nadie pensó ocurrió, más o menos, un año y medio después de lo relatado. Y no tuvo nada que ver con su cabeza.&nbsp;<strong>En unos chequeos de sangre de rutina le descubrieron algo serio.</strong>&nbsp;Consulta con un médico, luego con otro, hasta que terminó en un hematólogo quien le confirmó el diagnóstico:<strong>&nbsp;tenía leucemia.</strong></p>



<p>Otra enfermedad grave en tan poco tiempo. Fue un golpazo que los dejó como pedaleando en el aire.</p>



<p>Martín dio batalla, pero esta guerra la perdió en muy poco tiempo. Antes de cumplirse un año de que haber recibido ese diagnóstico, Sofía quedó sola con sus sueños en el departamento que habían compartido.</p>



<p>“No podía creer lo que nos había pasado. Una vez, dos veces… mucha mala suerte. Durante la enfermedad de Martín me refugié mucho en su familia. Ellos sufrían a la par mía. Mi familia me entendía menos todo. Cuando murió, casi que querían que diera vuelta la página y que retomara mi vida, que conociera a alguien más. Tenían miedo de mi salud psíquica. Después de la muerte de mi novio no toleraban que yo siguiera yendo a comer con sus padres o para algún otro festejo. Me decían: ‘Ya tenés 29 años, no podés vivir como si fueras una viuda para siempre… No estabas casada, no tenés hijos… Retomá tu vida’. Pero yo no podía, necesitaba recordarlo y tenerlo conmigo de alguna manera. Por otro lado, sentía que no podía abandonar a sus padres solos en esta etapa de tanto dolor. ¿Cuánto tiempo duraría el duelo? No tenía la menor idea”.</p>



<p>No solo iba de visita, también se quedaba a dormir en la casa de los que iban a ser sus suegros…</p>



<p>El más contenedor de la familia, el más entretenido y disruptivo para recordar a Martín siempre había sido su hermano Juan Pablo. Entre Sofía y él se había generado un vínculo muy fuerte. Todos creían, incluidos ellos, que era amor fraternal.</p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" loading="lazy" width="637" height="450" src="https://elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/08/amor_2.jpg" alt="" class="wp-image-449426"/></figure>



<p>Sentimientos encontrados</p>



<p>Pero lo que empezaron a sentir de hermandad no tenía nada. La atracción física empezó a tensar sus charlas. Una noche, después de que toda la familia de Martín se fuera a dormir, se hizo patente. Solo fue un abrazo largo, pero sensual. A cualquier testigo podría haberle parecido un gesto de consuelo por los diez meses que habían transcurrido desde la muerte de Martín.</p>



<p>“Esa noche yo me di cuenta de que me recorría una electricidad similar a la que había sentido con Martín. Ellos no eran parecidos físicamente, pero me generaban sensaciones parecidas. Al principio, lo confundí con angustia, soledad, nostalgia. Creía que extrañaba tanto a Martín que lo personificaba en Juan Pablo. Pero pasaron las semanas y empecé a pensar que claramente era otra cosa. Juan Pablo era tres años menor que yo, pero era muy maduro. Yo ya casi pisaba los 30 y él tenía 26. Trabajaba y se había recibido de ingeniero industrial. Un día su mirada me dijo que le pasaba lo mismo que a mí. Pero no podíamos ponerle voz a eso que nos estaba pasando, parecía un sacrilegio”, relata hoy Sofía.</p>



<p>Por momentos, ella se odiaba por lo que sentía, lo vivía como una traición a su novio muerto. Pero el sentimiento y el deseo estaban igual ahí, presentes.</p>



<p>Fue Juan Pablo el que pasado el año de la muerte de Martín tomó las riendas y un día, después del almuerzo en la casa familiar, le dijo: “Tenemos que tomar un café solos y hablar de muchas cosas”.</p>



<p>Era menor, pero más audaz y jugado que ella. Ese mismo día salieron a un lugar sin testigos para conversar.</p>



<p>“Fuimos a un barcito-restaurante sobre el río, en Vicente López. Llegamos a las tres de la tarde y eran las 10 de la noche y seguíamos hablando. No nos guardamos nada. Él preguntaba, iba al hueso. Yo respondía aterrada con la hecatombe que podíamos desencadenar con lo que estábamos sintiendo. Resolvimos que no era un pecado estar enamorados. Que teníamos el derecho, que debíamos -incluso por la memoria de Martín- contarlo. Pero sabíamos que habría resistencia, desconfianza y quizá peleas. Nunca se nos ocurrió hacer terapia ni nada de eso. Teníamos claro que no era solo contención, o transferencia de sentimientos. Era mucho más. Simplemente, nos habíamos enamorado”.</p>



<p>Contar lo incontable</p>



<p>Juan Pablo prefiere no hablar en esta nota aunque sus nombres estén bien resguardados. Hubo tantas idas y vueltas y discusiones familiares que es difícil de rearmar este capítulo de la historia.</p>



<p>Sofía lo recuerda así:</p>



<p>“Quedamos en que cada uno lo iba a manejar por separado con su familia primero. Cada uno se iba a comer el garrón con la propia… y después veríamos. Arranqué yo. Se lo conté a mis padres que quedaron espantados y con mucho miedo a cómo iban a reaccionar los padres de Martín y Juan Pablo. Una semana después, Juan Pablo tomó coraje y él les habló. Fue un drama. Su padre no pudo articular palabra y se tragó la furia. Cecilia le dijo en la cara que era una falta de respeto a la familia y una traición a su hermano muerto. Fue durísimo. Parecía que habíamos cometido una herejía”.</p>



<p>Recordando con dolor esos momentos de angustia, sigue:</p>



<p>“Tanto fue el embrollo que Juan Pablo decidió irse de su casa y se instaló a vivir conmigo en el departamento en el que yo seguía viviendo desde la muerte de Martín. Ahí las dos familias estallaron y terminaron por juntarse a conversar. No sabemos qué pasó exactamente, pero creo que fue mi hermana menor Juana y las dos hermanas de Juan Pablo quienes volcaron la balanza del lado nuestro. Restaron dramatismo a la relación, hablaron del destino, del amor, que por ahí Martín aprobaba todo desde el cielo, que los caminos no son rectos, que no podían oponerse por no entender y perder la relación con sus hijos. Como todos son muy católicos, finalmente, cedieron a la idea de que Dios puede disponer de caminos poco ortodoxos… y, poco a poco amainó, la tormenta”.</p>



<p>Martina y Martín</p>



<p>Un año más tarde, Sofía y Juan Pablo tuvieron una hija y la llamaron Martina, en honor al hermano que ya no estaba. Tres años después, con ella cursando un segundo embarazo, se casaron por Iglesia. El sacerdote fue un primo de Sofía. En el altar, ante los presentes, entre quienes estaban todos los amigos de Martín, los novios hablaron.</p>



<p>“Juan Pablo agradeció, ante Dios, a Martín por haberme puesto en su camino. Yo lloré a mares y manché el vestido. Juan Pablo se rió del rimmel corrido y me abrazó fuera de protocolo. No sé qué pasó, pero en ese momento todos en la Iglesia se relajaron y empezaron a aplaudir. ¡Fue tan emocionante!”.</p>



<p>Siete meses después nació un varón y lo bautizaron… Martín.</p>



<p>Martín y Martina, los hijos de Sofía y Juan Pablo, están hoy en la primaria, y conocen perfectamente la historia de sus nombres parecidos en honor a aquel tío que fue novio de su madre.</p>



<p>Todos ya aceptaron que la felicidad tiene caminos no convencionales. Y que, después de tanto, que el amor hubiera quedado en la familia, constituye una alegría inmensa.</p>



<p>Mientras, Martín sonríe eternamente desde una foto, en la que tiene unos despreocupados 19 años, apoyada la repisa de la chimenea de la casa de sus padres. A su manera, si es que existe el más allá, debe ser un testigo privilegiado del amor profundo que con su partida anticipada propició.</p>



<p><em>Amores Reales es una serie de historias verdaderas, para Infobae</em></p>
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		<title>El peor final para una historia de amor tras idas y venidas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 14 Aug 2022 19:34:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[Nada para evitarlo]]></category>
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<p> <strong>El argentino Andrés Pescuno y la francesa Cécile Staub se conocieron de casualidad cuando tenían veintipocos años.  Este es el homenaje a una historia de un amor verdadero que no pudo durar lo que ambos protagonistas hubiesen deseado </strong></p>



<p> El engranaje de esta maravillosa historia de amor funcionó a los tumbos y con intervalos desde el comienzo. Cuando, al fin, todo parecía rodar amablemente, se averió y terminó por evaporarse en pocos meses. Boda, hijos, vacaciones y proyectos, deseos construidos con el volátil material de los sueños, se diluyeron sin que ellos nada pudiesen hacer para evitarlo. </p>



<p><strong>Andrés Pescuno</strong>&nbsp;(39) es el único entrevistado posible para homenajear a esta pareja donde el amor se relata conjugando los verbos en tiempo pasado. Él todavía está duelando su relación, pero se permite disfrutar de los recuerdos. Están tibios aún y la imagen de&nbsp;<strong>Cécile Staub&nbsp;</strong>permanece en los objetos que lo rodean. Sobre todo, en la cafetera francesa que lo mira cada mañana desde la mesada de la cocina de su departamento en el barrio de Palermo.</p>



<p>Es la historia de un amor inconcluso, no por la falta de cariño o de pasión, sino por las circunstancias impiadosas que les tocó atravesar.</p>



<p>El engranaje amoroso entró en boxes, pero no logró salir de nuevo a la pista.</p>



<p>Quién era Andrés, quién era Cécile</p>



<p>Antes de intentar rearmar esta triste crónica de amor, conozcamos un poco más a cada uno de los protagonistas. Andrés Pescuno nació el Día del Trabajador en 1983 en el barrio de La Paternal, en Buenos Aires. Su madre María Dolores, hoy jubilada, era maestra; su padre Guillermo, corredor de libros y su hermana mayor, Priscila, hoy tiene 41 años y es psicóloga.</p>



<p>Andrés terminó el secundario en el colegio Pellegrini y, luego, estudió Administración de Empresas en la Universidad de Buenos Aires. A los 23 años, con su amigo del jardín de infantes, Guido, y con otro chico llamado Federico, decidieron independizarse. En septiembre del año 2006 los tres alquilaron juntos una casa en Boedo. Como era enorme y tenían libres dos cuartos decidieron que sería un buen negocio subalquilarlos a otros estudiantes. Dos chicas francesas, Antine y Cécile, que no se conocían entre ellas, fueron quienes terminaron viviendo ahí.</p>



<p>Cécile Staub, también tenía 23 años como Andrés, y había nacido el 19 de julio de 1983. Hacía seis meses que vivía en Buenos Aires debido a un intercambio universitario: cursaba derecho en la Universidad de Belgrano. Cécile, que siempre había residido en París, pertenecía a una tradicional familia francesa. Su padre Vincent había trabajado en Renault toda la vida y tenía tres hermanos mayores: una mujer y dos varones.</p>



<p><strong>El primer encuentro entre ellos fue en la puerta de esa casa de Boedo</strong>, sobre la calle Castro Barros. Andrés lo relata de la siguiente manera: “Yo era el encargado de mostrar las habitaciones. La primera vez que nos encontramos fue cuando vino a ver el lugar. Llegué tarde y la encontré esperando en la puerta.<strong>&nbsp;La primera impresión fue que era una chica muy linda. La segunda, que era rápida y tenía sentido del humor</strong>. Había captado muy bien la onda del país. Era graciosa, irónica, tenía chispa. Sabía lo que era un bodegón, tomaba mate y había comprendido al toque los códigos argentinos. El primer cuatrimestre ella había vivido en una casa en el barrio de Palermo con otros extranjeros, pero quería tener una experiencia más local, convivir con argentinos. Ahí es donde aparecemos nosotros y la casa de Boedo.&nbsp;<strong>Estábamos los dos solteros y pegamos onda enseguida</strong>. Vivíamos en la misma casa, yo era discreto y no le decía nada a mis amigos, pero nos gustábamos”.</p>



<p><strong>El primer beso</strong></p>



<p>Cuando Cécile empezó a vivir en esa casa de cinco, venía de terminar una relación con un chico español.</p>



<p>Con Andrés se gustaron desde el día uno, pero hasta que llegó el primer beso pasó un mes.</p>



<p>Fue una tarde, a comienzos de febrero del año 2007, mientras estaban comiendo helado sentados en el sillón del living que Andrés tomó la iniciativa y le estampó un beso. Ese día nació una relación intensa y, poco tiempo después, se pusieron formalmente de novios.</p>



<p>“Era una muy linda historia, pero tenía fecha de caducidad porque en julio de 2007 Cécile tenía que volver a París para seguir estudiando en su universidad”, aclara Andrés. Disfrutaron de lo que sentían sabiendo que en las vacaciones de invierno sobrevendría la separación.</p>



<p>“Ese año nevó el 9 de julio en Buenos Aires. Fuimos a un barcito y vimos la nieve… Ella cumplió 24 años el 19 de julio y una semana después volvió a París. Yo la acompañé hasta el aeropuerto de Ezeiza”, relata con nostalgia Andrés.</p>



<p>La despedida no fue dramática porque era temporal: Andrés ya se había armado un viaje a Italia para agosto. No había estado nunca en Europa y sería una buena excusa para volverse a ver. Aunque reconoce que “igual siempre estaba el fantasma de que vivíamos en dos países distantes. Cada vez que hablamos del tema no le veíamos la solución porque cada uno quería seguir con sus estudios en su propio país”, admite.</p>



<p>Capítulo italo-fránces</p>



<p>En agosto Andrés viajó y se reencontraron en Florencia, Italia. La fue a esperar a la estación de tren, ella venía desde Milán a dónde había llegado por avión.</p>



<p>Viajaron juntos a Pisa y por la región de la Toscana.</p>



<p>Sin embargo, “el vínculo estaba medio flojo porque no le encontrábamos la vuelta a nuestra historia. No podíamos alinear los caminos. Había amor, pero no sabíamos qué hacer con los sentimientos. Ella no iba a dejar su facultad para ir a Buenos Aires, ni yo pensaba cambiar mi vida en mi ciudad. Éramos muy chicos para decisiones tan importantes. Unos días después, Cécile tuvo que volver a París y yo me quedé viajando un poco más por Italia. Al final del viaje decidí ir a París. Sentía que tenía que hacer un esfuerzo más y verla. Le avisé recién cuando llegué. Cécile vivía con sus padres. La cité en la Tour Eiffel y a ella le pareció muy rara la invitación. No sé, es como que acá alguien te cite en el Obelisco. Pero bueno, fue… La vi solo esa vez y nos pasamos hablando y caminando toda la noche. El paseo era como un paralelismo con nuestra historia, nos dábamos cuenta de que estábamos caminando y caminando sin camino… A las tres de la mañana nos despedimos sin llantos en la Place de la Concorde. Era el 4 de octubre de 2007. Nadie dejaba a nadie, no había corazones rotos. Veníamos masticándolo hacía tiempo y no le hallábamos una solución”.</p>



<p>Dos días después Andrés volvió a Buenos Aires. Las dos primeras etapas de este amor habían culminado.</p>



<p>Separados por doce mil kilómetros</p>



<p>Andrés volvió a su ciudad, a su casa de Boedo y a su vida. Eran tiempos donde las redes sociales no eran las de hoy. El WhatsApp, tampoco. El contacto entre ellos, después de un par de mails insípidos para Navidad, se perdió definitivamente.</p>



<p>Hubo silencio total durante una década.</p>



<p>Andrés terminó su carrera. Tuvo dos novias. Se mudó a vivir solo a un departamento en el mismo barrio.</p>



<p>Así fue hasta que llegó el año 2017. Andrés andaba soltero y su memoria lo asaltó el 4 de octubre: esa fecha diez, años antes, había estado caminando y cavilando por las calles de París con Cécile. ¿Qué habría sido de ella? ¿Se habría recibido? ¿Viviría en esa ciudad todavía? ¿Estaría casada y con hijos? Quería saber.</p>



<p>“No sabía su estado civil, nada… era muy probable que ya tuviera hijos. ¡Teníamos 34 años! Le escribí un mail y le puse algo así: Hola! Hoy me desperté y me acordé de que en esta fecha se cumplen diez años de nuestra despedida en París. Este mail no tiene la intención de cambiar los diez años de silencio simplemente me acordé de vos, te mando saludos. Eran frases tranqui, sin intenciones obvias”.</p>



<p>Cécile le respondió noventa días después.</p>



<p>“¡Se tomó tres meses! Me puso que, a veces, se acordaba de mí con cariño y que había sido lindo recibir el mail. Algo tibio, a la distancia. Le respondí un mes después. Ella me contestó. Me enteré que seguía soltera. La conversación comenzó a fluir. Yo ya estaba trabajando en turismo con estudiantes extranjeros. Un día le conté que estaba estudiando francés en la Alianza Francesa y había averiguado para hacer un curso intensivo de un par de semanas en Francia. La Alianza Francesa me propuso un curso en Toulouse, alojándome en una casa de familia. Le conté a Cécile y me dijo que ella no conocía Toulouse y que le gustaría ir a visitarme un fin de semana”.</p>



<p><strong>Habría reencuentro.</strong></p>



<p>Capítulo Toulouse</p>



<p>El 1 de junio de 2018 Andrés viajó a Toulouse, Francia. Empezó a cursar francés y el primer fin de semana, más precisamente el viernes 8 de junio, se reencontró con Cécile en la estación de trenes de la ciudad.</p>



<p>Como Andrés se estaba quedando en la casa de una familia, optaron por alquilar un departamento por Airbnb en Albi, el pueblito donde nació el pintor Henri Toulouse-Lautrec.</p>



<p><strong>Volvieron los besos, los abrazos, la pasión. Aquello que habían experimentado diez años </strong>atrás había regresado con la misma fuerza.</p>



<p>“Cécile me reconoció que ella había tenido miedo de que en todos esos años yo me hubiese convertido en otra persona, que fuera un boludo… pero no. Éramos los mismos. Para mí fue muy fuerte: no era algo nuevo, era un verdadero reencuentro. Pero seguíamos estancados en el tema de siempre: vivíamos en dos países y sin querer cambiar de lugar. Al siguiente fin de semana me fui con ella a pasar tres días a París antes de volver a Buenos Aires. Me instalé en su departamento. El día que me iba, la despedida fue en la estación de subte. Cécile se iba a trabajar y yo al aeropuerto. Tampoco hubo dramatismo esta vez. Sentíamos que había sido lindo vernos, pero seguíamos sin tener respuestas”.</p>



<p>Aeropuertos, terminales y estaciones de subte o tren eran lo suyo. Pero una vez que aterrizó en Buenos Aires, Andrés se dio cuenta de que tendrían que hacer algo con eso tan especial que sentían. No debían estancarse en la indecisión.</p>



<p>“Seguimos chateando, teníamos que hacer algo. Justo Cécile estaba queriendo un cambio en su vida. Había tenido una convivencia con un novio que no había funcionado y estaba buscando un giro laboral. Llevaba nueve años trabajando como abogada en un estudio jurídico. Estaba cansada. Ya éramos más grandes, estábamos maduros y lo que sentíamos valía la pena. Nos dijimos: probemos haciendo algunos viajes y después podemos tomar una decisión. Vimos que una opción podía ser que ella se mudara a Buenos Aires. En agosto de 2018 Cécile vino de visita por una semana. Se quedó en casa y conoció a mi familia. Estábamos comprometidos en un vínculo serio. Volvió a París con esa idea: si funcionaba se vendría. En noviembre de 2018 volé a Madrid y nos encontramos en el aeropuerto de Barajas. Hicimos un viaje por Andalucía de veinte días y terminamos en París donde me presentó a sus padres. Nos pusimos formalmente de novios otra vez. Cécile empezó a organizar su partida de Francia. En enero de 2019 vino de vacaciones a Buenos Aires y nos fuimos unos días a la playa, a Mar de las Pampas. Quedó decidido: ella volvía a Francia, renunciaba a su estudio legal y desarmaba el departamento de París para trasladarse para acá”.</p>



<p>Decisión tomada. ¡Por fin!</p>



<p>Capítulo argentino</p>



<p><strong>El 29 de abril de 2019 Cécile llegó para instalarse definitivamente en la Argentina.</strong></p>



<p>“Fue una etapa genial. Yo nunca había convivido con una pareja. Fue descubrir un mundo nuevo, lindo. En septiembre viajamos a Francia para el casamiento de un amigo de ella. Al tiempo empezamos a hablar de casarnos y de tener hijos”.</p>



<p>A fines de 2019 tuvieron una pésima noticia: al papá de Cécile le habían detectado cáncer de hígado. Cécile estaba preocupada, pero de todas formas se tomaron las vacaciones que tenían previstas en Brasil en enero de 2020. Apenas comenzado el mes de marzo los hermanos de Cécile la llamaron: su padre estaba en terapia intensiva. Estaba grave y podía no salir de esta.</p>



<p><strong>Cécile no dudó y sacó un pasaje. El 6 de marzo se subió a un avión para ir a despedir a su padre.</strong></p>



<p>Las cosas sucedieron vertiginosamente por esos días. Vincent sorprendió a todos y mejoró lo suficiente como para volver a su casa. Esto ocurrió justo cuando el mundo entró en pausa: se había decretado la pandemia por Coronavirus. <strong>Se cerraron las fronteras y los aviones quedaron estacionados en tierra. Cuarentena</strong>. La palabra que alguna vez habíamos leído en los libros de historia y escuchado mencionar a nuestros abuelos, tomaba cuerpo y se hacía realidad en el mundo moderno.</p>



<p>“La verdad es que en ese momento le restamos dramatismo. <strong>Nos dijimos, esto ya se va a resolver en unas semanas</strong>, en el peor de los casos, en un mes. Estaba en la casa de sus padres y hablábamos todos los días”.</p>



<p>Pandemia y un diagnóstico aterrador</p>



<p>Cécile le había dicho a Andrés, antes de irse, que no quería seguir viviendo en Boedo, que tenía ganas de mudarse a la zona de Palermo. Por eso, cuando por esos días surgió la oportunidad de alquilar un departamento en la calle Julián Álvarez, Andrés se lo mostró a Cécile en una videollamada. A ella le gustó. Era una oportunidad, no iban a esperar a que Cécile volviera. Así que Andrés tuvo que llenar cajas con sus cosas y realizar solo la mudanza a fines de marzo.</p>



<p>“La cuestión fue que la cosa empezó a extenderse. La cuarentena y el desconcierto siguieron. A todo esto Cécile empezó con un dolor en un costado de su espalda. Fue al médico y le mandaron a hacer una resonancia”, cuenta Andrés. Ella se lo dijo por teléfono, <strong>fue un baldazo de agua fría: tenía un tumor en un riñón y se lo tenían que sacar inmediatamente.</strong> La operaron tres días después: el 26 de abril de 2020. Todo salió bien dijeron los médicos, solo tendría que ocuparse de recuperarse. <strong>Le dijeron que, generalmente, estas cosas sacadas a tiempo tienen buen pronóstico. O eso entendieron. No había nada que temer.</strong></p>



<p><strong>“Yo estaba acá, ella allá, con un postoperatorio que sería de unos dos meses. Además, le tenían que hacer controles cada tres meses para controlar que el cáncer no volviera.</strong> Como tengo pasaporte italiano empecé a buscar vuelos que tuvieran cupo para pasajeros… Había muchas restricciones en ese momento. Se me ocurrió que KLM era una línea que tendría cupo disponible porque no habría tantos holandeses que repatriar desde Argentina. Acerté y después de mucho buscar conseguí un ticket a Amsterdam para fines de mayo.<strong> Pero era complicadísimo entrar a Francia y tuvimos que hacer mil piruetas. </strong>Los padres de Céline escribieron una nota diciendo que yo vivía con ellos en Francia. Todo era muy enredado, pero encontré la manera de llegar. <strong>Me ayudó mucho trabajar en turismo”</strong>, dice.</p>



<p><strong>“Llegué a Tours, donde la familia tiene una casa de veraneo con jardín. Cécile estaba allí pasando su post operatorio</strong>. Nos quedamos un buen tiempo juntos en esa casa y, después, fuimos con su familia a Carnac, en la bretaña, una región donde los padres habían alquilado una casa para pasar los meses de calor europeos. Fue un verano idílico, en una casa de piedra de película. La pasamos muy bien. Los aperitivos eran con quesos espectaculares, un hermano de Cécile traía buenos vinos para probar, todo era un sueño y ella se recuperaba día a día.<strong> Si bien su papá seguía enfermo y estaba en la casa, la estaba luchando. </strong>Cécile empezó con actividad física y hacia el final del verano comenzó a jugar al tenis. Las cosas volvían a la normalidad. Como en Argentina seguía todo cerrado, no teníamos ningún apuro para volver. Pasado el verano, unos tíos de Cécile nos prestaron un departamento que estaba vacío en París. Tenía mis ahorros, teníamos techo y cocinábamos mucho. De esta manera esperábamos el momento justo para volver a Buenos Aires. Pero en octubre a Cécile le volvieron las molestias. <strong>Me dijo que había vuelto a sentir el mismo dolor de antes, en el costado operado. Era preocupante”.</strong></p>



<p>Fue al médico que le mandó un nuevo escaneo.<strong> El resultado fue otro golpazo: tenía otro tumor en la misma zona</strong>. Era metástasis. Le dijeron que tenía que empezar un tratamiento. Era el mes de noviembre de 2020. <strong>Cécile tranquilizaba a todos, les prometía que ya se pondría bien.</strong></p>



<p><strong>La despedida final</strong></p>



<p>En enero del año 2021 la salud de Cécile empeoró notablemente. <strong>Los médicos les anunciaron que el tratamiento no estaba funcionando y le empezaron a suministrar pastillas</strong>. Esta es la parte de la historia en la que Andrés se retrae. Se vuelve breve y conciso.</p>



<p>“Fueron tres meses de declive total. Era ver que no funcionaba… La caída fue horrible. <strong>Cada vez estaba peor</strong>. Un mes antes de que ocurriera yo había empezado a darme cuenta de que Cécile se moría. Que no zafaba. La familia estaba muy presente. Murió el 14 de abril en el Hospital Pompidou. Tenía 38 años. Lo increíble es que su padre, al que ella había ido a despedir en marzo de 2020, murió un mes después que ella, en mayo del 2021. La madre de Cécile, Brigitte, falleció también de cáncer en mayo de este año”.</p>



<p>De la muerte, Andrés y Cécile, no hablaron nunca. Una vez, como al pasar, ella le dijo que <strong>si le ocurría algo quería ser enterrada en la zona de Bretaña.</strong></p>



<p>“No hubo una conversación seria.<strong> Siempre las charlas eran tirar para adelante y ella era muy positiva. </strong>Me decía siempre: ‘Vas a ver que voy a estar mejor’. De hecho, <strong>dos días antes de morir, quería llevar al sanatorio una heladerita para poner sus yogures. Yo estaba ahí cuando ella murió</strong>…”, expresa sin detalles.</p>



<p><strong>La familia se encargó de la ceremonia. </strong>Una misa frente al féretro, la gente en la Iglesia hablando de ella con un micrófono, canciones y un Padre Nuestro. Fue enterrada en el cementerio de Bretaña.</p>



<p>Andrés se encontró solo frente a su pena. Quería evitar volver a la Argentina. Todavía estaba todo demasiado cerrado por la pandemia y se venía el invierno. <strong>No quería estar triste y atrapado en un departamento. Se fue a hacer el duelo a Italia</strong>. Una amiga argentina que vive en Torino lo bancó y se fue a transitar el duelo a Italia. <strong>“Estuve tres meses ahí. Era mejor plan que estar encerrado en Buenos Aires con frío”,</strong> asegura.</p>



<p><strong>Regresar solo, con la tristeza de lo imposible</strong></p>



<p>Andrés volvió a su país el 3 de agosto de 2021. <strong>Le tocaba enfrentar la soledad en el día a día.</strong></p>



<p>“Tuve que desarmar las cajas con la ropa de Cécile y sus objetos. Vivo rodeado de sus cosas. Muchas son de cocina y las utilizo cotidianamente. La cafetera, por ejemplo. No sé cómo estoy, pero no estoy menos triste. La sobrellevo. Puedo reírme y estar con amigos, pero la tristeza está. No sé como funciona esto del duelo. Yo había tenido novias, pero nunca había tenido la sensación de un amor pleno, de querer casarme y de tener hijos. En la segunda etapa con Cecile quería todo eso. No me enoja la situación, pero digo ¡¡que mala suerte!! ¿No? Más cuando escucho tantos casos de gente que tuvo un tumor en el riñón y se recuperó”.</p>



<p>A la pregunta sobre<strong> qué hace con su dolor responde hurgando en sus sentimientos:</strong></p>



<p>“Y… ¿qué se hace con el dolor? ¿Qué se hace? No se puede hacer nada más que tocarlo, palparlo, vivirlo. <strong>No hay nada que alivie. Pero estoy bien, qué sé yo, el dolor y la alegría conviven”.</strong></p>



<p>Imposible no pensar en el libro La soledad era esto, de Juan José Millás, donde el personaje desgrana sensaciones únicas frente a la muerte y la soledad.</p>



<p>Para Andrés el mejor homenaje que puede hacerle a Cécile es hablar de ella, mantener vivo los lindos momentos:<strong> “Conocernos, la enfermedad… Nuestra historia fue como buena y mala suerte al mismo tiempo. La recuerdo cada día. </strong>Todas las mañanas me pregunto por esa vida que planificamos. Todos los días lamento que no esté. Todo el tiempo me acuerdo de la vida que íbamos a tener y no tuvimos. De hecho, este depto tiene una habitación que iba a ser para nuestros hijos. Lo más difícil de este tipo de finales es que todo queda en una hipótesis: que hubiese pasado si…, qué hubiera cambiado si… Es un ejercicio que sé que no debo hacer, pero como un niño que vuelve al enchufe, recaigo en ese juego que tiene un resultado imposible. Ni bueno, ni malo, propiamente imposible. Que es seguramente el peor de los finales y el más difícil de aceptar”.</p>
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		<title>Se enamoró de una mujer increíble, pero dos años después su familia descubrió que ella no era quien decía ser</title>
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		<pubDate>Sun, 31 Jul 2022 22:51:13 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Amores reales]]></category>
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<p><strong> La madre y la hermana de Juan supieron que la novia de la que él estaba tan enamorado ocultaba un secreto. </strong></p>



<p></p>



<p>Juan M. se puso de novio por primera vez a los 27 años. Sumamente introvertido, Juan era de pocos amigos y había estudiado computación. Tenía un excelente trabajo, pero implicaba escasa sociabilización. Su madre Virginia (estaba separada del padre de Juan con quien había tenido tres hijos) saltó de alegría cuando se enteró del romance. La verdad era que Juan, su hijo mayor, la tenía un poco inquieta con su vida aislada, de asceta.</p>



<p>“No lo decía, pero estaba preocupada por él. Como somos del interior, Juan se había ido a vivir solo a Buenos Aires varios años antes. Sentía que él estaba muy encerrado en su mundo de computadoras y que no tenía suficientes amigos en la ciudad. Cosas de madre que cuando las comentaba con sus hermanos me sacaban rajando. Así que cuando se puso de novio con Rosario, lo anunció en una comida familiar en una de sus tantas visitas a Córdoba, me puse muy contenta. Ya no estaba tan solo”, recuerda Virginia (contadora, 52 años).</p>



<p>Juan presentó a “Rochi” en Navidad. Viajó con ella a su pueblo y se quedaron quince días. La novia escultural y de alto perfil fue simpática, atenta y se sumó a las actividades familiares. Todos encantados.</p>



<p>¿Celos de hermana?</p>



<p>La primera que tuvo algún reparo con su cuñada porteña fue Belén, la hermana del medio.</p>



<p>Al principio, aplaudió la novedad, pero después de esos quince días iniciales emanaron las dudas. La veía demasiado artificial, muy preocupada por las apariencias, un poco falsa.</p>



<p>Belén se acopla a su madre y da también su testimonio para ayudar a relatar esta historia: “Pensé que quizá fuera que los del interior somos más tranquis que los que viven en las grandes ciudades, no sé. Pero a mí me hizo ruido lo gastadora que era. No era normal su forma de gastar. Me daba que ella hacía que Juan gastara lo que no tenía. Pero no sucedió de un día para otro, era ir sumando pequeños detalles. Se instaló con él en el depto que mi familia tiene en el barrio de Colegiales y donde él ya vivía. Primero, empezó con las reformas. Le hizo cambiar las tres ventanas del balcón para poner unas de PVC con doble vidrio. Le molestaba el ruido del tráfico. ¡Costaron miles de dólares! Después, lo convenció de remodelar la cocina para integrarla al living. Se asesoró con una amiga arquitecta, tiró una pared e hizo una barra de un material carísimo que no me acuerdo la marca. La verdad es que quedó muy lindo. Nosotros estábamos al tanto de todo porque Juan nos tenía que consultar si nos parecía bien. No se conformó con eso y, meses más tarde, arrancó con el toilette y el baño. Decía que eran un poco antiguos y que quedaría mejor una ducha a ras del piso con mampara y ¡sanitarios colgantes! Imparable. Mamá accedió. Los hizo a nuevo. No había terminado la obra que compró, en cuotas, una tele gigante, enorme, y la colgó en el living. A eso súmale nuevo celular, nueva heladera, cafetera de marca… Un delirio que mi hermano bancaba como podía. Mamá aflojó siempre, lo permitió, pero a mí me molestaba tanto gasto y ostentación. ¿Quién se creía que era? ¿Mi hermano podría bancar esos aires que tenía Rochi?</p>



<p>Ella, para mí, no producía nada, aunque la jugaba de influencer… ¿Cuánto dinero ganaría? Era un misterio. Juan ganaba muy bien porque es un as en lo que hace, pero no sé si le daba para tanta cosa junta. Reconozco que Rochi era lindísima, alta y tenía un figurón, pero no pegaba con la vida tranquila que había llevado mi hermano hasta ese momento. Cocinaba él, él lavaba los platos él, trabajaba de verdad él… ¡y solventaba los caprichos de ella! No podía decir nada porque mamá me retaba. Todos sospechaban que yo estaba celosa. Además, decían que de última había puesto en valor el departamento. Pero también estaban los fines de semana farragosos que ella le inventaba a Juan. Cada vez que venían a visitarnos parecía que llegaba una estrella. ¡Por favor! Yo estallaba en privado y Martín, mi hermano menor, un día me cortó en seco y me dijo que terminara con mi desconfianza. Así que opté por callarme y me guardé mis comentarios. Tenía cero onda con ella y no me preocupé por disimularlo. Ce-ro”.</p>



<p>Espionaje on line</p>



<p>El primer año la relación anduvo bastante bien en apariencia. Rochi arremetía con los cambios y se mostraba sumamente enamorada. Gordo de aquí, amorcito de allá. Piquitos en público y se tiraban enroscados en el sillón del living a la vista de todos. Rochi pasó a ser parte de la postal familiar, con defensores y detractores, como suele suceder en todo clan. Vivía contando que había hecho una campaña para una marca de cosméticos y otra para unos jeans, que la habían llamado para un evento, que tal o cual famoso le hablaba por WhatsApp. Juan no decía nada, pero andaba apretado con los gastos.</p>



<p>Belén la tenía entre ojos. No le cerraba la cuñada. ¿Por qué Rochi estaba con alguien como Juan? Eran agua y aceite. No encontraba respuestas. Además, percibía superficiales los signos de amor de Rochi hacia su hermano: “Lo trataba de una manera ficticia. No sé, era como que actuaba”.</p>



<p>Como Belén la seguía en las redes, sin quererlo, empezó a detectar algunas inconsistencias. No le cuadraba la cantidad de seguidores que parecía tener con la cantidad de likes que tenía. Sentía que exageraba con su rol de influencer y no veía grandes campañas, solo algún producto que promocionaba. No entendía cómo podía sostener ese nivel de vida con ropa de marca y ¡tratamientos de belleza de todo tipo! Rochi decía que se los hacían gratis, por canje. A los 26 años Rochi tenía toxina botulínica en la frente para las arruguitas, tenía extensiones, se había hecho tratamientos para celulitis y estrías, depilación definitiva, microblading en las cejas, micropigmentación en los labios… ¿Qué le quedaba para los cuarenta?, pensaba Belén mientras miraba, uno por uno, los comentarios que le hacían. Llegó a preguntarse si lo que sentía no sería envidia, pero en el fondo sabía que no se equivocaba, algo no estaba bien.</p>



<p>“Un día pesqué en Instagram un comentario que me llamó la atención. Algo así como diosa o bomba le había puesto un tipo X, bastante más grande. Lo busqué y como tenía la cuenta abierta lo espié. Empecé a mirar los demás posteos de ella y en casi todos aparecía él. Comentaba con bastante frecuencia, no parecía algo casual. Se me encendió una alarma. No pude con mi genio y se lo comenté a mamá”.</p>



<p>Virginia primero se enojó con su hija. Le dijo que estaba mal lo que hacía. Pero le quedó una rara sensación porque ella también sentía que en esa pareja algo no funcionaba: “Siempre tuve la convicción de que los padres no debemos meternos en la vida de nuestros hijos, así que me llamé al silencio. Nada más feo que interferir con la vida privada de ellos”, reconoce.</p>



<p>Pasaron unos meses más y un día la detective Belén cayó a ver a su madre con una noticia: había descubierto un comentario del mismo tipo, pero esta vez subido de tono y encima… ¡Rochi le había contestado!</p>



<p>No se había animado a hacer una captura de pantalla y cuando quiso mostrárselos a su madre ya no estaban. Si bien no recuerda hoy exactamente qué decían esas frases del mundo virtual, en el momento no le dejaron dudas de que ahí se estaba cocinando algo.</p>



<p>Una vida de ficción</p>



<p>Por otro lado, Pepe, un amigo de toda la vida de Juan que también residía en Buenos Aires, le había deslizado a Belén, en un cumpleaños, que Rochi le hacía ruido. ¿El motivo? Confesó que un día le pareció que ella le había tirado onda y él se había quedado como petrificado. Ese amigo tenía, además, un jefe en la empresa que conocía a Rochi… y cuando él le comentó que era la novia de su amigo de la infancia, su jefe le puso una cara rara. El mundo puede ser muy pequeño.</p>



<p>La sospecha de Pepe era brutal: que Rochi tenía sexo con tipos por plata. Así de simple.</p>



<p>“Me dio a entender que era algo así como una prostituta de nivel”, recuerda Belén que se quedó estupefacta, “¡Mi hermano vivía en un tupper! ¿Cómo podíamos decirle algo?”.</p>



<p>A estas alturas Virginia y Belén eran las únicas, con el amigo de Juan, que manejaban información sobre Rochi, pero no sabían qué hacer con ella.</p>



<p>“Cómo le decía a mi hijo que su novia con la que vivía desde hacía dos años era una trucha. Que seguro que se acostaba con otros y que lo de ser influencer era un cuento chino; que lo usaba para gastarle la guita. Él, que más bueno no puede ser, le bancaba todo. Incluso ella se inventaba viajes como influencer y se iba, cada tanto, 2 o 3 días. Seguramente se iba con pibes… ¡La pareja con Juan era una fachada cómoda que sostenía la economía diaria y sus caprichos!”, explica con angustia Virginia.</p>



<p>Una opción, pensaban, era encararla directamente para que confesara. “Lo evaluamos, pero eso era pasarle por encima y dejarlo como un boludo a mi hijo, así que lo descartamos. La otra, era que su amigo le contara. Pero no se animaba. Después de todo… ¿Qué pruebas teníamos? ¿Si ella decía que todo era una mentira nuestra? No quería hacerle mal a Juan, pero tampoco me parecía bien quedarnos de brazos cruzados y dejarlo viviendo una fantasía. Hasta pensaba que en algún momento ella iba a buscar quedar embarazada -pero de cualquiera- y él iba a creer que era su hijo… No podía dormir. Tampoco me animé a comentárselo al padre de Juan porque temí un escándalo. Estábamos en un callejón sin salida”, comenta Virginia.</p>



<p>Necesitaban pruebas, indicios ciertos de que no estaban equivocadas. Como en las películas.</p>



<p>Mentiras de todos los colores</p>



<p>Rochi había dicho que había ido a un conocido colegio bilingüe de Belgrano. Belén buscó entre las hermanas de sus amigas contactos de esa misma edad. Habló con dos o tres y, qué curioso, nadie de su camada la conocía. Ayyy, le dolió el alma por su hermano.</p>



<p>Rochi también había mencionado que había estudiado publicidad en una universidad privada. Belén se las ingenió para conseguir más información. Después de un tiempo obtuvo una respuesta: ese nombre y apellido no figuraban en ningún registro. Ayyy, le dolió el cuore.</p>



<p>Cada paso que daba encontraba más mentiras.</p>



<p>Rochi había contado que sus padres, a quienes nadie conocía y solo Juan había visto alguna vez, eran odontólogos y atendían en una famosa prepaga. Llamó y preguntó, pero no había profesionales con ese apellido en ninguno de los planes de la cartilla. Ayyy, ya sentía náuseas de los nervios.</p>



<p>¿Quién era realmente la sexy y misteriosa Rochi?</p>



<p>¿Habría vivido en Villa Devoto como decía? Decía ser hija única… pero ¿tendría hermanos? Belén y su madre, con estos descubrimientos, ya se planteaban que absolutamente todo podía ser falso. Era un perfil fantasma en las redes y en la vida. Estaban convencidas de que Rochi se había inventado el personaje que deseaba ser y casi lo había logrado. Por lo menos hasta ahora.</p>



<p>Además, Belén siguió viendo los posteos y a ese tipo que siempre comentaba. Algo pasaba. ¿Cómo iban a decirle a Juan todo esto? ¿Les creería? ¿Las acusaría de metidas y no las querría ver más? ¿Podían estar tan equivocadas? Para Belén, Rochi era una mentirosa patológica que no había estudiado, no tenía la familia que decía tener y no trabajaba de nada. Ayyy, la fachada estaba armada y ellas debían agarrar pico y pala para derribarla. ¿Debían?</p>



<p>El momento de la verdad</p>



<p>Belén sacó turno con su antigua psicóloga. Era la más indicada para ayudarla a desentrañar si ellas tenían el derecho o no de revelar lo que ocurría con Juan y su pareja. Pasaron dos meses hasta que Belén estuvo preparada y convencida de que algo debían decirle. Darle un hilo del que él podría tirar.</p>



<p>Aprovecharon un viaje veloz que Juan hizo a Córdoba y una noche, estando los tres solos, sacaron el tema de las parejas, el amor y… llegaron a Rochi.&nbsp;<strong>De la conversación surgió que él estaba un poco angustiado, tapado por deudas y que Rochi no le resultaba tan compañera como todos creían.</strong>&nbsp;La amaba, les dijo, pero estaba un poco desilusionado porque no la veía empática con su vida laboral ni lo ayudaba con nada de la casa. Ella corría con sus campañas y no le pagaban demasiado bien. Además, había hecho una publicidad para una marca de ropa interior donde le habían sacado unas fotos medio desnuda. Eso lo había mortificado un poco porque le parecía demasiada exposición y no le pagaban más que con un par de corpiños. Pero bueno, era su carrera y él no quería ser machista ni censurarla, admitió muy compungido. Esto les dio el pie para hacer un primer comentario…&nbsp;<strong>Virginia le contó que habían querido pedir turno con los padres de Rochi para un tratamiento dental de Belén, pero no habían podido dar con ellos.</strong>&nbsp;Juan les dijo que le iba a pedir a Rochi el teléfono del consultorio para allanar el camino. Y, agregó, que seguro le iban a hacer precio. El tema quedó ahí.</p>



<p><strong>Fue en otro viaje de Virginia a Buenos Aires que se dio otra charla más áspera.</strong>&nbsp;Virginia solía ir tres o cuatro veces al año a la ciudad para chequeos médicos y distintos trámites. Siempre, por supuesto, se quedaba en el departamento donde vivía Juan con Rochi. Virginia se lo prestaba a cambio de que pagaran los gastos, pero como tenía tres dormitorios le parecía que lo más lógico era quedarse ahí.</p>



<p><strong>Pero esta vez Juan, incómodo, le preguntó si podía ir a un hotel. Eran solo tres noches. Virginia montó en cólera. ¿Cómo podía ser que no pudiera quedarse en su propia casa? ¿Qué pasaba?&nbsp;</strong>La excusa que esgrimió Juan fue que Rochi estaba haciendo vivos de Instagram, varios por día, y que no podía estar circulando por el departamento ni haciendo ruido. Juan le ofreció pagarle el hotel. Un divague, pensó Virginia que eligió guardarse la rabia. Tenía que ser inteligente. Se instaló en un hotelito boutique cerca y lo pagó ella, pero&nbsp;<strong>le dijo a Juan que quería hablar con él.&nbsp;</strong>Lo invitó a comer afuera, solo. Expresamente le pidió que fuera sin su novia.</p>



<p>Juan accedió. Virginia tenía el estómago apretado. Veía a su hijo como derrotado, apagado. Ante la primera pregunta cariñosa, Juan empezó a vomitar cosas que le pasaban. Rochi se ausentaba con frecuencia con viajes. En la casa se la pasaba horas y horas en las redes. Alguna vez había vuelto de madrugada diciendo que venía de los festejos de alguna empresa o marca que la había contratado. Virginia escuchó muy atenta las quejas de Juan y, cuando le pareció que había terminado, habló ella.&nbsp;<strong>Con cuidado de no herirlo le dijo algunas de las cosas que habían averiguado. A Juan se le llenaron los ojos de lágrimas.</strong></p>



<p>“Grandote, pintón, al borde de los 30… ese era mi hijo adorado. Estuve al borde de ponerme a llorar con él -dice Virginia-, pero me contuve. Tenía que ser su sostén para que pudiera dejarla”.</p>



<p>Esa noche se labró el acta final de la pareja de ficción de Juan y Rochi.</p>



<p><strong>Ataques de furia</strong></p>



<p>No fue nada fácil. Juan, después de aquella comida, siguió confesando penurias a su madre: <strong>tenía peleas muy fuertes con su pareja.</strong> Rochi, ante cada pregunta o cuestionamiento, se ponía furiosa y le gritaba que él no tenía derecho a preguntarle nada. Revoleaba vasos o lo que encontraba.</p>



<p>Un día había roto la pantalla del televisor gigante con una base de maquillaje de vidrio. Juan se asustó. Eso era algo que nunca había visto en su casa, a pesar de que sus padres se habían separado. La violencia de ella lo tenía angustiado. El paso siguiente era animarse a enfrentarla con las mentiras que habían descubierto.</p>



<p>Virginia sentía que la situación la excedía. Le aconsejó a su hijo que recurriera a un terapeuta, a alguien que pudiera contenerlo y guiarlo. La terapia fue fundamental. Juan empezó a ver la realidad enseguida. Fueron tres meses de infierno, porque Rochi escalaba en su furia. Un día, durante un colapso nervioso, rompió el secador de pelo contra el piso del balcón. Otro, le gritó cosas irreproducibles que preocuparon a los vecinos. Lo humilló. Sus adjetivos descalificadores zumbaban en la cabeza de Juan de manera persistente.</p>



<p>Fue el final. Juan ya no quiso saber más qué era cierto de todo lo que le había contado y qué no lo era. Y un día de octubre le pidió que se fuera de su casa. Ella se negó. Se retorció en sus manipulaciones e intentó reconquistarlo. Pero Juan ya se había convertido en un muro infranqueable. Juan solo quería borrarla de su vida. Ella ya no tenía colonizado su afecto ni podía despertarle pasión alguna. Dormía en el cuarto que usaba de oficina y había tomado coraje para cancelar las dos extensiones de sus tarjetas de crédito que tenía Rochi. La dejó sin víveres. Ella estaba acorralada. No le quedó más remedio que agarrar sus cosas y partir.</p>



<p>No hubo despedidas, ni frases. Se fue una tarde mientras él estaba de espaldas en su computadora. Ella fue empujando las valijas hasta el ascensor y dio un portazo. Abajo la esperaba un taxi que la llevaría quién sabe a dónde. Juan no preguntó. Acto seguido borró su contacto y todo lo que tenía de ella en su computadora y celular. Le dijo a su madre que fue una sensación liberadora. Pero Juan continuó con terapia para reparar su devaluada autoestima. Hoy está nuevamente en pareja con una chica de su provincia y es totalmente feliz.</p>



<p>Autorizó a Virginia y a Belén a contar su historia sin dar ningún dato que permita identificarlo. Lo hace porque dice que puede ser un alerta tanto para hombres como para mujeres que se sientan atrapados en una mentira como la que le tocó vivir. Solo envió la siguiente frase para esta nota: “Uno sabe que hay algo mal, pero estás enceguecido, enamorado de alguien que no existe. Yo notaba que nada estaba bien, pero la gente que me quiere me tuvo que abrir los ojos. Sin mi familia no hubiera podido salir de esa relación tóxica y de esa desvalorización de mí mismo en la que había caído. Y sin mi psicólogo, quien fue clave en todo esto, tampoco”.</p>



<p><em>Amores Reales para Infobae</em></p>
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		<title>Se conocieron cuando luchaban contra el cáncer y enamorarse fue la mejor forma de aferrarse a la vida</title>
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		<dc:creator><![CDATA[redaccion]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 05 Jun 2022 19:27:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Últimas Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Historias]]></category>
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					<description><![CDATA[Cande tenía 19 años cuando le diagnosticaron con Linfoma de Hodgkins; Bryan, de 27, acaba de enterarse que tenía un tumor que le comprimía el pulmón. Un grupo de chat para pacientes oncológicos fue el disparador para que, en medio del peor momento de sus vidas, encontraran el amor más genuino En marzo de 2017&#160;Candela...]]></description>
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<p> <strong>Cande tenía 19 años cuando le diagnosticaron con Linfoma de Hodgkins; Bryan, de 27, acaba de enterarse que tenía un tumor que le comprimía el pulmón. Un grupo de chat para pacientes oncológicos fue el disparador para que, en medio del peor momento de sus vidas, encontraran el amor más genuino </strong></p>



<p></p>



<p>En marzo de 2017&nbsp;<strong>Candela Mozzi</strong>&nbsp;tenía 19 años y estaba por empezar el primer año de Derecho en la Universidad de Buenos Aires. Se había ido de vacaciones con su familia a Punta Cana cuando una mañana sintió algo raro a la altura de la garganta. “Me levanté y tengo como una pelota acá”, les dijo a sus padres. Decidieron evitar que se expusiera al sol y ver como seguía durante el resto del viaje.</p>



<p>La “pelota” seguía ahí al volver a su casa en Zárate, así que al día siguiente de llegar, Cande fue a una guardia de una clínica porteña con su mamá. Entraron a las 11 de la mañana y para las 5 de la tarde nadie había acertado aún el diagnóstico. En efecto, en las imágenes se veía un conglomerado de ganglios inflamados, pero los análisis daban bien, y aunque en la radiografía se veía una mancha rara, le dijeron que era porque se había movido mientras se la hacían.</p>



<p>La madre resolvió llevarla con todos los estudios a su pediatra de Zárate. El médico le hizo una serie de preguntas de rutina, pero la verdad era que, a pesar de la pelota, Cande se sentía bien. Le indicó antibióticos por diez días para descartar una infección. “Si no es así, vamos a tener que biopsiar”, les anticipó. Ella tenía una única preocupación: había organizado un viaje con sus amigas a Chile y no se lo quería perder. El pediatra dijo entonces que no había problema con eso; podía irse tranquila mientras tomara el antibiótico. Y así lo hizo. El viaje fue divino.</p>



<p>Al regreso llegó el primer shock. El ganglio no sólo no se había ido, estaba más grande. El resultado de la biopsia fue contundente: tenía un tipo de Linfoma de Hodgkins asintómatico, y la suerte de ser flaca había hecho que lo notaran pronto. También por eso, a Cande le costaba asimilar que fuera cierto: “Yo no me sentía mal, decía ‘No tengo nada, ¿cómo es que el tratamiento va a ser peor que la enfermedad?”.</p>



<p> El tratamiento era agresivo. Tenía que someterse a quimioterapia en el Centro Fundaleu, y enfrentar su peor preocupación por entonces: <strong>“¿Se me va a caer el pelo?”. “¿Cómo es que no voy a poder ir a la facultad”,</strong> se angustió también ella, que siempre había sido una alumna ejemplar. Toda la vida había tenido todo bajo control: su promedio, la certeza de que iba a estar recibida a los 23 o a los 24 como mucho. Ahora le decían de pronto que ya no podía planear nada –”ni siquiera lo que iba a hacer mañana”–, simplemente porque no sabía cómo iba a estar después de cada quimio. “Eso a mí me mató”, recuerda ahora ante <strong>Infobae</strong>. </p>



<p> Fue unos meses después cuando, en su casa de Berazategui, <strong>Bryan Casares</strong>, que acababa de cumplir 27 años y ya estaba recibido de ingeniero mecánico, se empezó a quejar de una tos rara. En realidad fue su madre la que la advirtió, porque él no le dio mayor importancia. Entonces trabajaba con autos de carrera y había estado todo un fin de semana en un circuito bajo la lluvia y con la ropa mojada; pensó que seguro era eso. </p>



<p> Pero la tos persistía, y la mamá de Bryan también: “Andá a hacerte ver, porque no me gusta nada”, le dijo. Al final fue a una guardia para darle el gusto. Ahí mismo le hicieron una placa que mostró que tenía el corazón corrido, aunque le dijeron que no era nada importante. Algunas personas tienen esos desplazamientos a veces; nadie es tan simétrico y además él era muy flaco, le explicaron. A la madre de Bryan, que es radióloga pese a que nunca ejerció, la imagen tampoco le gustó nada. </p>



<p> Quiso que consultara con su médica de cabecera. Bryan fue a desgano: “Te traigo esto porque mamá me dice, fui a la guardia porque ella insistió”, dijo casi con vergüenza. Le parecía una exageración. Pero la médica vio la placa de tórax y le indicó que se hiciera una tomografía. “Bueno –aceptó él–. Yo el jueves estoy saliendo a La Pampa para otra carrera, así que voy la semana que viene”. No se olvida de la respuesta de la médica: “No, no me entendiste. Yo te hago una orden con pedido de urgencia y de acá te vas ya mismo a hacértela”. </p>



<p>Él había quedado en ir al cine con unas amigas, así que pasó por su casa a cambiarse antes de ir al hospital. Pero la película cambió en un segundo: con el resultado de la tomografía, Bryan quedó internado para que le hicieran una biopsia. Lo que tenía era un tumor tan grande que le comprimía los pulmones y, claro, había desplazado también el corazón. “Como un sachet de leche, a la altura del esternón, que como estaban las costillas conteniendo, no salía para ningún lado y no era tan fácil de ver”, grafica. Por eso tosía tanto: le faltaba el aire.</p>



<p> Dice, sin embargo, que se tomó la noticia como “un cumpleañito”. Cuando llegó a <strong>Fundaleu </strong>lo atendió un médico muy frío. Le habían dicho que nadie lo quería, pero el hombre le habló de probabilidades, y a Bryan le encantó.<strong> “Tu tumor es el peor, porque es el que crece más rápido, pero también es el que mejor responde a las quimios. Y si hacemos esta quimio, hay 80% de chances de que funcione”</strong>, le dijo tajante. Se agarró de ese porcentaje y salió de la consulta contento: “¡80% es un montón! Tengo más probabilidades de morirme de otra cosa”, les contó a sus padres que lo miraban devastados. </p>



<p> <br>Se internaba para cada quimioterapia por una semana. Había tenido que dejar de trabajar porque le bajaban mucho las defensas, pero no perdía el humor. “Llegaba con mi valijita y me sacaba fotos, las subía a las redes. Me lo tomaba como un paseo. Supongo que era un mecanismo de defensa también”, dice ahora a Infobae. A Cande, en cambio, todo el proceso le costaba más. “Lloraba mucho cada vez que iba a las quimios porque no podía afrontar lo que me estaba pasando”, dice. </p>



<p><strong>Un día en que no paraba de llorar, se le acercó una chica, otra paciente que la consoló y después le dio su número de teléfono</strong>. “Empecé a hablar con ella, y me dijo: ‘Mirá, hay un grupo de pacientes que somos jóvenes y tenemos un chat de Whatsapp en el que hablamos de lo que nos pasa’. Yo no quería saber nada, estaba negada, aparte yo hacía sólo mis quimios ambulatorias, entonces era como que iba y después no me hacía mucho cargo”, cuenta. </p>



<p> <br>Hasta que en algún momento decidió probar. “Le digo que sí y cualquier cosa me voy del grupo”, pensó. Pero cuando empezó a charlar con otros chicos que estaban pasando por lo mismo que ella y le tiraban buena onda, se sintió comprendida de una forma en que no podían acompañarla sus amigos ni su familia: “Ellos entendían todo lo que me estaba pasando; había cosas que ni necesitaba explicarles, me di cuenta de que me hacía bien ese espacio”, dice ahora. </p>



<p> Y entonces pasó algo más. <strong>En ese grupo estaba Bryan.</strong> Un chico que hacía meses hacía su tratamiento a la par de ella y en el mismo lugar, pero con el que nunca antes se había cruzado. Empezaron a hablar de cualquier cosa, a veces durante horas. A veces eran los únicos que se quedaban chateando solos en el grupo. Si Cande escribía, el primero que contestaba era Bryan. Si Bryan lo hacía, la primera en responder era ella. “Ahí empecé a mirar la fotito de perfil”, se ríe Cande. </p>



<p> Una tarde le dijo a una amiga: <strong>“No sé, pero siento algo por esta persona a la que no conozco, es rarísimo”.</strong> Cande no estaba de novia, pero salía con un chico hasta que a mitad del tratamiento no quiso saber más nada. Con él ni con nadie. Dice que no estaba pensando ni por casualidad en estar con otra persona, mucho menos en enamorarse. </p>



<p><strong>“Llegó un punto en que nos quedábamos todas las noches hablando los dos hasta las cinco de la mañana, porque además ninguno podía trabajar ni estudiar”</strong>, dice Bryan, y suma un detalle que tampoco le llamó la atención al principio. “Cuando agregaron a Cande en el chat, le conté a mi mamá que había entrado una chica nueva. Y no sé si fue la forma en que se lo dije, pero ella me pregunta: ‘¿Y es linda?’. Y yo: ‘Y, sí, en la foto se ve linda, qué se yo…’”</p>



<p>El dice que es bastante tímido y lento, que no se animaba a hablarle por privado primero. Que por suerte fue ella la que dio el primer paso. “Entrabas al grupo y eran dos mil mensajes sólo nuestros, así que aproveché una oportunidad medio cualquiera y le hablé. Y ahí nos quedamos un rato ese día hasta que se hizo tarde, nos fuimos a dormir y pensé: ‘Listo, ya está’”. Pero al día siguiente, Bryan había perdido la timidez. Le habló él. Y así siguieron contándose todo y acompañándose durante casi dos meses sin haberse visto nunca.</p>



<p>

Bryan quería verla y empezó a insistirle. Pero estaba el problema de la distancia. Salvo cuando iban a la capital por sus tratamientos, él vivía en Berazategui y ella en Zárate. La logística no era tan fácil: los separaban 120 kilómetros. “No importa –decía Bryan–. Me voy a Zárate y tomamos un helado”. Cande lo sacaba corriendo. Sobre todo porque había otro problema que le preocupaba mucho más que la distancia: “Me sentía horrible físicamente, no tenía ganas de pasar también por eso, de sentirme rechazada”. Pero al mismo tiempo, seguían hablando. Cada vez más y con más intimidad.

</p>



<p>“Un día en terapia le dije a mi psicóloga que le quería hablar de algo de lo que no le había dicho nada. ¡Y es que tenía tantas cosas para decir en ese momento! Y me acuerdo que mi psicóloga se puso feliz –cuenta Cande–. Le dije: ‘No sé qué me pasa, pero siento que me re gusta y no quiero verlo, porque me siento mal, no estoy linda’. Y ella me dijo: ‘¿No te das cuenta después de todo lo que te está pasando de que hoy es hoy y mañana no sabés? No tenés por qué pensar tanto las cosas, él más que nadie sabe lo que vos estás pasando y no va a esperar ver a Rapunzel’”. Y salió de esa sesión y le escribió sin pensar tanto: ‘Bueno, dale, veámonos’.</p>



<p><strong>La primera cita fue el 26 de octubre de 2017. </strong>Él la pasó a buscar por el departamento de ella en Buenos Aires para el plan que le había propuesto hacía semanas: ir a tomar un helado. Ella dice que bajo sintiendo una cosa en la panza, las famosas mariposas. Y que el plan original se extendió, como las charlas por chat, durante horas: “Al final después del helado me acompañó a hacer unas compras, después merendamos…”. El dice que, como siempre, fue bastante lento. Que mientras caminaban y hablaban de cualquier cosa, le rozó un par de veces la mano. Entonces ella, también como siempre, llevando la delantera, le dijo resuelta: ‘Me podés agarrar la mano si querés, eh’.</p>



<p> Habían perdido la noción del tiempo, y ya estaban por subir al auto para volver, cuando él le agarró el brazo desde atrás y la dio vuelta. Entonces, sí, le dio un beso que todavía recuerdan. Para cuando se despidieron, los dos sentían que ya estaban juntos, ni siquiera desde ese día, sino desde el primer mensaje. “¿Querés que nos veamos mañana?”, preguntó ella. Fue lo más natural del mundo que él contestara con un sí rotundo. </p>



<p>“¿Viste que a veces está ese histeriqueo de tardar en contestarle, y esas cosas? –pregunta Bryan–. Bueno, a nosotros no nos pasó nunca. Ni por chat ni en persona. Hay algo de cómo te ven los otros que creo que nos pasó a los dos que es que en el momento en el que estás enfermo hacés mucha división entre la gente que está con vos, y lo es todo, y también entre los que no están, que es tipo ‘Chau’. Como que todo empieza a ponerse en blanco sobre negro. Y con esto era: ‘Okey, si le gusto, bien, y si no le gusto ahora, ya está’”.</p>



<p>Ese día, Cande no le había dicho a nadie que se iba a ver con Bryan, pero al día siguiente le dijo a su familia que salía con un chico de Fundaleu. “Lo cazaron enseguida”, dice. No se separaron más.</p>



<p> Fue un tiempo feliz. <strong>Los dos habían terminado la quimio, a los dos les quedaban unas sesiones de rayos, que atravesaron juntos.</strong> Hasta que llegó el momento de los primeros controles. Bryan ya no tenía rastros del tumor, pero a Cande le había quedado “un puntito”. El médico sugirió hacer más rayos. Ella estaba convencida de que ya era libre –”Es esto y ya está”, pensó–. Estaba preparada para retomar su vida y volver a la facultad. </p>



<p>“Pero cuando me dan los estudios post rayos, seguía quedando un rastro. Y me dicen: ‘Vamos a esperar unos meses porque a veces hay un residual”, cuenta Cande, y recuerda que corrió a anotarse en la facultad, hizo algunas materias en modalidad intensiva, y se fue a Europa con su familia como si ya estuviera curada. Acababa de cumplir 21 años cuando repitieron el estudio. El resultado fue demoledor: la misma cadena ganglionar se había replicado del otro lado. La segunda línea de tratamiento siempre es más fuerte que la primera, explica. Tenía que internarse y, sí o sí, ir a un autotrasplante de médula.</p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" loading="lazy" width="601" height="433" src="https://elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/06/amor_cancer.jpg" alt="" class="wp-image-429446"/></figure>



<p>“Me puse muy mal, claro –dice Cande–. Pero a diferencia de la primera vez, ahora estaba contagiada del humor de Bryan, que en cada quimio me hacía una fiestita de cumple más o menos”. Él había conocido a la familia de Cande en el hospital, antes de la segunda ronda de quimioterapia, cuando ella estaba convencida de que todo iba a estar bien y pidió que le sacaran el catéter. En la sala, mientras esperaban que su hija saliera de la cirugía, los Mozzi lo adoptaron enseguida. Cuando Cande tuvo que volver a internarse, Bryan ya era parte del grupo que hacía rondas para acompañarla día y noche.</p>



<p><strong>“Yo la pasé mucho peor en ese segundo tratamiento de ella que mi propia enfermedad, en la que jamás me había preocupado –dice Bryan, y se emociona, al igual que en varias partes del relato–. </strong>Ser espectador cuando eso le pasa a alguien que amás es mucho más doloroso, y a mí me hizo caer en lo que habían pasado mis papás y las personas que me querían”. El tratamiento fue largo y combinó quimio e inmunoterapia. Finalmente llegó el resultado esperado: se había negativizado. Pero eso implicaba pasar al autotrasplante para sellarlo. </p>



<p> Y entonces, otra bomba: ella que no había preguntado demasiado, se enteró de repente de que ya no era sólo estar internada por una semana, sino al menos por un mes. Tenían que hacerle una quimio tan fuerte, que el resto del tiempo no tenía otra que seguir internada porque quedaba prácticamente sin defensas. Cande repetía –porque no tenía dudas– que no iba a poder. Justo entonces se puso en marcha el operativo Bryan. Vestido como un astronauta cada vez y con guantes para poder tocarla, era el único capaz de hacerla reír. “Hoy hacemos pijama party” le decía, o armaba un karaoke en la habitación y señalaba el líquido naranja que le pasaban por suero: “Qué bueno que ya llegó el Campari”. </p>



<p><strong>Y Cande descubrió también entonces lo popular que era su novio en Fundaleu. </strong>Porque al haber estado internado antes, todos los médicos y las enfermeras lo conocían y lo adoraban por su ánimo a prueba de todo. “Se habían enterado de que estábamos juntos y cada vez que me venían a atender por algo me hablaban de él: ‘¡Ay, Bryan!’, ‘¡Qué divino Bryan!’”, dice Cande. En los días más difíciles, él le decía que le diera la mano, cerrara los ojos y se imaginara que estaban juntos en una playa de arena blanca, tomando mojitos felices y al sol. “Te prometo que lo vamos a hacer”, le repetía. </p>



<p>Cuarenta y cinco días después, Cande tenía el alta y el resultado que los acercó a esa playa: era, por fin, negativo. En la valija llevaron un botiquín, por las dudas, pero nunca lo necesitaron. El viaje, los mojitos, ellos juntos y sanos eran tan reales como en las promesas de Bryan. La gente les preguntaba si estaban de luna de miel, y ellos respondían: “Algo así, si tenés tiempo te contamos”.</p>



<p>Todavía les faltaba otra prueba, porque justo al volver de su viaje, en 2020, el país entró en aislamiento obligatorio por la pandemia y tuvieron que pasar meses sin verse. Pero eso no era nada al lado de su historia, que –a casi cinco años desde la primera vez que hablaron por chat hasta la madrugada– están convencidos, empezó al revés: “Nos tocó primero la prueba de fuego, con la confianza de vernos con el suero, la flacura, sin pelo. Fue hasta difícil encontrarnos en otro escenario donde él volvía a trabajar y yo a la facultad”, dice Cande. También que al principio le costaba hablar del tema, hasta que un día que estaban tomando un helado en Zárate, una persona le vio la cicatriz del catéter y le preguntó si se había hecho quimio. Cande no sabía qué contestar, Bryan le explicó. “Y esa mujer me mira y me dice: ‘Yo también’. Ahí me di cuenta de que contar mi experiencia, la nuestra, puede ser una manera de acompañar a los que pasan por lo mismo”.</p>



<p>A veces también se ríen del tema y se hacen chistes de cáncer. Como el día en que él tuvo que llevarla a la guardia de urgencia porque estaba débil y se había caído, y de los nervios dobló en U en una calle y lo paró la policía. Y por lo bajo le decía: “Sacate el gorro, decile que tenés cáncer”. El cuento terminó con los dos tentadísimos, obvio.</p>



<p>“Cuando nos acordamos de esto, también con nuestras familias, tratamos de dejar de lado lo horrible que sólo nosotros sabemos que vivimos –porque hubo días horribles–, y quedarnos con lo que nos enseñó, con lo que crecimos, con las personas que conocimos –dice Cande–. Siempre lo hablamos: “¿Y si no nos hubiese pasado eso? ¿Y si nunca nos conocíamos? ¿Y si nos teníamos que conocer para esto? Cuando me volví a enfermar también pensé: ¿Qué tal si esto realmente era para que yo aprendiera a vivirlo de otra manera? Con Bryan aprendí que no era ‘Esto se termina y ya está’, sino: ‘Para curarme tengo que pasar por esto, y si voy a pasar por esto tengo que hacerlo lo mejor que pueda’”.</p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" loading="lazy" width="601" height="515" src="https://elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/06/amor_cancer2.jpg" alt="" class="wp-image-429447"/></figure>



<p><br></p>
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		<title>La enamoró desde su silla de ruedas y ella sintió que era su gran amor, pero la vida jugó una carta inesperada</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Jan 2022 12:42:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Historias]]></category>
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					<description><![CDATA[Javier tenía 26 años y una mala praxis lo había dejado paralítico a los 17. Jugaba al básquet, tenía un humor maravilloso y una energía positiva única. Todo eso conquistó a Verónica, tímida y seria, una de las asistentes sociales que ayudaban en el centro de rehabilitación. Vencieron todos los “juicios” familiares y se casaron....]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong> Javier tenía 26 años y una mala praxis lo había dejado paralítico a los 17. Jugaba al básquet, tenía un humor maravilloso y una energía positiva única. Todo eso conquistó a Verónica, tímida y seria, una de las asistentes sociales que ayudaban en el centro de rehabilitación. Vencieron todos los “juicios” familiares y se casaron. En su etapa de mayor felicidad una noticia cambió todo</strong> </p>



<p></p>



<p> La transpiración le chorrea por la frente y las gotas redondas de sudor se deslizan por su cara para terminar haciendo equilibrio en la punta de los pelos de su bigote. Con una mano lleva la pelota; con la otra hace rodar mágicamente su silla de ruedas que va derrapando, inclinada hacia la derecha, como suspendida en el aire. Parece que en cualquier momento va a volcar y darse de lleno la cara contra el piso. Pega un grito y le pasa la pelota a su compañero quien la recibe y marca el tanto. </p>



<p> El esfuerzo valió la pena. </p>



<p>Con una sonrisa de oreja a oreja, ahora toma con las dos manos las ruedas de su silla y se lanza a toda velocidad para llegar a otro pase, pero en su alocada carrera su bólido choca contra una silla del equipo contrario y ¡¡¡pafff!!! Dos jugadores estrellan sus cuerpos contra el suelo de cemento.</p>



<p>Nadie se preocupa demasiado, es una escena corriente en estos partidos. Colisión de sillas, manotazos y caídas forman parte de la diversión.</p>



<p><strong>Javier es flaco como un alambre, puro nervio y hueso</strong>. Se lo ve desbordante de alegría. Está enfundado en una musculosa blanca que lleva un número rojo estampado en la espalda. Sus quietos pies lucen unas zapatillas sin roce alguno.&nbsp;<strong>Javier es feliz y un manojo de energía positiva.&nbsp;</strong>Le grita con humor a uno del equipo contrario antes de salir de la cancha:</p>



<p><strong>-Che, soy rengo, pero no tonto… ví que tu silla en la última jugada pasó el límite, era pelota para nosotros. Igual te perdono, rengo tránsfuga, porque ganamos.</strong></p>



<p>(Nota: rengo suele ser la manera como se llaman, entre ellos, los parapléjicos).</p>



<p><strong>Javier le guiña el ojo y se ríe de manera contagiosa. Sabe que es “el” personaje de la cancha, el más chistoso del equipo y de todo el centro de rehabilitación.&nbsp;</strong>Su pícara tonada salteña le pone color a la tarde. Luego, vendrá un almuerzo en el bodegón de enfrente para festejar el triunfo. Empanadas y una copa de vino.</p>



<p>Esto no me lo contó nadie y fue hace muchos años. Lo presencié en vivo y en directo en la calle Echeverría, en el Bajo Belgrano, donde está ubicado el Instituto Nacional de Rehabilitación del Lisiado (hoy&nbsp;<strong>Instituto de Rehabilitación psicofísica</strong>), y el gimnasio aledaño donde, los que están en recuperación, practican básquet.</p>



<p><strong>La visita de la mala suerte</strong></p>



<p><strong>Javier V. tenía 26 años y necesitaba una silla de ruedas desde los 17.&nbsp;</strong>Una mala praxis, en un conocido hospital porteño a donde había llegado derivado para que le extirparan un tumor en un pulmón, lo dejó paralítico. De la cintura para abajo ya no sentía nada.&nbsp;<strong>Él mismo solía relatarle a quien se interesara por su historia que al quitarle unas costillas le habían seccionado, por error, la médula. Una historia de terror ejecutada por médicos practicantes de quienes ni él recordaba los nombres.</strong></p>



<p><strong>La desgracia lo obligó a dejar su provincia natal y su enorme y querida familia para rehabilitarse durante un año en la capital argentina</strong>. Tenía que aprender a manejarse solo, a movilizarse en dos ruedas y a sortear los escollos que podía presentar la vida cotidiana. El año se prolongó y Javier se siguió quedando en la gran ciudad. Solo volvía a Salta para pasar las fiestas.</p>



<p><strong>Sus espesas cejas oscuras, sus ojos verdes -siempre como sorprendidos-, su humor irrefrenable… Todo eso conquistó a Verónica, 26, una de las asistentes sociales voluntarias que iban a ayudar en el área de recreación a los internados del lugar.</strong></p>



<p>Se conocieron una tarde de muchas y la chispa de Javier le pegó de lleno.&nbsp;<strong>Verónica era tímida, muy religiosa y extremadamente seria. Javier venció sus barreras a pura broma.</strong>&nbsp;Recital va, recital viene (los internados iban siempre acompañados por los voluntarios) en el estadio de Obras Sanitarias; chistes verdes que la ponían colorada como un tomate y picnics en la plaza&#8230;&nbsp;<strong>La relación se fue construyendo de a poco</strong>. Javier esperaba cada vez con más ansiedad los días que ella iba: miércoles y sábados.</p>



<p>Él, desfachatado y simpático, la enloquecía con sus anécdotas del interior provincial. Ella lo escuchaba con ojos bien abiertos. Ya habían pasado varios meses cuando Javier dio el primer paso. Verónica no encontró manera de decirle que no cuando Javier una noche, antes de irse, la invitó formalmente a salir. Aceptó y le costó admitirse a ella misma cuánto le divertía la idea.</p>



<p>Sería el sábado siguiente.</p>



<p>Javier la esperó ese día, en el centro de rehabilitación, de punta en blanco. Camisa planchada, perfumado, zapatos lustrados. Ella llegó y, luego de cumplir su horario habitual,&nbsp;<strong>se fueron juntos hasta un bar</strong>&nbsp;donde algunas veces habían jugado al pool. Ocho cuadras en las que él fue con su silla, a falta de rampas en ese entonces, saltando los cordones de las veredas con habilidad de deportista excelso. Ella caminaba a su lado, con un poco de vergüenza por tener acceso al movimiento del que él carecía.</p>



<p>Llegaron, eligieron una mesa en una esquina, se sentaron frente a frente y pidieron la comida.&nbsp;<strong>Poco a poco, la charla les encendió el alma y los corazones. Verónica le contó a Javier lo que nunca le contaba a nadie. Después llegó el primer beso con ella sentada en su falda.</strong></p>



<p>“Quizá estar con alguien que tenía semejante problema le quitó importancia a los míos y pude largarlos. Me desacartonó enseguida y me enfrentó a mis rígidos principios. Tenía una gran habilidad para escuchar y mucha sensibilidad para entender cualquier conflicto.&nbsp;<strong>Javier estaba más allá del resto. Era distinto. Además, estaba el tema del sexo. Un tabú sobre todo con la gente con capacidades diferentes. Yo era re cerrada y él me ayudó a liberarme</strong>”, recuerda Verónica.</p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" loading="lazy" width="935" height="630" src="https://elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/01/casam1.jpg" alt="" class="wp-image-401979" srcset="https://www.elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/01/casam1.jpg 935w, https://www.elcomodorense.net/wp-content/uploads/2022/01/casam1-768x517.jpg 768w" sizes="(max-width: 935px) 100vw, 935px" /></figure>



<p><strong>Casamiento en dos ruedas</strong></p>



<p>El amor fue inmediato. Javier insolente y entretenido no tuvo reparos en vivirlo con libertad.<strong> Verónica sentía que había llegado el amor de su vida, pero temía el juicio de familiares y amigos.</strong> El tema más álgido era sortear los prejuicios de su propia casa. Sus padres y sus cuatro hermanos varones ya se lo habían dado a entender: <strong>no tenía por qué “sacrificarse” por nadie, la religión no le exigía eso, se le estaba mezclando la caridad con el amor…</strong></p>



<p>Pero Verónica sentía que no era así como los demás pensaban. Con Javier tenía una conexión única, especial, más allá de todos y de todo.</p>



<p>La relación prosperó atravesando meses de sorda oposición de quienes esperaban que un día, mágicamente, ella se diera cuenta de cuánto estaba entregando y de que merecía una vida más fácil.</p>



<p>“Casi que pensaban que me estaba inmolando”, dice al recordar esos años,&nbsp;“y creían que me condenaba a no tener vida sexual. Se equivocaban, pero yo no pensaba aclararle a nadie el asunto porque consideraba que eso formaba parte de mi intimidad. Y, además, soy muy pudorosa”.</p>



<p>Finalmente se impuso su voluntad y sus allegados terminaron aceptando, por lo menos oficialmente, el noviazgo. <strong>Un tiempo después, pusieron fecha. ¡Se casaban! Y empezarían a buscar un hijo. Sabían, por las consultas con los médicos, que él podía tenerlos</strong>. Había erección (aunque no era totalmente voluntaria) y producción de espermatozoides, explicó a sus más amigos Javier en aquel entonces. Si eso no daba resultado, harían tratamiento in vitro con la ayuda económica de sus familiares.</p>



<p>Meses antes de casarse se mudaron juntos al departamento que les prestó un tío de la novia, en Liniers: un cuarto piso de dos dormitorios y living comedor, con amplio balcón y parrilla, a la calle. Por supuesto, el edificio tenía rampa para silla de ruedas en la entrada.</p>



<p><strong>La fiesta fue una catarata de emociones. Ella de blanco, él con traje azul oscuro. Muchos amigos estaban sentados en las mesas con sus sillas o muletas. La mayoría de ellos soñaban con lo mismo: una novia, la felicidad, un casamiento, hijos.</strong></p>



<p>Tuvieron diez días de luna de miel en Río de Janeiro.</p>



<p>A la vuelta, la vida siguió con normalidad. Hicieron varios álbumes artesanales con fotos de su historia y del casamiento, con frases que los identificaban y con flores secas, que habían recogido por ahí, pegadas. Los hicieron a mano, uno por uno, para regalar sus recuerdos a sus más queridos amigos. Ellos se quedaron con el primero.</p>



<p><strong>Ella, ya recibida de psicóloga, siguió trabajando en un centro privado. Él, se dedicaba con un amigo a vender autos usados de conocidos y a reparar vehículos antiguos</strong>. No necesitaban mucho más. Mientras, soñaban con ocupar la segunda habitación con un bebé.</p>



<p><strong>“Nos llevábamos muy bien”</strong>, dice Verónica, “¡Nunca una pelea! Él era muy independiente y tenía siempre mil programas. Yo soy más tranquila. Era muy gracioso y también contaba chistes tremendos… yo hacía que me enojaba, pero en realidad me divertía muchísimo.&nbsp;<strong>Javi no era nada acomplejado, se llevaba el mundo por delante y hablaba de su discapacidad con cualquiera.&nbsp;</strong>Sabía defenderse, nadie lo podía primerear en ningún negocio. Vendía autos usados y se había hecho adaptar el nuestro. Viajábamos a Salta y a todos lados con él al volante.&nbsp;<strong>Jamás viví lo de él como un impedimento, pero muy pocos lo entendieron.</strong>&nbsp;El único problema que tuvimos es que<strong>&nbsp;pasaron los dos primeros años y yo no me quedaba embarazada</strong>. Eso me angustiaba. Ya pisaba los 30 y quería tener hijos. No sabía si era por él o por mí, pero empezamos con las consultas. La fertilización era algo carísimo, pero ya nos habían ofrecido prestarnos la plata”.</p>



<p><strong>La distracción por el hijo que no llegaba</strong></p>



<p>Sumidos en la búsqueda del bebé quizá desatendieron los primeros síntomas de Javier.&nbsp;<strong>Se agitaba al respirar, tenía algunos ataques de tos y le dolía la espalda.</strong>&nbsp;Podía ser un resfrío, la posición en la silla o nada. Cuando finalmente fueron a control con el especialista que lo atendía y le contó sus síntomas, él le mandó un estudio completo.</p>



<p>Ahí saltó lo que jamás habían pensado:&nbsp;<strong>había vuelto aquel tumor benigno de pulmón de los 17 años.</strong></p>



<p>Eso los desestabilizó y las ilusiones que tenían se desvanecieron. <strong>El tema del hijo pasó a otro plano.</strong> Ahora, el asunto era la salud de Javier. El médico los mandó a un oncólogo de renombre. Si bien el tumor no era maligno, <strong>su crecimiento era potencialmente mortal.</strong> Había pocas chances. De aquí en más, la historia se vuelve triste.</p>



<p><strong>El tumor creció, sus pulmones colapsaron y un día de fin de año, Javier murió.</strong>&nbsp;Verónica estuvo con él hasta el último día. Lo acompañó a todas las interconsultas, lo llevaba al profesional que le hacía kinesiología respiratoria, le ventilaba el cuarto cuando él sentía que se ahogaba. Y sobre todo, lo miraba con amor.</p>



<p>Javier murió amado y acompañado.</p>



<p>A Verónica le quedó la soledad.</p>



<p>“<strong>Cuando murió pensé que no iba a poder vivir sin él, sin su alegría innata, sin sus chistes… Sola en el departamento, me deprimí y pasó mucho tiempo hasta que empecé a recuperarme.&nbsp;</strong>Veía a sus hermanos, me ocupaba de su madre… vivía en el pasado. Hasta que un día,&nbsp;<strong>en un supermercado, me encontré con el que había sido su kinesiólogo.</strong>&nbsp;Hablamos mucho de Javier y de la vida.&nbsp;<strong>Juan</strong>, así se llamaba, acababa de separarse. Yo era viuda desde hacía casi dos años. Me pidió el celular.&nbsp;<strong>Un día me llamó para tomar un café.</strong>&nbsp;Era viernes por la tarde y yo estaba tan bajón que decidí ir.&nbsp;<strong>Hoy él es mi marido y el padre de mis tres hijas</strong>”, remata Verónica.</p>



<p>Llevan más de 14 años de casados, pero&nbsp;<strong>Verónica jamás olvidó a Javier, el primero que la hizo reír y que la hizo sacudirse todos sus prejuicios de encima.</strong></p>



<p>De hecho, aquel álbum de su primer casamiento lleno de frases románticas y flores, está prolijamente colocado en el segundo estante de la biblioteca de su casa en Villa Devoto. Juan y sus hijas saben que esa etapa de su vida está ahí, a la vista de todos, porque de alguna manera fue Javier quien hizo posible este presente. Sin él, Verónica no hubiera conocido a Juan y ellas no hubiesen nacido.</p>



<p>A veces, los finales felices, se los debemos también a otros.</p>



<p><em>* Amores Reales (Infobae) es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas</em></p>
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		<title>Le declaró su amor a una amiga, y la respuesta se volvió viral</title>
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		<pubDate>Sun, 28 Mar 2021 22:33:11 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[En un confuso mensaje, le dijo lo que sentía a una amiga, pero ella no entendió que era la destinataria. El usuario de Twitter @GusCGE_22 es furor en las redes luego de compartir unas conversaciones con una amiga, a quien le declaró su amor y no fue correspondido. Según los mensajes que compartió en su...]]></description>
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<h5><strong>En un confuso mensaje, le dijo lo que sentía a una amiga, pero ella no entendió que era la destinataria.</strong></h5>



<p>El usuario de Twitter  @GusCGE_22 es furor en las redes luego de compartir unas conversaciones con una amiga, <strong>a quien le declaró su amor y no fue correspondido.</strong></p>



<p>Según los mensajes que compartió en su cuenta, él primero le contó que gustaba de una chica y le pidió un consejo sobre cómo decírselo. Luego de la recomendación, <strong>el enamorado se mandó y le dijo todo lo que sentía, pero ella creyó que era una prueba, un ensayo.</strong></p>



<figure class="wp-block-embed-twitter wp-block-embed is-type-rich is-provider-twitter"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<blockquote class="twitter-tweet" data-width="500" data-dnt="true"><p lang="es" dir="ltr">ME ACABAN DE ASESINAR <a href="https://t.co/S3fS7DNkVK">pic.twitter.com/S3fS7DNkVK</a></p>&mdash; Gus? (@GusCGE_22) <a href="https://twitter.com/GusCGE_22/status/1376013635449917440?ref_src=twsrc%5Etfw">March 28, 2021</a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script>
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<p><strong>“Lo cierto es que me gustás”</strong>, concluye el joven en el sentido mensaje, ante lo que la chica, seguramente creyendo no ser la destinataria, le respondió:<strong>&nbsp;“Ahí va. Mándalo”</strong>.</p>



<p><strong>A partir del chat, que se volvió viral, el joven recibió todo tipo de respuestas</strong>, desde algunas cargadas, hasta muestras de solidaridad.</p>



<figure class="wp-block-embed-twitter wp-block-embed is-type-rich is-provider-twitter"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<blockquote class="twitter-tweet" data-width="500" data-dnt="true"><p lang="es" dir="ltr">También están llegando propuestas indecentes. Muy bien, sigan así (? <a href="https://t.co/JDhuynZ5cy">pic.twitter.com/JDhuynZ5cy</a></p>&mdash; Gus? (@GusCGE_22) <a href="https://twitter.com/GusCGE_22/status/1376188236536688651?ref_src=twsrc%5Etfw">March 28, 2021</a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script>
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<figure class="wp-block-embed-twitter wp-block-embed is-type-rich is-provider-twitter"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<blockquote class="twitter-tweet" data-width="500" data-dnt="true"><p lang="es" dir="ltr">Jajaj el screenshot que puede resumir mi vida en la secundaria, perdón por ser distraída pero hasta ahora no se me quita, que le hacemos <img src="https://s.w.org/images/core/emoji/14.0.0/72x72/1f927.png" alt="🤧" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /> <a href="https://t.co/7LtnuiUDra">https://t.co/7LtnuiUDra</a></p>&mdash; violeta<img src="https://s.w.org/images/core/emoji/14.0.0/72x72/1f319.png" alt="🌙" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/14.0.0/72x72/1f48e.png" alt="💎" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /> • <img src="https://s.w.org/images/core/emoji/14.0.0/72x72/1f30a.png" alt="🌊" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/14.0.0/72x72/1f433.png" alt="🐳" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/14.0.0/72x72/1f420.png" alt="🐠" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/14.0.0/72x72/1f41a.png" alt="🐚" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /> • <img src="https://s.w.org/images/core/emoji/14.0.0/72x72/274c.png" alt="❌" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/14.0.0/72x72/260e.png" alt="☎" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /> (@Violet17Eel) <a href="https://twitter.com/Violet17Eel/status/1376243204027203584?ref_src=twsrc%5Etfw">March 28, 2021</a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script>
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<figure class="wp-block-embed-twitter wp-block-embed is-type-rich is-provider-twitter"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<blockquote class="twitter-tweet" data-width="500" data-dnt="true"><p lang="es" dir="ltr">NOOO, SENTÍ EL GOLPE. JAJAJSJSJAJJAJJSSJJJAJADJJAJJAJSJAJJAJA <a href="https://t.co/TGLmCA1o6L">https://t.co/TGLmCA1o6L</a></p>&mdash; Mateo con papas (@MateoConEme) <a href="https://twitter.com/MateoConEme/status/1376232087838134275?ref_src=twsrc%5Etfw">March 28, 2021</a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script>
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<figure class="wp-block-embed-twitter wp-block-embed is-type-rich is-provider-twitter"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<blockquote class="twitter-tweet" data-width="500" data-dnt="true"><p lang="es" dir="ltr">Literalmente, yo hubiera contestado eso porque no habría entendido <img src="https://s.w.org/images/core/emoji/14.0.0/72x72/1f602.png" alt="😂" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /> <a href="https://t.co/QfjRX4LqXs">https://t.co/QfjRX4LqXs</a></p>&mdash; Kiriam Vanessa (@_KiriamVanessa) <a href="https://twitter.com/_KiriamVanessa/status/1376225063792443393?ref_src=twsrc%5Etfw">March 28, 2021</a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script>
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<figure class="wp-block-embed-twitter wp-block-embed is-type-rich is-provider-twitter"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<blockquote class="twitter-tweet" data-width="500" data-dnt="true"><p lang="es" dir="ltr">La chica en cuestión <a href="https://t.co/GmDXgj5XRM">https://t.co/GmDXgj5XRM</a> <a href="https://t.co/2SBqYxsUxC">pic.twitter.com/2SBqYxsUxC</a></p>&mdash; 𝑳𝒖<img src="https://s.w.org/images/core/emoji/14.0.0/72x72/1f976.png" alt="🥶" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /> (@Luciayseacabo_) <a href="https://twitter.com/Luciayseacabo_/status/1376133095393533954?ref_src=twsrc%5Etfw">March 28, 2021</a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script>
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