Hace 49 años, 19 guerrilleros que estaban prisioneros en una base naval de la Patagonia fueron acribillados. Uno de los responsables de la masacre fue el entonces teniente Roberto Bravo, quien desde fines de los 70 reside en La Florida como un vecino notable de la comunidad. Su vida de millonario, el día que golpearon a su puerta para detenerlo y el pedido de extradición que le quita el sueño.
El viernes 25 de octubre de 2019 Roberto Guillermo Bravo se despertó temprano –una costumbre nunca abandonada desde sus tiempos de marino– y pensó que podía continuar con su rutina de casi todos los días, que a los 78 años no le exigía demasiada actividad, según publicó Infobae.
Llevaba 47 viviendo en Estados Unidos, en ese momento en el lujoso barrio Sans Souci Estates de Miami, junto a su esposa y en las cercanías de las casas de sus tres hijos. En ese tiempo se había convertido en un empresario que había amasado una importante fortuna. Además, era un vecino notable de la comunidad.
En esos años, también, sus hijos habían adquirido –como él– la ciudadanía estadounidense. El mayor tenía una maestría en Administración, el segundo, una licenciatura en Tecnología de la Información; y el menor, una licenciatura en Negocios. Los tres habían servido en el Ejército o la Armada de los Estados Unidos.
Bravo llevaba una vida apacible en su casa, valuada en 1.700.000 dólares, y solo en ocasiones temía que, alguna vez, un hecho de su siniestro pasado terminara por alcanzarlo y exigirle el pago de una deuda. Sus cómplices en aquel hecho estaban presos o había muerto en prisión en la Argentina. Sólo él, hasta entonces, se había escabullido de las manos de la Justicia.

Quizás haya pensado en todo eso la mañana del 25 de octubre de 2019 cuando el timbre sonó a una hora exageradamente temprana y su mujer desde hacía 52 años, Ana María Giordano, le dijo que lo buscaban.
Minutos después salía esposado y custodiado ante la mirada atónita de un par de vecinos.
Los 19 guerrilleros de FAR, ERP y Montoneros detenidos en la Base Naval Almirante Zar de Trelew dormían alerta, intranquilos. Desde hacía una semana, cuando habían sido recapturados en el aeropuerto tras la fuga del Penal de Rawson venían siendo despertados, maltratados física y psíquicamente así como sometidos a simulacros de fusilamiento.
Se habían entregado con la promesa de que los devolverían al Penal de Rawson pero el capitán Luis Emilio Sosa, que había negociado con ellos, faltó a la palabra empeñada y terminaron en la Base Naval.
