Tras un año electoral adverso, el Partido Justicialista sigue sin lograr una síntesis política que ordene la estrategia frente al gobierno de Javier Milei. Lejos de una lectura compartida del resultado de las votaciones, el peronismo quedó atrapado en una superposición de debates que cruzan la conducción nacional, el rol de los gobernadores, la interna bonaerense y la discusión sobre cómo reconstruir una propuesta competitiva.
En ese escenario, las provincias adquieren un peso propio. Los gobernadores peronistas dialoguistas priorizan la gestión y el vínculo institucional con la Casa Rosada, aun con matices y críticas al ajuste. Esa posición, funcional para sostener recursos y gobernabilidad local, tensiona con sectores del PJ que reclaman una oposición más dura. La falta de una conducción nacional activa deja ese contrapunto sin arbitraje político.
La fragmentación se expresa con mayor nitidez en la provincia de Buenos Aires. Allí conviven, sin una mesa común, el armado que impulsa Axel Kicillof, la estructura de La Cámpora y los intendentes del conurbano, cada uno con intereses y tiempos distintos. La derrota provincial no deriva en un cierre de filas, sino en una disputa abierta por la conducción partidaria y por la proyección nacional.
