Primero compartieron un aula. Después compartieron una decisión. Lo que comenzó como un vínculo escolar en 2023 terminó convirtiéndose en una adopción extraordinaria que hoy define a Lucila y Rocío frente al mundo de otra manera: son mamá e hija.

Rocío había llegado hacía poco a un hogar de Bahía Blanca bajo una medida de abrigo. Entró al colegio con el ciclo ya empezado y estaba por cumplir nueve años. No tenía familia y eso llevó a Lucila a interesarse de una manera especial en ella.
Lo que comenzó como un vínculo pedagógico pronto se volvió algo distinto. Más cercano. Más atento. Lucila, su docente, empezó a preocuparse cuando Rocío faltaba. Quería saber cómo estaba, qué necesitaba, si algo le pasaba. Rocío empezó a confiar.
Un día la nena le dijo que nadie la visitaba en el hogar. Le preguntó si podía ir ella. Lucila habló con el director, se presentó como referente afectivo.

También se involucró en algo más: Rocío necesitaba terapias que no estaba recibiendo por demoras administrativas. Lucila se ofreció a buscar profesionales, a llevarla, a gestionar lo que hiciera falta. Así empezó una vinculación formal.
La primera salida recreativa fue en vacaciones de invierno. Un helado, un domingo. Pero no fue solo un paseo. De regreso, en el auto, Rocío dijo lo que venía pensando hacía tiempo. Que le había encantado el helado, pero en realidad ella en esa salida quería algo más: “Le pregunté si quería adoptarme”, cuenta Rocío a Telenoche.
Lucila la miró sorprendida. Le preguntó si estaba segura. Rocío respondió que sí, una y otra vez. Soñaba con tener una mamá docente que la ayudara con la tarea, que la acompañara, que estuviera.

A Lucila, el corazón le empezó a latir a mil. Tenía 36 años y nunca había proyectado la maternidad como deseo propio. “Había dedicado mi vida a trabajar con personas con discapacidad, a acompañar familias, a organizar espacios de encuentro. Sentía que mi vocación de cuidado estaba cubierta allí”.
Estaba en pareja, pero no compartían el proyecto de formar una familia. Cuando le contó lo que había pasado, él fue honesto: la apoyaba, pero no era su deseo. Lucila entendió que la decisión, si avanzaba, sería suya.
“No sabía si era viable. No estaba inscripta en el registro de adoptantes y Rocío no estaba en situación de adoptabilidad. Pero el deseo era mutuo”, cuenta Lucila.
En noviembre de ese mismo año, con nueve años, Rocío empezó a quedarse en su casa bajo una extensión de la medida de abrigo. Iba y volvía del hogar mientras la situación legal se definía. Hasta que un día Lucila dejó una nota pegada en el espejo. “Decía que ya no volvería más al hogar. Que irían a buscar sus cosas. Que se quedaba definitivamente”, recuerdan.
No fue un cuento perfecto. Fue un aprendizaje. Rocío no sabía lo que era convivir con reglas estables. Lucila era mamá primeriza de una nena de nueve años con una historia atravesada por el dolor. Hubo límites, enojos, adaptación. Hubo que aprender a hablarse con respeto. A entender que las normas no eran castigo, sino cuidado.
En paralelo, continuó el proceso judicial por las violencias que Rocío había sufrido en su infancia. El responsable fue condenado a nueve años y seis meses de prisión. Lucila la acompañó en cada instancia, validando su derecho a ser escuchada.
El caso fue excepcional. No cumplía con los requisitos formales habituales: Lucila no estaba anotada en el RUAGA y Rocío no había sido declarada en adoptabilidad. Sin embargo, por el interés superior del niño y el derecho a la identidad, la Justicia otorgó la guarda primero y, tras dos años, la adopción plena.
Rocío pidió llevar el apellido de su mamá adoptiva. Pidió no mantener vínculo con su familia biológica. Pidió ser reconocida como hija. Y fue escuchada.
Hoy, cuando les preguntan quién fue la más valiente, Rocío no duda: fue ella. Porque fue quien dijo primero “esta es mi mamá”. Porque fue quien denunció. Porque fue quien decidió irse del lugar donde no era feliz. Porque fue quien se animó a pedir una familia.
Lucila sostiene que durante mucho tiempo buscó cuál era su misión en la vida. “Creía que estaba en mi trabajo, en la vocación de servicio. Hasta que apareció Rocío y entendí que había un proyecto propio que estaba esperando”.
